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LANZAMIENTO DE LA NOVELA
CANTO DE MUJERES CON CERROJO
invitacion

El jueves 19 de marzo se realizó el lanzamiento de la novela “Canto de Mujeres con Cerrojo”, de Miguel Gómez Segovia.
La presentación se realizó en la Casa Museo de Pablo Neruda La Chascona, situada en Fernando Márquez de la Plata 0192, Santiago de Chile.
Invitaron la Fundación Pablo Neruda y Mago Editores.
Hablaron sobre la novela los escritores José Miguel Varas, Premio Nacional de Literatura 2006, la escritora, Susana Sánchez Bravo y el autor, Miguel Gómez Segovia.
El editor de la novela, Iván Quezada, también escritor, ofició como maestro de ceremonia.
Las pausas musicales estuvieron a cargo de Robinson Corvalán.
La Fundación Neruda ofreció un cóctel.
El lanzamiento se realizó en una atmósfera cálida y con un contenido del cual habría estado gozoso el propio vate, Pablo Neruda.

De izquierda a derecha aparecen el editor, Iván Quezada, luego José Miguel Varas, Premio Nacional de Literatura 2006, la escritora Susana Sánchez Bravo y el autor de la novela, Miguel Gómez S.

José Miguel Varas, Premio Nacional de Literatura 2006

Mujeres con cerrojo
        La pasión y el conflicto, las relaciones de amor y de odio, de gozo y sufrimiento, de entrega y dominación entre hombre y mujer probablemente existen desde que salimos de las cavernas. “La guerra de los sexos”, como dijo Bernard Shaw definiendo el fenómeno, ha experimentado diversas y notables variaciones a lo largo de los siglos y los milenios, a medida que las sociedades humanas evolucionan, pero nunca ha cesado de existir y, probablemente, sobrevivirá siempre. Las relaciones de pareja, con todo lo íntimas que son, funcionan en el marco de una época y una sociedad determinadas, están sometidas a tradiciones, ideas, prejuicios, creencias y normas, inclusive legales, que las condicionan y determinan el papel social y el status de hegemonía y dependencia establecido para hombres y mujeres. Estas vienen tomando conciencia cada vez más plena de su situación desmedrada y,  aunque es innegable que en muchas sociedades de nuestra época (no en todas, por cierto), las mujeres han conquistado posiciones, en esencia la desigualdad persiste.
La idea de la “huelga de vaginas” o, como dice Miguel Gómez, de “mujeres con cerrojo”, que supone pasar de la conciencia a la acción para obtener cambios en la situación de la mujer, ha ocurrido o se ha manifestado individual y colectivamente en diversas formas a lo largo de la historia. Nuestro autor enfrenta, pues, un tema antiguo, pero siempre renovado y lo “chileniza” en el lenguaje, los personajes y las circunstancias.
        En nuestro país no se conoce hasta ahora un episodio semejante, pero los viejos pampinos (hoy extintos)  recordaban la legendaria huelga de “cocinas apagadas” que en los tiempos de Recabarren, llevaron a cabo las mujeres de varias oficinas salitreras. Los abusos eran muchos y los salarios miserables. Temiendo la represión o el despido, los obreros no se decidían a emprender la huelga. Entonces, las mujeres, bajo la orientación de alguna Lisístrata proletaria, cuyo nombre no registró la historia, decidieron emprender otra forma de presión: no hicieron de comer. Las cocinas permanecieron apagadas. Al no recibir los alimentos indispensables para las rudas faenas del salitre, los obreros tuvieron que abandonar el trabajo. Y los abogados de la compañía se vieron obligados a tratar con las mujeres la cuestión de los salarios, lo que indudablemente dio a éstas un nuevo status, más alto,  en su relación con la empresa y con los hombres.
        En el relato de Miguel Gómez una de las dirigentes del movimiento es llamada “Lisi”, en alusión a Lisístrata, cuya historia ella misma ha contado a sus compañeras. Este es el nombre de la comedia en la que el camarada Aristófanes, 500 años antes de nuestra era, trató el asunto. Lisístrata, respetada ciudadana ateniense, convocó a sus vecinas a declarar la guerra sexual a sus maridos para que dejaran de guerrear con Esparta y se quedaran en casa cumpliendo sus deberes domésticos y conyugales. El acuerdo fue adoptado por aclamación. En seguida el movimiento tomó carácter internacional porque las mujeres de Esparta decidieron imitar el ejemplo de las atenienses. A los varones de ambos Estados no les quedó más que pactar la paz. La comedia termina con una gran fiesta final de reconciliación entre hombres y mujeres.


         Los escritores José Miguel Varas y Susana Sánchez B.       


        En la novela que hoy venimos a presentar, el movimiento de las mujeres con cerrojo tiene el estilo de un conflicto sindical, conmueve al país y determina pronunciamientos de los masculinos poderes legales y fácticos, incluidos el Parlamento, la Iglesia, el ejército (en parte) y otros sectores de la población. La solución es ambigua y reposa en la esperanza, tan chilena, de que una ley arreglará la cuestión de fondo: la situación de subordinación y discriminación en que se halla la mujer.
Pero el autor no aborda estos asuntos trascendentes de manera teórica. Más bien contempla y narra, con una mirada benevolente y un agudo sentido del humor, retorcerse de sus criaturas novelescas, sus sufrimientos, los anhelos y esfuerzos de ellas por tomar conciencia de su situación y sus derechos en el mundo social injusto que las rodea y las reacciones de los varones. El libro se lee aceleradamente, siguiendo el ritmo del relato y produce recuentes sonrisas y también carcajadas. Miguel Gómez es un narrador nato, que no pierde el tiempo en descripciones ajenas al desarrolla de la trama. Todo es acción, desde la primera hasta la última página en medio de una sucesión de hechos y circunstancias derivados del enfrentamiento y la polémica entre personajes bien delineados, claramente identificables, con el agregado de que abundan los momentos inesperados, cómicos o grotescos y los diálogos vivaces que originan reflexiones ingeniosas con numerosas referencias a relatos bíblicos o mitológicos que nunca resultan meras exhibiciones de erudición sino siempre ilustraciones de lo que sucede, por analogía o por contraste.
        El libro entra en materia desde la primera línea, haciendo referencia a un hecho que se presume conocido y que está en marcha desde antes que lo hayamos abierto: “La inédita protesta nacional de las mujeres había empezado”. Ya el primer capítulo entra en la principal consecuencia de la guerra declarada: el lamento de Sandor, marido penitente y su áspero diálogo con Rayén, su esposa huelguista. En sus reflexiones, Sandor deja de manifiesto sus prejuicios machistas. En el relato se verá más delante de qué manera es llevado a abandonarlos. 
Entre las varias parejas que afrontan diversamente el conflicto, está la formada por el agresivo general O y su esposa Sandra, que origina la peripecias más dramática de la novela. Ella le informa que ha dado su adhesión al movimiento y razona de manera sensata y tranquila: “No tengo contra usted ningún reclamo, pero que hay discriminación hacia la mujer, la hay. Aquí tengo la revista que se editó con motivo de la huelga y las estadísticas son espantosas, empezando por los cargos de gobierno, de la judicatura, de los organismos internacionales. ¡En todas partes es una suma de hombres! Pero no sólo está eso, también está el mobing, los abusos, los manoseos, los chantajes, la violencia en el hogar”. La reacción del general es la previsible: embiste. Se siente indignado, atropellado en su autoridad de jefe del hogar y ordena brutalmente a la rebelde: “¡A la cama! ¡Vamos inmediatamente a la cama!”. No cuenta con que Sandra, adoctrinada en el ejemplo de Gandhi, opta por la resistencia pasiva y, en definitiva triunfa. Más adelante, denunciará a su marido ante el Comité de Mujeres en Huelga, por violación. Por su parte, el general desarrolla una acción clandestina, de acuerdo con los métodos que conoce: hace secuestrar a su esposa y plantea a sus colegas la posibilidad de una intervención militar para restablecer el orden y la normalidad en el país.   
Entre los pasajes más interesantes está la conversación en la que Alicia, prostituta culta, que ha pasado por varios talleres literarios, habla a varias mujeres de la directiva sobre el contenido del libro que está escribiendo: “Tratado sobre la diversidad de los gemidos”. Explica que inicialmente hizo una investigación literaria: separó textos de una veintena de novelas de amor donde se mencionan los gemidos de las protagonistas al consumar el acto sexual. Este aspecto constituye la primera parte del libro, una especie de catálogo de cómo diversos autores han puesto los gemidos eróticos por escrito. La segunda parte, histórica, trata de los gemidos amorosos desde el siglo de Pericles hasta el presente. La tercera, la que más le gusta a la autora, versas sobre los gemidos experimentales. Se trata, explica, de los gemidos, comillas, “que yo he practicado y practico, naturalmente de acuerdo a cada individuo, porque la demanda es siempre diferenciada. Cada huevón quiere escuchar determinados tonos y esa riqueza, que he conocido en la práctica también la incorporo al libro”. Cierre de comillas. El Tratado, en cuya elaboración participaron cuatro amigas de la autora, “putas finas”, incluye un CD con… gemidos masculinos.
Episodio especialmente interesante, tratado con delicadeza, es el del amor que estalla y triunfa entre la muy católica y devota Luz María y su cura confesor, el padre Adrián. Es una epifanía explosiva, a la vez religiosa, humana y sexual. La magnitud de la explosión se explica por la magnitud de la represión previa.
¿Qué decir en síntesis? Un libro de lectura amena, reveladora, edificante. Léanlo y recomiéndenlo a sus amigos y amigas.

José Miguel Varas   

                                              
                     
Miguel Gómez S. firma dedicatorias.                               
                                              

Susana Sánchez Bravo

                                              

EL “DELTA DE VENUS”
COMO ARMA DE LUCHA

Canto de mujeres con cerrojo”  de Miguel Gómez Segovia es el libro que nos convoca hoy, publicado por Mago Editores en la colección “Viaje al final de la noche”.
Escrita con prosa concisa y ágil, el autor nos da cuenta, en la polifonía de voces, de un país convulsionado por un levantamiento femenino contra el poder establecido. Como arma de lucha cierran las fronteras del único territorio que les pertenece: el “Delta de Venus”, como diría Anais Nin. Las sublevadas se niegan a las relaciones sexuales hasta que se les escuche. El país es el nuestro, pero contemplado con ojo aristofánico y contraído a “polis”, para el mejor desarrollo de la historia.
El lector es compelido a mirar por un cerrojo el problema de género, elevado a metáfora de país.
Los personajes masculinos y femeninos tienen un cierto tono de “colectivos” y están estructurados como en una representación “Kabuki”. Este tipo de dramaturgia japonesa trabaja con actores de un solo sexo, en el comienzo solo mujeres, hasta que el shogunato las bajó del escenario y puso a varones jóvenes. Las máscaras encubren a los actuantes que expresan las dos facetas, masculina y femenina, y con ello conforman un todo humano. Imposibles de ser vistos en su imperfecta unicidad, los personajes se reflejan en su contraparte.
Despojados del Otro, sorprende la ternura que va aflorando en ellos.
La historia va desarrrollándose a través de los ojos masculinos  que quizás no lo son tanto, siempre hay una duda, apoyada en un recuerdo que salta con pies ligeros en la retórica de Sandor, única voz en primera de este canto.
Se tocan en el curso de la historia, los esquemas de dominación impuestos por las instituciones que conforman el país.
La voz del orden ideológico la lleva la Iglesia Católica, representada por un obispo que se mueve cómodo en los corredores del poder y conecta la contrasubversión entre militares y laicos. Estos, acomodados con la situación, ponen el grito en el cielo por demandas como: A igual trabajo, igual salario, soberanía del propio cuerpo, no a la violencia de género. Y es en estos planteos en que la puesta en escena difiere de los que , en su momento, imaginó Aristófanes en su comedia Lisístrata. Ella quería la Paz, salvar a sus hijos de la guerra, del hambre y del empobrecimiento que conlleva. Para ello hace jurar a sus congéneres, de uno y otro bando, lo siguiente:

“Permaneceré intocable en mi casa    
Con mi más sutil seda azafranada
Y haré que me desee.
No me entregaré
Y si él me obliga,
Seré tan fría como el hielo
Y no le moveré.”

Lisístrata ganó la partida y la paz se firma.
Pero las cosas son diferentes hoy de la realidad de una Atenas desangrada por la guerra. Aristófanes no habría podido concebir  los ejércitos mixtos, una mujer a cargo de gobernar la polis, o litigando en losn foros legales. La mujere de hoy está en todas partes, pero ese lugar le está permitido solo por su condición socioeconómica y aún así, no vale lo que un hombre. Una mujer, por brillante que sea, si no ha tenido acceso a la educación no tiene más futuro que un trabajo agobiante y mal pagado que tampoco le permitirá ejercer como madre.
Las guerras de hoy no son tan claras como en el tiempo de Lisístrata, pero igual se pierden los hijos en las grietas del libre mercado. Las mujeres de hoy solo pueden rebelarse dentro del marco establecido y ratificado por los gobiernos obsecuentes o de facto, instalados en nuestros países por el imperio.


Parte del público asistente al lanzamiento de la novela.

Se nos obliga a jugar con cartas trucadas, a pelear por un “poder” instituido por otros, solo para descubrir que nos falta mucho para ser consideradas iguales.
Parte de este contexto se muestra en “Canto de mujeres con cerrojo”, una novela con una estructura interesante, basada en capítulos que se sostienen por sí mismos  y conectados entre sí, desplegados como en un “comic”, cuadro a cuadro. Los personajes se mueven en su propia corriente de conciencia, en espacios despojados de ornamentos, salvo la enumeración escueta, por ejemplo del capítulo XX , Secuestrada, del que cito: “una sala espaciosa, un sofá, sillones, una mesa, sillas. Colgaban ganchos del techo, sobresalían argollas, sogas, de las paredes... Semejaba un gimnasio.” 
Y esto no es negativo, al contrario, está al servicio de la historia porque obliga al lector a no desentenderse del personaje y su circunstancia. Quizás, el ojo femenino eche en falta cierta sensorialidad más allá de la intimidad sexual, un destello en el texto, una lentejuela poca. Pero, en la diversidad de miradas, no es crucial.
En este ambiente aséptico, los personajes cubren todo el espacio y se sostienen en sus diálogos y pensamientos.
Escrito con buen lenguaje, con referencias cultas y humor, el libro cumple cabalmente la premisa de entretener, y más: pone en el rostro del lector o la
lectora, los deja pensando en la propia asimetría de su relación con el sexo opuesto, en cómo sería si la balanza estuviera en equilibrio y fuéramos completos e iguales, codo a codo, frente al mundo.
Utopía o necesidad? Quizás, una utopía necesaria, como todas las utopías.
¡Felicitaciones a Miguel Gómez Segovia, el autor!
¡Y buen viaje para este “Canto de mujeres con cerrojo”!
Muchas gracias.


Susana Sánchez Bravo.

19-03-2009

Miguel Gómez S.

SOBRE MI ESCRITURA

“Como ya se ha hablado de la novela, quisiera yo hablar ahora sobre mi escritura.
Porque aunque debutante, escribo desde hace alrededor de 15 años.
Pero  nunca me he considerado un escritor titulado.
Pues aunque este título oficial no existe, al parecer, se considera escritor a aquel que ha publicado.
Y la novela “Canto de mujeres con cerrojo” la siento como el trabajo de seminario o de tesis para obtener el “titulo” de escritor.
Conversando con Luis Alberto Mansilla llegábamos a la conclusión que en nuestras antiguas profesiones, la de periodista, los maestros con todas las de la ley que ambos conocimos fueron Sergio Villegas y José Miguel Varas.
De manera que el comentario hecho por José Miguel sobre mi novela, y lo dicho por Susana Sánchez lo interpreto como aprobación.
Por eso quiero compartir este momento que lo siento como ceremonia de celebración de título.
Naturalmente que el veredicto final respecto a la  calidad de la obra la determinan, a veces, los lectores.
En todo caso la condición de escritor abre la posibilidad para entrar a un debate necesario.
Quiero, en suma, hablar sobre los temas que me apasionan en mi afición de escritor.

El primero.

Hace un par de semanas, buscando el alma del país, escuchaba una emisora matinal que informaba que el consumo de droga aumentó entre los trabajadores. La radio invitaba a la gente a marcar un número y comentar la noticia.
Llamó una señora por teléfono, dio su nombre y el lugar donde vivía.
Dijo que a ella se le hacía cuesta arriba dar antecedentes sobre quienes distribuían la droga, porque si se acercaba, con ese propósito, a un policía este empezaba a interrogarla hasta sobre que había comido el día anterior.
Ella dijo a la radio:
Yo bien sé quienes traen la droga y como se distribuye y lo voy a decir ahora públicamente... pues aquí....

Sólo eso alcanzó a decir eso pues un sonido desagradable cortó la comunicación...
El animador del programa comentó con otro animador, que quizás llamó de un teléfono público y agregó: ¡Que siga la música...!

En este pequeño relato la realidad y los personajes están dados, pero aquello que se cortó, lo que no alcanzó a decir la señora... lo que cada auditor pensó para si mismo acerca de cómo seguía el hablar de esa mujer, aquel silencio forma parte de mi escritura...

 Naturalmente que el hablar de la señora puede ser documentado, explicado y, finalmente, interpretado y todo aquello vendría a constituir su historia, la historia de la denuncia posible de esta auditora.
Pero el historiar, como muy bien sabemos, también tiene mucho de fantasía, si no, por ejemplo consideremos lo que escribió Barros Arana sobre los mapuche o Darwin sobre los Patagones.
Y, por otra parte, la ficción, si no tiene ese texto que precede, en este caso la voz de una señora que llamaría desde un teléfono público, quizás inexistente, tampoco podría subsistir. 
Entonces creo que la separación entre ambas entidades es leve, pues la historia tiene en sus interpretaciones mucho de fantasía y de manipulación, y la ficción no puede eludir su partida de nacimiento en la realidad.
Así entiendo yo la nueva novela histórica.
Esta es precisamente una de las vertientes de mi escritura.
Me he ocupado con sigilo y profusión de un período histórico donde durante más de un siglo algunos llenaron de un silencio impresionante.
Mi novela “Kilapan” nació para llenar esa supresión.
Esta novela, que nace y se nutre de la realidad llena el silencio y o la manipulación sobre la guerra del gobierno y ejercito chilenos en contra de aquellos mapuche que resistieron la usurpación de sus tierras.
El Estado, durante años, nombró a Kilapan en cada uno de los informes del Ministerio de la Guerra ante el congreso nacional.
Pero acabada la guerra el poder suprimió el nombre del único Cacique General reconocido en la Araucanía.
José Bengoa lo recuperó en su “Historia del pueblo mapuche”.
Y yo he escrito la novela de “Kilapan” que voy a difundir próximamente.
Porque creo que cierta decencia bicentenaria exige un mínimo de verdad.
Esta es, entonces, la novela histórica, una de las vertientes de mi quehacer literario.
Quizás alguno se pregunte si no estoy equivocado de presentación de libro.
No, no es así.

El Segundo Tema de mi escritura soy yo mismo.

Durante mucho tiempo me miré, investigué, rastree, me indagué y traté de descifrarme a fondo.
Con todas mis cualidades y rarezas, quizás bajezas, porque estoy convencido que si llego a mi esencia, llego al fondo de la sociedad existente durante este accidente que es mi vida.
Yo choqué en contra del poder en 1977 y ese poder me obligó a abandonar Chile, para salvar mi vida.
Yo deliraba  tras tres años de lucha clandestina en contra de la dictadura.
Tanta información que pasaba por mis manos me desestabilizó. 
Acerca de ese período escribo en mi libro “In memoriam”.
Voy a leer algunos párrafos de uno de los cuentos:

“¡La  chilenidad estaba de fiesta! Con redobles acompañaba los gritos. Se arropaba con el tricolor de la bandera, cantaba el himno nacional con aquella estrofa que antes no se incluía.
El cielo se oscureció, Chile fue impuro, las brisas hedían, los campos se blanquearon con cal, las mujeres bordaban arpilleras,  la copia del Edén fue convertida en infierno...  El alma de Chile devoraba sangre.
Fue en esa precisa fase de la dictadura, pasados tres años, cuando mi espíritu reclamó.
No puedo soportarlo, dijo, angustiado; excesivo, quiero dormir ¡Pausa! he llegado al límite... Maldito, ¿hasta cuando? ...
Las emociones sobresaltadas por esa irrupción desatinada renegaron de sentimientos antaño maravillosos...
Mi espíritu habló durante días, quizás semanas...
¿Dónde él buscó una respuesta?
Se fue al mar. Llegó a media tarde y se tendió sobre las arenas, hacía frío,  no hubo luna, había viento. Pasó allí la noche interrogando y reclamando amparo...
Las preguntas que lo acosaban eran por qué, era quiénes, era cómo quebraron su país.
Esa noche sintió que esas arenas y esas olas le eran ajenas. Fue cuando empezó a sentirse extranjero, allí comenzó su exilio, pues no obtuvo respuestas.
Volvió a la ciudad y derrotado recorrió las cloacas. Su último acto fue darse una ducha y, mientras caía el agua, se desmoronó con ella, no quebrado, si no, como he dicho, fragmentado.
Cada gota de agua escurría pensamientos.
Pero el discurrir se desbandó. La lluvia era imparable. Cayó la dictadura interior y asomó el miedo a lo ignorado, incontrolable pues era chequeado, sitiado, bombardeado.
¡Por sí mismo!
Cambiaron las significaciones,  las máscaras estéticas devinieron monstruosas.
Y en esos instantes de tanto dramatismo surgió otro sujeto: un desvergonzado; y yo dejé de conducir mis actos de vida...
¿Pero quién los conducía?
Y las cosas, ¡No! ¡No! Las cosas no, sino el lenguaje que nombra las cosas comenzó a desgranarse y a fluir en torrentes....
El caos me ocupó, desaparecí hundido en el terror..., abandoné ese camino sobre la frontera, descendí... y sólo entonces comprendí la esencia de la tiranía sobre la verdad; porque mi única pregunta era que si yo no era el conductor ¿quién lo era? Y en ese caos mi libertad se ahogaba...Por desgracia no estaba preparado para enfrentar tanta ignominia y me fragmenté, despedacé, se quebró, dijo ella. 
Conocerme me produjo una enorme tristeza. Sabía que era y no era yo. Como destello solar se clavó en mi mente la pregunta ¿Quién me habita? Sólo más tarde supe que ese sujeto era mi propio país, el Estado.
Fue mi Auschwitz.
Disculpa mi silencio, nunca dejaré de emocionarme...
Salud.
Y gracias, por escucharme.
¿Y qué pasó? quizás te preguntes. Regresé, fue un lento caminar. Más tarde comprendí que por razones explicables tenía una segunda vida. ¡Los míos habían muerto! Años más tarde conocí los detalles. Y supe que tenía más vida sólo porque era el cronista de ese grupo. Y me prometí destinar hasta mi último suspiro a mi memoria, a la memoria. Y quizás logre que vuelvan a vivir.”

Tal es entonces mi segundo tema, incrustado en mis vivencias del periodo que va desde 1973 a 1977 en Chile.

Una última reflexión sobre la tercera vertiente de mi escritura:

Durante el período del aniquilamiento en Chile, un compañero de trabajo, mientras revisamos materiales de un periódico clandestino, me habló de Robert Musil. Y, finalmente, me pasó uno de los tomos de El hombre sin cualidades.
Musil era es una de las cumbres literarias y tras una lectura difícil pero apasionante me interesé por él. Leí que ese escritor nació en una ciudad situada en el sur de Austria.
Y quien hubiera podido imaginar que finalmente, tras años de restablecimiento y trabajo exterior, aterrizaría y viviría hasta ahora en la ciudad donde este señor había nacido. A la salida de la estación de trenes se eleva su museo.
Y también supe que ese ilustre intelectual debió huir de su país por las mismas razones que nosotros lo hicimos. En el exilio sufrió la miseria. Tomas Mann, también exiliado, hizo una donación en dinero para que pudiera ir al dentista.
Robert Musil murió en tierra extranjera y sus cenizas se esfumaron en las corrientes de un río suizo.
Comprendí que el exilio es un honor que carga un dolor eterno, la ausencia y el país silenciado, arrebatado, muchas veces para siempre.
Todorov citando a otro autor escribió que “el hombre que encuentra que su patria es dulce no es más que un tierno principiante; aquel para quien cada suelo es como el suyo propio ya es fuerte, pero sólo es perfecto aquel para quien el mundo entero es como un país extranjero”.
Y agrega Todorov. (“yo, que soy un búlgaro que vive en Francia, tomo esta cita de Edouard Said, palestino que vive en los Estados Unidos, el cual a su vez la había encontrado en Erich Auerbach, alemán exiliado en Turquía”)
Emocionalmente es difícil compartir esta formulación. Aunque es verdad que me cuando camino solo por nuestras calles me siento peruano en Chile, chileno en Austria, pero qué decir de la lucha propia por la pertenencia...
Porque el país que dejé, lenta y progresivamente, está desapareciendo. El país que existe en mí, ya no existe. Por todo Chile se ve como lo “nuevo” reemplaza “lo viejo”.
Un cuadro modelo es el enorme Casino de Osorno y las casas de maderas derruidas, a punto de desplomarse, que lo rodean, en Rahue, allí donde nací.
¿Es el país que queremos? ¿Quiénes lo construyen? 
La única brújula que me indica el camino, y nunca envejecerá, es que nosotros siempre luchamos por ideales, y ellos, por intereses privados.
Estoy convencido que recién Chile se está construyendo en medio de esta contradicción
Y cuando en la novela “Canto de mujeres con cerrojo” escribo sobre la variedad de penes y vaginas, estoy describiendo la variedad de procedencias de los chilenos, la diversidad que nos habita.
Y de cómo las mujeres, en medio de complejidades,  van participando cada vez más en este proceso de construir el país, como sujetos privados y públicos, en la historia.
Porque es el colmo que ni siquiera puedan ejercer soberanía sobre su propio cuerpo como se advierte ahora mismo en la discusión sobre el aborto terapéutico.
Creo que es imposible que se pueda mantener ese arcaísmo de que determinadas familias y grupos se crean los propietarios hasta del imaginario de nación. Esos esencialismos seudo patrióticos deben desaparecer en esta tarea de construir el país del siglo XXI.
El Chile que yo viví está desapareciendo, es cierto, pero ya se perfila una nueva utopía, y yo lucho cada día por mantenerla, pues  esa utopía alimenta, también, mi escritura, y mi identidad como chileno.
Gracias por vuestra ayuda”. 

Miguel Gómez Segovia
19.03.2009

Casa Museo La Chascona.

 

Comentario del escritor,  Iván Quezada

¿Qué ocurriría si las “abnegadas” mujeres chilenas decidiesen acabar con los abusos patriarcales y declararan una “huelga sexual” indefinida? Seguramente, aparte de causar las iras de los machos de civil o uniforme, se desencadenaría una espiral de acontecimientos que pondría de manifiesto las taras y complejos eróticos de casi toda la población… ¿O acaso el resultado llegaría a ser más ridículo?
Este es el argumento, en pocas palabras, de la novela Canto de Mujeres con Cerrojo, del debutante Miguel Gómez. La sátira y el humor son sus armas principales al retratar a una galería de bellas y combativas féminas, sus sufrientes y despistados maridos, junto a los poderosos que ven en todo el lío una chance para acrecentar su influencia. La prosa es dinámica e informativa, y a la vez se permite retazos de almidonada cursilería que acentúan el sainete general. Así, Chile entero se convierte en el campo de una batalla con resonancias griegas (por la comedia en que se inspira el relato) y de lo más absurda, vertiginosa como una pieza picaresca y con un sutil toque anticlerical. ¡Como en los mejores tiempos de la República!
Necesito reflexionar sobre el “círculo de hierro” de la huelga, compuesto por un puñado de mujeres que representan las facetas típicas de los movimientos feministas. Allí encontramos a la intelectual, a la mujer con experiencia, a la obsesionada con la política, a la teórica, a la demasiado bella… Ellas son las dirigentes y sus diálogos, que parecen tomados de un aquelarre, son una ironía sobre el debate “revolucionario” de los años ’60 y ’70, con sus paradojas flagrantes y su inútil voluntarismo conceptual (por usar expresión de la época). Así, el libro también funciona como un ajuste de cuentas con el pasado reciente del país y del autor; sin embargo, su escepticismo no llega a la exageración pragmática de los izquierdistas arrepentidos, pasados al otro bando. La mirada de Chile, nacida a la distancia de la Europa central donde vive Gómez, resulta particularmente lúcida y sencilla en sus ideas políticas, lo cual se agradece, pues así la historia no necesita de “expertos” que la interpreten; basta con observar la realidad para entenderla.
Asimismo, me causó simpatía la historia de amor del dibujante, quien pugna por dejar de ser un niño y no lo consigue realmente. Su ingenuidad y la descripción de sus sensaciones, son de los puntos más altos del libro. Desde luego, marca un valioso contrapunto con el narrador, un tipo machista y con recuerdos confusos sobre su iniciación sexual. De este modo, la baraja de las situaciones se va equilibrando en la memoria, al sumarse diferentes puntos de vista a través de personajes variopintos; es como un clamor de voces en la mente, que al final deja más una pregunta que una “declaración oficial”.
Como con las capas de una cebolla, todo lo que se cuenta parece un disfraz de algo más: las propias máscaras del lector quedan en evidencia. Si quien lee es una mujer, podría cuestionarse: “¿Yo también quiero que las mujeres tengan el poder?”. En cambio, si se trata de un hombre, tiene la opción de resistirse y decir: “Bah, si ellas no lo pasan tan mal como nos quieren convencer”. Es la discusión eterna de los sexos enfrentados (“la guerra de los sexos”, como dicen las revistas del corazón), cuya inherente frivolidad aparece también en la novela, pero mofándose de la seriedad que le atribuye el feminismo, y poniendo de manifiesto el carácter publicitario de todo el asunto.
De esta manera, el relato cobra un valor sociológico, aunque consista en una parodia. El autor no quiere dar nada por sentado, especialmente el lenguaje académico con que la gente intenta darle seriedad a sus obsesiones. Se vale entonces de expresiones periodísticas, leguleyas, teológicas o de cualquier otro tipo, para ilustrar el absurdo de la explotación comercial del sexo, y particularmente de las rivalidades entre hombres y mujeres. El chiste está a flor de labios, aunque las situaciones humorísticas son relatadas desde la óptica seria, hasta dramática, de sus protagonistas.
Me produjo singular hilaridad el sadomasoquismo católico que alimenta el affaire entre un cura y una pechoña. El extremismo de las clases sociales chilenas aparece en toda su magnífica ridiculez. Las clases adineradas hacen votos que no cumplen, pero que traspasan de una generación a otra gracias al nunca-bien-ponderado recurso de la hipocresía. Por el otro lado, las turbas de machos frustrados por la huelga sexual, asaltan a mujeres indefensas en los micros, o se sobre estimulan con pornografía o “clásicos” del erotismo. El país va cuesta abajo y entonces, desde luego, surge la “reserva moral”: los militares. Nostálgicos por el pasado dictatorial, sus mandamases creen que el problema se resuelve con mano dura y una zanahoria. Las mujeres se convierten en la amenaza número uno para el Estado y por eso deben sufrir las consecuencias.

Es la lógica de la Seguridad Interior del Estado llevada al paroxismo de la idiotez, o sea, el pan nuestro de cada día. Todas las instituciones quedan en tela de juicio, aunque en definitiva las cosas cambian para que todo siga igual. No importa. El propósito del libro no era moralizar, sino invitar a una travesura, a un juego de palabras en que las apariencias salieran perdiendo. Y yo creo que lo consigue.

 

 

 
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