(Durante la lectura escuche el Adagio del Concierto de Aranjuez)
Nunca lo vi, pero reconocí su voz y su grado, lo nombraban capitán.
Yo estaba de pie, seguramente frente a él, la pregunta provino desde esa dirección.
Era la segunda o tercera entrevista.
No lo sé.
Porque el tiempo estaba extraviado. Ellos lo controlaban. Cualquier instante podía ser noche o día, además eso no tenía interés ninguno.
En verdad siempre era de noche, hasta ahora.
Y esa condición producía en mí inestabilidad no sólo física, sino emocional. Pues esa inseguridad creaba un sentimiento de temor. No era miedo, era prevención ante el caer o darme un golpe en alguna puerta o pared. Quienes llevaban más tiempo si podían eludir los obstáculos. Pero sí he de ser sincero no me importaba en exceso. Más bien me producía malestar la...
--¿Está usted ahora dispuesto a cooperar?
La pregunta entró lenta y sentí por ella un enorme desprecio. ¡Cooperar! Como si tratara de una colecta de la cruz roja. En verdad, con los verbos siempre fui riguroso, aún lo soy. El ha cometido un error, sin duda, debiera haber empleado otro.
--No, señor, no voy a colaborar –fue mi respuesta, dicha en forma mecánica, pero segura. Me estaba, entretanto, equilibrando, pues sufría de algún mareo que me restaba fuerzas. Las atentas manos de alguno o alguna evitaban la caída empujada por mi debilidad que se traducía en descoordinación.
En la primera entrevista él se presentó como analista. Relacionó estructuras, evolución, niveles. Leyó los títulos de diversos artículos. Nombró dirigentes y sobrenombres. Finalmente descargó mis antecedentes: nacimiento, padres, domicilio, estudios, empleos, y una información detallada desde mi ingreso a la organización.
No me apabulló, porque era obvio que él representaba al Estado y como funcionario le era muy simple ir a Investigaciones y al Registro Civil y obtener esos datos. En cuanto a los artículos políticos, éstos estaban circulando.
Sólo dije: --Como ve, soy una persona sin antecedentes.
--Obvio, no estamos tratando con delincuentes comunes –dijo y me despidió.
--No va a cooperar, pues entonces eso sería todo –dijo en este encuentro.
Pero antes de que diera la orden de que me llevaran le dije:
--Yo también soy analista...
Detuvo el ademán configurado en mi imaginación y escuché:
--¿Analista?
--Si me dice su nombre le puedo dar tanto o más información que la que usted dio sobre mi persona –dije.
--Nunca he ocultado mi nombre –contestó y cuando lo dijo tuve una satisfacción mínima. Era lógico que él estuviera ante mí, así debía ser. Era, pudiera decirse, la perfección del círculo.
--Bueno, colega analista, le escucho –dijo sarcástico
--Sí, a usted lo tengo en mi archivo. Lo conozco. Cuando era estudiante leí El Don Apacible. Su apellido suena a ruso, quizás de familia cosaca. Su abuelo y su padre formaron parte del ejército alemán nazi. Los ingleses los apresaron y fueron enviados a Moscú donde fueron ahorcados o fusilados. En ese entonces algunos funcionarios diplomáticos del gobierno de Chile todavía colaboraban. En ese marco su madre le trajo a Chile desde Europa. Este es su país de adopción desde hace apenas, quizás 30 años. Y usted me juzga a nombre de la patria apelando a valores de la historia y de la chilenidad. No me sorprende, así debe ser, pues se cumple la regularidad del asimilado.
Y qué más: carrera militar, distinciones, cursos en el extranjero, experto en interrogatorios. Su característica: extremadamente peligroso.
Me salió como si leyera del archivo mismo.
El silencio fue largo.
-Cómo puede ser tan ingenuo –dijo.
Luego escuché un tenue y brevísimo ruido, como si se apretara una tecla, que seguramente provenía de su escritorio.
Justo, irrumpió la música, una versión suave de “El concierto de Aranjuéz”, la peor de todas. Era, quizás, en la mitad del primer movimiento.
Comencé a temblar, espasmos sacudieron mi cuerpo. Esta vez no hubo manos que me sujetaran y la música me derribó; pesadamente caí sobre el suelo.
--¿Qué hacemos con él?
Al parecer estuvo ojeando algún cuaderno y contestó:
--Adagio.
Me levantaron y llevaron sin que pudiera distanciarme de la música.
Al entrar a alguna habitación sonaba la versión en guitarra y orquesta sinfónica a todo volumen, así como la venía escuchando. En todo caso era infinitivamente mejor que la versión suave.
En la única oportunidad que se había producido para contactar con alguna persona, pregunté quedamente, como si respirara, por qué esa música.
Una voz femenina me susurró...
--Cada ruido está estudiado... esta pieza musical nació durante el franquismo... el autor era ciego como nosotros... retrata su dolor inspirado en el sufrimiento de una pérdida. Pero aquí envilecen la música. Con ella nos conducen al sufrimiento extremo, nos llevan a la indefensión ... dijo la voz y agregó:
¿Viste “El diablo se lleva...”?
No recuerdo; ¿Es terrible? pregunté;
Transcurre en una mansión terrorífica... una muchacha, por casualidad, llega a una casa... habitada por una anciana loca, su hijo cree que la recién llegada es su amante que ya murió, y así...
Luego de una brevísima pausa dije sin que se movieran mis labios partidos: ¿cómo lo logras?
--Somos normales, no olvides a tus padres, recuerda a tu mujer, ¿tienes hijos? -dijo y un ramalazo débil de una emoción indefinida nos envolvió, y agregó: trata de conservarla sin negarla...
Un sollozo apenas perceptible acalló la voz.
Yo tenía ya la sospecha de que cada ruido estaba estudiado y grabado. Fue por el canto del gallo. Era un gallo irracional, pues cantaba siempre que me vencía el sueño. No sólo el gallo era absurdo, también los pitos de algunas fábricas lejanas, el canto de pajaritos desorientados, la ruidosa apertura de cortinas metálicas... pero sobre todo la sirena del mediodía que tocaba cuando yo creía que era medianoche.
La falla del montaje era la repetición, por ejemplo, el canto del gallo lo estudié con la mayor atención y advertí que contaban con sólo tres o cuatro grabaciones que finalmente pude reconocer. Sin embargo, lograban el objetivo de reducirnos a una continua confusión. Y convertían al tiempo en un fluido discontinuo, arbitrario.
Desnudo y convulso fui puesto sobre los metales donde pacientes esperamos el inicio del Adagio. Ya la breve parte previa, el primer movimiento, había despertado mi aterrada memoria y comencé a revivir y a escuchar la voz femenina, sus últimos gritos y perfilé su rostro desconocido y le di forma y en medio de la música me elevé con sus palabras, repitiéndome una y otra vez la vida, no negarla, protegerla
Y vino una ensoñación variada y pude ver al guitarrista y la orquesta completa en un concierto realizado sobre una montaña en medio de una alegría deliciosa...y la tuve ante mi en sus ojos negros, enlazados observamos las aguas danzantes, las graciosas copas de los árboles, el agua del estero que hablaba agitada por los toques y ascendimos allí donde el brillo de la nieve es manso, divisamos vacas y toros que bailan lentamente enlazados, irrumpen en vuelos suaves los herrrerillos con sus colores y cantos variados, de pronto nos anuncian que estallará la tormenta, pero las notas danzarinas la detienen, y abren cuadros tras cuadros con toques en una exposición de felicidad permanente, rota, a veces, por estallidos que son como sablazos, pero en un baile de oficiales de película antigua, en cámara lenta muevo mi cabeza de un lado a otro con el ritmo y siento que todo mi cuerpo danza, la alegría me embota, sólo la interrumpen algunos enlaces amenazantes que pronto son evaporados por una guitarra que entra alegre, aunque seguidamente se apaga en un silencio nefando y un estiramiento orquestal interrumpido por los magistrales movimientos de los dedos, y se suceden las orquestaciones rodeando amenazante a la guitarra que no pierde su entereza, pero finalmente calla
Y vino el Adagio cuando la fuente es desamparo, indefensión, acompañada por el abandono, la soledad, el descenso de la orquesta; cuando ella, la guitarra, siente y llora con una delicadeza y rapidez que me conmueve, y brotan las lágrimas, incontenible lloro todas las muertes, y mi cuerpo me acompaña en estos dolores planetarios, alargados por el consuelo que me pide perdón;
el calor vuelve a quemarme con la música orquestal como si quisiera pedirme explicaciones, y la guitarra me produce un desahogo enorme, nadie, nadie sino ella podría hacerlo en esos momentos de tanto dramatismo que como testigo activo del dolor apresura el ritmo de la sensibilidad
Y las lágrimas caen en notas lentas que se derraman escalando alturas fonéticas cuando en momentos de ausencia de la guitarra se expanden mis gritos que alcanzan a todas las habitaciones de la Villa, y se desmoronan en acordes veloces, y la música vuelve a golpear anunciando peores momentos;
Y me convierto en sonidos guturales que se expanden en las notas que ella crea, y en asociaciones comienzo a unirme a sílabas, palabras, frases que formulan interrogantes, pero la guitarra paraliza esa orgía inhumana con sus intimaciones quedas, como si por única y última vez en mi vida me pusiera frente a Dios y me dijera y ahora pregúntale:
¿Podrás ayudarme a sobrevivir esta tristeza inaudita?
y la respuesta es de una suavidad conmovedora en su silencio o loca en sus movimientos de desesperación y ruido ascendente... y vuelvo a requerirlo con una delicadeza embriagadora
¿cuándo la sangre derramada colmará tu paciencia?
y la orquesta ahora la acompaña en desolación e impotencia, y se imponen tonos en suaves rasgueos que se van apagando, apaciguando algo que va desapareciendo para siempre, dándome consuelo, que por qué.... y le reprocho
¿acaso eres incapaz de cambiar al hombre?
Y contesta con un golpe de orquesta y en ese momento me voy, desaparezco con agradecimientos a la vida, a pesar de la modestia de la queda guitarra.
vuelvo en mí cuando la música danza con desesperación inhumana, como si concentrara todos los dolores de todas las almas en toda su historia universal, y vuelven a suspirar y morir nuevos sollozos conmovidos ante la impotencia de Dios, y entonces me enfurezco y le grito
¡cómo te sientes viendo mi tortura!
y la música se expande y eleva y todo se divide, la guitarra tiembla de miedo y debilitada grita a Él
¿acaso permitirás que lo maten?
mi cuerpo se separa, y cuando vienen los martillazos,
¿por qué? ¿por qué? ¿por qué?
los golpes sobre las cuerdas, los dedos sangran cuando Dios dice que alguien debe morir, la orquesta llora a todo grito cuando es el fin, cuándo y dónde y cómo, en esos postreros momentos repito como él, por qué me has desamparado, digo finalmente aullando con la orquestación que finamente va apagándose
Dios, perdono todos tus pecados
y las últimas luces de los sonidos derriban la venda ya inútil y mis ojos me muestran a ese analista que, luego de revivir los colgamientos y las ejecuciones en su propia Pasión, sacude su uniforme, me mira fijamente y me dice
aquí nosotros somos Dios;
observo sus charreteras, el rostro seco, su fortaleza diaria de militar que se alimenta con el dolor y la muerte del prójimo y veo que se apresta a salir hacia el patio de la Villa donde debe asistir a las próximas ejecuciones; el adagio y yo hemos terminado con un rasgueo insignificante, mis compañeros vivirán.
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