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Graciela
disfrutaba de un estado de fiesta anticipada, emocionalmente excitada
como pocas veces en su vida. Estos sentimientos se advertían en
el casi imperceptible temblor de sus manos que, en ese momento, terminaron
de preparar delicados y sabrosos canapés en cuya presentación
se esmeró. El champagne estaba en el refrigerador, lo había
buscado en varios negocios, era un etiqueta negra importado, seco, de
cepa francesa y que, Pablo, después de un viaje al extranjero,
siempre alabó. Vivía en un distrito de Viena donde nunca le fue ajena la fascinación de las vitrinas. Le gustaba el sector, a menudo caminaba sus calles. Se sentía a gusto, podía confundirse entre la gente y relegar los asuntos de nacionalidades, incluso llegar, por instantes, a sentirse austríaca, en broma, naturalmente. Aunque legalmente se decidió por esa nacionalidad, no la sentía íntima, todavía gravitaba su condición de chilena. Su sentido práctico le aconsejaba que era mejor no filosofar sobre el tema, y pensar que dos o tres nacionalidades tenían sus ventajas. Ella debió huir de Chile, y quién sabe si mañana no debería huir de Europa. Sabía que este continente fue escenario de las peores catástrofes en el siglo pasado. El noticiero se lo recordaba cada noche, pues a unas horas de viaje sólo vivía el odio. Viajó con su familia al sur en dos oportunidades, hasta que advirtió que los confundían con integrantes de algunas de las etnias que estaban en guerra. La espantosa visión del nacional socialismo la conoció por relatos de uno de sus amigos, un abuelo. Ese hombre, jubilado, se cuidaba con una alimentación adecuada, y dedicaba mucho tiempo a intensivas tareas en el huerto. Era una buena cura para el espíritu vivir horas y horas con las plantas, las verduras y las flores. Tal vez porque las plantas no preguntaban a quien había sido soldado de ese ejército. Definitivo, para Graciela ya no existía un lugar seguro en el mundo, y creía que preferible era imaginar que, quizás, un día tendría que volver a trasladarse. No le agradaba la idea; cada cambio fue siempre un gran dolor, porque, invariablemente, debía deshacerse de objetos que apreciaba y que representaban alguna emoción, un buen sentimiento, perdidos para siempre. Le
gustaba su departamento ubicado en un gran edificio; nunca quiso contar
los pisos para no imaginarse la altura. Hacía largo tiempo que
dejó de subirse a un cerezo y, cosa rara, cuando ascendió
parte de una montaña en el sur sufrió más en el camino
de descenso, pues padeció mareos agudos. Se dirigió al baño. Sombreó ligeramente sus ojos. Quería estar bonita. Esperó tantos años que hasta llegó a pensar que... Pero no, hoy se sentía viva con ese vestido de seda verde esmeralda que confeccionó y que modelaba su figura dejando un espacio de libertad a sus senos. Cruzó sus brazos y los acarició; se sintió conforme, le agradaba el roce de la suave seda porque rara vez llevaba sostenes, sólo los usaba en invierno, cuando salía a la calle. A Pablo siempre le gustó ver y sentir la libertad de sus senos. También el vestido destacaba sus caderas. Le agradaba verse y sentirse en movimiento expandido con titilaciones que se multiplicaban a través del vestido. No era delgada, estaba en el límite, había donde agarrarse, como decía Pablo. No era curiosidad que Julio dijera lo mismo. Pero Julio debía dejarla tranquila, hoy ella pertenecía a Pablo. Sobre todo en los próximos instantes. Sabía que era una mujer sensual y que un buen entendedor podía advertirlo. Pero siempre huyó de esos sabelotodo. Existían sólo sus dos hombres, Pablo y Julio. Nunca dejó que ellos siquiera imaginaran otra mujer. Adivinaba sus deseos, y habló con ellos a calzón quitado sobre sus fantasías. No quiso escatimarles el placer. Pensaba que entre quienes se aman no pueden existir necesidades secretas que se busquen satisfacer con amantes o prostitutas. Nunca fue ni sería, en ese sentido, una falsa puritana o una formal por fuera y desordenada por dentro. Ese tipo de contradicciones no la afligieron, porque sus ideas estaban sostenidas en sentimientos. La ausencia de escrúpulos religiosos provenía de sus padres, porque fueron laicos, por tradición, derivación atribuída a su abuelo paterno, el cual fue un gran activista del Estado docente. La anacrónica moral eclesiástica no constituyó algo fundamental en su formación. Le gustaba el sexo con Pablo, también con Julio. En fin, le gustaba hoy su cara, se arreglaba para Pablo. Esperaba a Julio. Se dirigió al salón. Miró
el reloj, faltaban aún diez minutos para el programa noticioso.
El televisor estaba conectado y los aparatos anexos también. Lo
tenía a bajo volumen. Sobre la mesa del centro, redonda, estaban
los canapés, cuyo colorido y variedad la dejó satisfecha.
Fue a buscar el champagne a la cocina que irradiaba impecabilidad. Cada
objeto tenía un lugar de residencia y cada uno fue comprado a su
entera elección. Se sentó y abrió la botella. Pablo
le enseñó a destaparla en silencio, y hoy era un día
de profundo recogimiento. Probó los canapés y bebió
una copa. Sabía que su intuición no caería. Ya eran
las 15 horas, se levantó y dio volumen al televisor. Tras algunos
minutos de tensión el noticiero conectó con su corresponsal
en Londres. Hubo segundos de confusión, pero el periodista dijo
muy claro que los lores por 3 votos contra 2 habían resuelto que
el imprescriptible no tenía calidad diplomática y que podía
ser extraditado y sometido a proceso. Graciela gritó, se levantó,
alzó sus brazos y dio un aullido de alegría. Por fin, Pablo,
se dijo, por fin, mi amorcito, bebió una segunda copa mientras
escuchaba los detalles de la noticia. Fue como si operaran a cuchilla su espíritu, y los recuerdos de Pablo irrumpieron y borraron con inaudita velocidad más de 20 años. Volvió a ver a su primer amor, cuando rodeado por uniformados lo hicieron caminar a través del callejón para que todos lo advirtieran y tuvieran miedo. Llegaron a su casa, él venía con las manos a la espalda, esposado, la camisa abierta, los pantalones apenas se sostenían, y su cara y sus hombros y su pecho... Abrieron
la puerta a culatazos, irradiaban frío. Graciela
permaneció algunos días traspasada por el dolor. De esa
inmovilidad la sacó uno de los vecinos, funcionario de la morgue.
Cuando la vino a visitar, contrito, la saludó y le dijo: La
segunda pérdida de Graciela fue el hijo que llevaba en las entrañas.
Durante largo tiempo se sintió una ánfora vacía.
La sacaban del sopor los propios victimarios de Pablo que volvían
a allanar su casa para mantener vivo el terror. La última vez,
después que se produjo un enfrentamiento en un barrio cercano,
la amenazaron con tal violencia que recurrió a la iglesia. La ayudaron
a salir del país. Estuvo en campos de refugiados. Allí conoció
a Julio, que también huía de las pesadillas. Se ayudaron.
Mucho más tarde, cuando nació una inesperada hija, renacieron.
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