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ilustración de Carlotta Leoni
EL BAILE DE GRACIELA (del libro de cuentos „Bajo contexto militar“ de Miguel Gómez Segovia)

 

Graciela disfrutaba de un estado de fiesta anticipada, emocionalmente excitada como pocas veces en su vida. Estos sentimientos se advertían en el casi imperceptible temblor de sus manos que, en ese momento, terminaron de preparar delicados y sabrosos canapés en cuya presentación se esmeró. El champagne estaba en el refrigerador, lo había buscado en varios negocios, era un etiqueta negra importado, seco, de cepa francesa y que, Pablo, después de un viaje al extranjero, siempre alabó.
Observó desde la ventana que la neblina envolvía el exterior; afuera estaría húmedo, frío; noviembre era el único mes desagradable. Había leído que empezaba la depresión invernal para un porcentaje de la población. Graciela no llegaba a ese extremo, pero sentía el fastidio del cambio de hora y la desaparición de la luz... volvió a temblar al pensar en la oscuridad anticipada, y en la dureza del invierno. Por eso se afanaba en buscar y crear actividades manuales atractivas durante ese mes. Diciembre era diferente, a menudo con sol, y con la preparación de la Navidad y el Año Nuevo podían ignorarse las adversidades del clima.

Vivía en un distrito de Viena donde nunca le fue ajena la fascinación de las vitrinas. Le gustaba el sector, a menudo caminaba sus calles. Se sentía a gusto, podía confundirse entre la gente y relegar los asuntos de nacionalidades, incluso llegar, por instantes, a sentirse austríaca, en broma, naturalmente. Aunque legalmente se decidió por esa nacionalidad, no la sentía íntima, todavía gravitaba su condición de chilena. Su sentido práctico le aconsejaba que era mejor no filosofar sobre el tema, y pensar que dos o tres nacionalidades tenían sus ventajas. Ella debió huir de Chile, y quién sabe si mañana no debería huir de Europa. Sabía que este continente fue escenario de las peores catástrofes en el siglo pasado. El noticiero se lo recordaba cada noche, pues a unas horas de viaje sólo vivía el odio. Viajó con su familia al sur en dos oportunidades, hasta que advirtió que los confundían con integrantes de algunas de las etnias que estaban en guerra. La espantosa visión del nacional socialismo la conoció por relatos de uno de sus amigos, un abuelo. Ese hombre, jubilado, se cuidaba con una alimentación adecuada, y dedicaba mucho tiempo a intensivas tareas en el huerto. Era una buena cura para el espíritu vivir horas y horas con las plantas, las verduras y las flores. Tal vez porque las plantas no preguntaban a quien había sido soldado de ese ejército. Definitivo, para Graciela ya no existía un lugar seguro en el mundo, y creía que preferible era imaginar que, quizás, un día tendría que volver a trasladarse. No le agradaba la idea; cada cambio fue siempre un gran dolor, porque, invariablemente, debía deshacerse de objetos que apreciaba y que representaban alguna emoción, un buen sentimiento, perdidos para siempre.

Le gustaba su departamento ubicado en un gran edificio; nunca quiso contar los pisos para no imaginarse la altura. Hacía largo tiempo que dejó de subirse a un cerezo y, cosa rara, cuando ascendió parte de una montaña en el sur sufrió más en el camino de descenso, pues padeció mareos agudos.
El departamento tenía dos ambientes, suficientes para ellos y la niña de 12 años. Julio se esforzó en arreglarlo. Cada detalle tenía su firma. El era entusiasta para trabajar con maderas, renovar muebles, transformarlos. Creó un auténtico nido. Pero hoy era un día dedicado a Pablo, y dejó de pensar en Julio, su marido.

Se dirigió al baño. Sombreó ligeramente sus ojos. Quería estar bonita. Esperó tantos años que hasta llegó a pensar que... Pero no, hoy se sentía viva con ese vestido de seda verde esmeralda que confeccionó y que modelaba su figura dejando un espacio de libertad a sus senos. Cruzó sus brazos y los acarició; se sintió conforme, le agradaba el roce de la suave seda porque rara vez llevaba sostenes, sólo los usaba en invierno, cuando salía a la calle. A Pablo siempre le gustó ver y sentir la libertad de sus senos. También el vestido destacaba sus caderas. Le agradaba verse y sentirse en movimiento expandido con titilaciones que se multiplicaban a través del vestido. No era delgada, estaba en el límite, había donde agarrarse, como decía Pablo. No era curiosidad que Julio dijera lo mismo. Pero Julio debía dejarla tranquila, hoy ella pertenecía a Pablo. Sobre todo en los próximos instantes. Sabía que era una mujer sensual y que un buen entendedor podía advertirlo. Pero siempre huyó de esos sabelotodo. Existían sólo sus dos hombres, Pablo y Julio. Nunca dejó que ellos siquiera imaginaran otra mujer. Adivinaba sus deseos, y habló con ellos a calzón quitado sobre sus fantasías. No quiso escatimarles el placer. Pensaba que entre quienes se aman no pueden existir necesidades secretas que se busquen satisfacer con amantes o prostitutas. Nunca fue ni sería, en ese sentido, una falsa puritana o una formal por fuera y desordenada por dentro. Ese tipo de contradicciones no la afligieron, porque sus ideas estaban sostenidas en sentimientos. La ausencia de escrúpulos religiosos provenía de sus padres, porque fueron laicos, por tradición, derivación atribuída a su abuelo paterno, el cual fue un gran activista del Estado docente. La anacrónica moral eclesiástica no constituyó algo fundamental en su formación. Le gustaba el sexo con Pablo, también con Julio. En fin, le gustaba hoy su cara, se arreglaba para Pablo. Esperaba a Julio. Se dirigió al salón.

Miró el reloj, faltaban aún diez minutos para el programa noticioso. El televisor estaba conectado y los aparatos anexos también. Lo tenía a bajo volumen. Sobre la mesa del centro, redonda, estaban los canapés, cuyo colorido y variedad la dejó satisfecha. Fue a buscar el champagne a la cocina que irradiaba impecabilidad. Cada objeto tenía un lugar de residencia y cada uno fue comprado a su entera elección. Se sentó y abrió la botella. Pablo le enseñó a destaparla en silencio, y hoy era un día de profundo recogimiento. Probó los canapés y bebió una copa. Sabía que su intuición no caería. Ya eran las 15 horas, se levantó y dio volumen al televisor. Tras algunos minutos de tensión el noticiero conectó con su corresponsal en Londres. Hubo segundos de confusión, pero el periodista dijo muy claro que los lores por 3 votos contra 2 habían resuelto que el imprescriptible no tenía calidad diplomática y que podía ser extraditado y sometido a proceso. Graciela gritó, se levantó, alzó sus brazos y dio un aullido de alegría. Por fin, Pablo, se dijo, por fin, mi amorcito, bebió una segunda copa mientras escuchaba los detalles de la noticia.
Y de pronto Graciela sintió el impulso de bailar, sí, lo necesitaba, buscó el casete, lo introdujo y con los primeros rasgueos corrió la mesita del centro, e inició un pie de cueca, ensimismada, seria, ocultó parte de su rostro con el pañuelo, bailaba con Pablo la cueca sola, resistió hasta el primer zapateo, después, Graciela se desplomó sobre el sillón, cubrió su cara con sus manos y el pañuelo, gimió, y lloró, con un dolor inconsolable, incontenible, que necesitaba aire, y buscaba escapar de ese cuerpo que se contraía.

Fue como si operaran a cuchilla su espíritu, y los recuerdos de Pablo irrumpieron y borraron con inaudita velocidad más de 20 años. Volvió a ver a su primer amor, cuando rodeado por uniformados lo hicieron caminar a través del callejón para que todos lo advirtieran y tuvieran miedo. Llegaron a su casa, él venía con las manos a la espalda, esposado, la camisa abierta, los pantalones apenas se sostenían, y su cara y sus hombros y su pecho...

Abrieron la puerta a culatazos, irradiaban frío.
--¡Pablo! –gritó, y se avalanzó, pero uno de los militares la sujetó con su garra.
--¡Váyase a la otra pieza! --gritó y la empujó, pero ella giró su cabeza y capturó fugaz la mirada de Pablo; pero Pablo ya no era Pablo. Escuchó los ruidos de la destrucción de cajones, de muebles, luego la sacaron de la habitación en que estaba para hacer lo mismo, la mantuvieron humillada contra la pared con los brazos en alto y las piernas abiertas, la manosearon. Tiritaba, y después que se fueron arropó su cuerpo con una frazada. Telefoneó a su hermano, acordaron que vendría su cuñada a acompañarla.

Graciela permaneció algunos días traspasada por el dolor. De esa inmovilidad la sacó uno de los vecinos, funcionario de la morgue. Cuando la vino a visitar, contrito, la saludó y le dijo:
--Vecina, creo que Pablito está con nosotros.
Su cerebro rechazó la verdad durante un tiempo. „Venga conmigo a reconocerlo, mañana“, le musitó su vecino, la abrazó. Graciela entró a las 8 de la mañana a la Morgue. Toda su atención estaba concentrada en identificar a Pablo en esa pila de cadáveres. Le fue muy dificil reconocerlo. Le dijeron que le daban una hora de plazo para que lo sepultara o de lo contrario lo tirarían a una fosa de NN. Graciela con la ayuda de su hermano logró sacar el cadáver y enterrarlo. Más tarde supo que muchas personas desaparecieron.

La segunda pérdida de Graciela fue el hijo que llevaba en las entrañas. Durante largo tiempo se sintió una ánfora vacía. La sacaban del sopor los propios victimarios de Pablo que volvían a allanar su casa para mantener vivo el terror. La última vez, después que se produjo un enfrentamiento en un barrio cercano, la amenazaron con tal violencia que recurrió a la iglesia. La ayudaron a salir del país. Estuvo en campos de refugiados. Allí conoció a Julio, que también huía de las pesadillas. Se ayudaron. Mucho más tarde, cuando nació una inesperada hija, renacieron.
Cuando escuchó el timbre se secó las lagrimas y fue abrir. Su hija, Victoria, se colgó a su cuello y dijo:
--¿Qué tienes mamita? ¿Lloraste? --y caminó hacia el televisor donde repetían la información y preguntó...
¿Y quién es ese abuelito en silla de ruedas?



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