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ilustracion de Carlos Gomez
EL CUADRO INAGOTABLE (del libro de cuentos „Bajo contexto militar“ de Miguel Gómez Segovia)

 

No puedo precisar y ni quiero explicar cuáles fueron las causas que me forzaron, en aquel entonces, a permanecer durante meses en aquella casa hasta que fui trasladado a este lugar, tan atractivo por sus juegos con los cuales se pueden, cada día, imaginar y elaborar combinaciones europeas infinitas.

En esa otra vivienda estuve solo. Una señora que tenía un trato amable, pero muy impersonal venía a hacer el aseo y a preparar la comida. Se marchaba a eso del mediodía.

Aquí, en cambio, hay mucha gente y cada uno hace lo que más le divierte. Ninguno se enoja ni empieza a temblar por una nadería.

Cuando estuve solo había perdido el interés por la lectura y prefería tenderme sobre mi cama y recrearme. No era aburrido y podía pasar horas en ese dulce sosiego. Es cierto que a veces irrumpían indeseables impresiones. Eran como caravanas de vehículos que se detenían brutalmente. Descendían personas que cubrían sus rostros. Iracundos daban portazos y la luna hacía destellar sus armas.

Mi anterior vivienda tenía una pequeña cocina con refrigerador, un baño con ducha y un dormitorio.

En algún momento descubrí el cuadro que colgaba en una de las paredes de esta última habitación.

Era grande y me sentaba a contemplarlo.

La pintura mostraba una antigua iglesia que estaba situada a la derecha, sobre una colina. Abajo se divisaba un gracioso cementerio que la rodeaba. También el pintor dibujó algunas casas y en primer plano un jardín con árboles frutales. Casi en la línea en que terminaba el cuadro se extendía la calle que se cruzaba con otra cuya continuación quedaba abierta.

El artista había dibujado pequeñas y delicadas manzanas en los árboles y en el borde del techo de la iglesia algunas palomas que ocupaban distintas posiciones; como si conversaran unas, en acción de desplazamiento otras.

El cuadro era inagotable y necesité de los lentes para determinadas particularidades. Me interesaban las palomas porque era notorio que el artista había hecho un gran esfuerzo para que aparecieran como si estuvieran vivas.

Es casi seguro que fue en ese período...; es difícil, me emociono en exceso, aunque estoy seguro de que si negara esos recuerdos me permitirían abandonar este nuevo hogar.

Pero yo no sé si quiero borrar la existencia de una experiencia, ni sé tampoco si quiero que me fuercen a asumir la realidad que tan bien conozco, ni tampoco sé si quiero irme de este lugar donde hay gente tan suave en sus tratos.

Hay un par de enamorados que durante todo el santo día se miran a los ojos, se acarician con sus bellas manos y se besan interminablemente.

También están la señora Margarethe que siempre está cantando y la señorita Melitta que cuando estamos solos le agrada desnudarse y nos deja deleitarnos con la visión de un cuerpo tan artístico en sus formas y movimientos.

De mí dicen que soy sensible en extremo. Tal vez es verdad, porque me conmovieron tantos libros. Cuánto sufrí con esa ira tan irracional de Dios castigando el amor de Eva, o con ese horrendo crimen entre hermanos bíblicos. Werther me hundió en el desconsuelo.

En el transcurso de varias semanas de observación fui descubriendo nuevos aspectos en la pintura. Es verdad que yo estaba mirando las palomas del cuadro cuando tuve la sensación de que una o dos habían cambiado de posición. ¡Sentí frío en mi cuerpo!

Era tan absurdo.

Me puse de pie y tiré de mis cabellos con desesperación. Yo quería estar bien, pero esa soledad me estaba trastornando. ¿Pero quién no lo estaba en ese tiempo? Fue cuando al país fue se le implantó la seguridad nacional.

Durante varios días no volví a mirar la pintura. Pero la necesidad racional de confirmar mi equivocación me forzó a volver a mirarla.

Las palomas estaban en la ubicación de la última vez.

Tuve mucha tranquilidad. Sonreí, moví la cabeza y con una gran carcajada me eché hacia atrás con la silla y cuando retorné mis ojos al cuadro voló una paloma, desde un lugar a otro, en el techo de la iglesia.

Quedé pasmado.

Al recuperarme traté de convencerme de que debía permanecer sereno. Podía tratarse de una insignificante alucinación producida por la obligada soledad.

Llevaba en esa vivienda varios meses luego que algunos amigos me aconsejaron que me ocultara. La única condición que pusieron era que no debía salir de allí por un largo tiempo porque si no pondría sus vidas en peligro.

Juan y Matilde me llevaron a esa casa. El era un muy buen ingeniero que en ese tiempo trabajaba sacando nieve de las calles. ¡Cómo se alegraba cuando nevaba! Matildita había estudiado Filosofía y al producirse la descomposición empezó a vender caramelos Candy en los buses.

No volví a mirar la pintura.

Me concentré en mis sueños, porque era divertido verme adulto en la casa de mi niñez y como reaparecía en una de las calles de Viena. Era tan agradable volver a conversar con mi madre que seguía igual aunque yo había crecido tanto. Me fascinaban esos juegos insólitos de cambios de escenarios y de personas, la mayoría de ellas muertas, entre ellas, mi madre. Esas posibilidades absurdas, ilógicas, de mis sueños tenían atractivo, porque apartaban mis recuerdos de la realidad exterior que había devenido irracional, por completo.

También disfrutaba de la comida que preparaba la señora Erica. Ella tendría alrededor de 30 años. Estaba obligada a ser formal y Juan me había pedido a mí que no le hiciera preguntas.

Ella vestía de manera sencilla, pero se adivinaban formas. No sé cómo surgieron anhelos. Cuando se acercó a dejar la comida sobre la mesa no resistí el instinto de deslizar una de mis manos hacia la redondeada pantorrilla, ascender hacia la corva y hacia el muslo en esa ternura de piel. Quise abrazarla para prodigar cariños infinitos.

Pero ella empezó a convulsionarse como si sufriera un ataque de epilepsia. Había tal espanto en sus ojos que me aterroricé y retiré mi mano como si tocara fuego.

Me paré para tranquilizarla, la conduje a la silla, le ofrecí agua. Entiendo que son los tiempos, le dije para disculpar su conducta.

Luego de ese brutal episodio volví a la rutina y al cuadro. Lo miraba durante horas buscando captar algún movimiento. Deseaba que se produjera algo. Después de un largo tiempo advertí que, efectivamente, las palomas volaban de un lugar a otro. También que las manzanas dibujadas en la tela estaban más rojas, maduraban. Disfrutaba de esos cambios y, a veces, agotado de mirar, me dormía sobre la silla.

Cuando venía la señora Erica me sentía feliz. Sabía que mi cara estaba sonrosada por esa tremenda sensación que produce la existencia de un gran secreto personal.

Esas palomas volaban sólo para mí.

Estaba consciente; lo que me acontecía no era normal. Pero esa línea era ya incierta después que el gobierno militar decretó una la normalidad. Y como yo pertenecía a la antigua sufrí un trastorno que nunca pude superar. Por eso me deslicé hacia los sueños donde toda racionalidad aparecía, muy a menudo, como disparate.

Ahora no puedo dejar de sonreír cuando recuerdo las palomas y de ellas les hablo a mis nuevos amigos. La señorita Melitta, cuando lleva ropas, me escucha con gran atención.

La única y última vez que vino Juan a visitarme a la antigua casa le conté mi hallazgo.

El miró, se sorprendió y preguntó: “¿Cuál cuadro?¿La ventana?”

 

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