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EL ESTADO Y YO (del libro de cuentos „Bajo contexto militar“ de Miguel Gómez Segovia)

 

Entré al restaurante “Cielito“ para almorzar con un desconocido y tras algunos segundos de confusión advertí que desde una mesa se levantó un hombre alto, delgado, el cual avanzó y me saludó efusivamente.
--Hola, Mario, un agrado volver a verte, hombre, qué bueno que pudiste venir, ven, por favor, acá está nuestra mesa.
Lo seguí.
La sonrisa de mi anfitrión se expandía formando una v alargada y sus lentes exhibían un aumento desmesurado que distorsionaban la realidad de sus ojos. Su impecable terno azul oscuro, de finas rayas, la camisa blanca y la corbata, en algunos tonos también azules, armonizaban con el ambiente exclusivo del restaurante.
--Mario, aquí preparan un buen pisco sour, te lo recomiendo.
--Gracias, muy amable..
--Entonces ordenaré los aperitivos y en cuanto al almuerzo, el menú presenta tres variedades, pero también cocinan a la carta. ¿Alguna dificultad para ubicar el restaurante?
--Ninguna, los del Barrio Alto son conocidos.
--Son los únicos lugares seguros que van quedando.
Yo pregunté en voz baja: --Disculpa, ¿cómo te llamas?
--Gaspar, para mis amigos –contestó bajando la voz.
--Bien, Gaspar, veamos las especialidades –dije subiendo la voz.
Las variedades eran A, B y C, pero a mi gustó el cabrito al horno de A, la entrada de langostinos al Pil Pil de C y el postre de chirimoya alegre de B. Cuando lo pedí, el garzón contestó:
--Lo siento, señor, pero el menú es lineal; A, B o C, está elaborado por un especialista, no podemos mezclar. Nuestro establecimiento no se permite ese tipo de licencias.
--Entonces tráigame un lomo a lo pobre con ensalada verde –dije amostazado.
Gaspar encargó el menú C a base de mariscos y pescados.
--¿Qué van a beber los señores?
--Mario, ¿Pinot?
-- ¿Botella con caderas?
--Exacto.
--Es un blanco agradable, pero preferiría un Merlot para acompañar la carne.

Disponía de la invitación para almorzar desde hacía una semana. Fueron días dificiles, pues quedé, por primera vez en años, desconectado. La falta de noticias consumía mis nervios. Visité a un dirigente público y él logró un vinculo con la dirección clandestina. Me entregó la invitación para encontrarme con alguien que me conocía y a través del cual restablecería los contactos. En esos días sentí ansiedad, un signo extraordinariamente perverso en nuestra actividad. En cuanto bebimos el primer trago, dije a Gaspar:
--Cuéntame, qué sucede.
--Ah, no seas impaciente, hombre, vamos a tratar de digerir las malas noticias con una buena comida.
--Oye, ¿de dónde o desde cuándo me conoces?
--Nos hemos visto, pero antes de...
Lo miré detenidamente, pero ningún rasgo era familiar. El rió silenciosamente.
--¿Sabes algo de Alberto? –pregunté.
--Alberto fue detenido.
--¿Y Enrique?
--Todos fueron detenidos, incluidas las enlaces.
--¡Qué desgracia!
--Un golpe demoledor, pero, por favor, no pongas esa cara, sonríe, detrás mío, hacia la derecha, hay una mesa que debes considerar.
--Disculpa, pero es difícil sobreponerse. Pero tienes razón, salud, vamos a brindar por este grato reencuentro.

El camarero sirvió el vino. La mesa que había que considerar estaba ocupada por uniformados. Como relajante, música ambiental. El local se había llenado, existía un barullo generalizado y yo me preguntaba cómo tanta gente linda podía gozar exquisiteces, conversar agradablemente y divertirse. Pero, ¿en qué mundo vivía yo? Ellos vivían el mundo feliz.
--Mario, más de alguno pudiera notar que estás estupefacto, eh, la boca.
--Disculpa, y gracias, es que hay un ambiente...
--Ellos forman parte del sistema, aparentan indiferencia o ignorancia, son los que siempre dirán que nunca supieron nada. Los mirones. Y vivirán y morirán cristianamente. No necesitarán reubicarse en el nuevo sistema, porque nunca han salido de ninguno. Para ellos es lo mismo democracia o dictadura. Pero ahora viene la comida, huele muy bien.
Mientras disfrutábamos del almuerzo, Gaspar me informó que el régimen desplegaba una persecución brutal y que nuestra organización estaba duramente afectada.
--No logramos ubicar la causa. O se produjo una profunda infiltración y manejan mucha información sobre nosotros, que están dosificando, o alguna de nuestra gente fue forzada a colaborar. Conocemos algunos casos. Por eso se requiere ser extremadamente riguroso con las normas –dijo Gaspar.
--Pero al menos se sabe cuándo, cómo y por qué se produjo lo de Alberto y Enrique; yo trabajé, hasta ahora, directamente, con ellos.
--Sabemos que primero cayeron los enlaces y que luego se produjo la detención de Alberto y de Enrique. Los mantuvieron durante una semana en la casa ubicada en la calle Libertadores. La ratonera funcionó, pues allí llegaron otras personas. Luego se registraron nuevas detenciones. Tememos seguimientos y que están estirando la cuerda para atrapar estructuras clandestinas completas. Mario, este Undurraga es bastante decente, ah, salud.
--Salud, Gaspar. El Merlot tiene buen sabor. Pero los hay mejores. Recuerdo haber bebido uno divino en la casa de un campesino en los alrededores de Rovigno.
--Mario...
--Sí.
--No olvides la regla número 17, las cosas personales...
--Ah, ya, claro, disculpa, es que el vino...
--Discúlpame tú, me gustaría mucho saber más sobre ese Merlot de casa, pero no podemos arriesgar.
--Tienes toda la razón, es que sucede que hacía años que no entraba a un restaurante a comer bien y disfrutar de un buen vino.
--No te preocupes, hombre, dime, ¿conociste al Flaco Paredes?
--Naturalmente, fue dirigente público, y algunas veces tuve que conversar con él.
--Porotea.
--¡El Flaco Paredes! ¡Poroteando! ¡No puedo creerlo!
--Cada persona se descifra sólo en la tortura.
--El Flaco Paredes. Increíble. Siempre fue imponente, con talento para exponer las ideas, traducía tan bien nuestra política, pero si incluso escribió un libro –dije porque si a alguien había conocido en la organización era precisamente a Paredes. Empecé a sufrir una profunda conmoción, fue como si me faltara el aire. La revelación fue brutal. Hice un esfuerzo descomunal para no retratar mi creciente estupor, pues comprendí que...
--Lo vieron caminar por el centro, disimulados lo rodeaban cuatro o seis agentes, y todos los que lo saludaban eran de inmediato detenidos. Mario, ¿un café? o tal vez antes un bajativo. Aquí preparan muy bien el apiado.
--Gaspar, disculpa, pero estás violando la número 13, porque me estás informando que eres un cliente habitual de este restaurante.
--Oye, pero ya no se puede vivir, tienes razón, disculpa.
--Pero estoy de acuerdo con un bajativo, pero prefiero un coñac.
--Bien. Vamos a pedirlo. ¡Don José!
--Don Matías, ¿qué se le ofrece?
--Coñac, don José.
Cuando se retiró el camarero susurré ligeramente enojado --¡Pero él sabe tu nombre y ahora yo también!
--Ah, no te preocupes, ese nombre es una chapa. Es en memoria de ese Don Matías de los sesenta. Ahora no es bebible. Mario, no somos tan ingenuos. Todavía estamos vivos y circulando, pero se nos hace cada día más difícil. Y sobre eso debo informarte que, oh, gracias don José, muy eficiente. Bueno, Mario, salud, vas a necesitar este trago, pues a ti te buscan.
--¡Qué!
--Lo que oyes, el Estado te busca.
Cuando el estremecimiento recorrió mi columna recordé las novelas de vaqueros. Me buscaba el Estado. Sería muy complicado digerir el lomo.
--Los agentes llegaron a varias casas donde se realizaron reuniones; manejan un retrato hablado, requieren información sobre un tal Mario.
Bebí medio vaso de coñac. Estaba sin aliento. Mudo también.
--Oye, disculpa, pero la boca.
Lo miré sin entender qué quería.
--La boca, la tienes abierta.
--Ah, ya.
--Una mujer, agente, recorrió toda la manzana de la calle Llama Eterna, a la altura del 300, dijo que venía del norte, te describió, afirmó que eras arquitecto y que ella era tu hermana. No sabemos cómo lograron toda esa información. Aunque, es verdad, existen presunciones sobre alguna de las enlaces...
--No, no, eso puedes descartarlo, debí verlas cuando ya estaban detenidas, y habría sido muy sencillo decir donde yo las esperaba. No eso no, pero ¿qué sucedió con los moradores de esas casas?
--Detenidos. Es posible que alguno te describiera. ¿Estuviste en Independencia 41, Libertadores 13220, o en Resistencia 700? Otros nombres de las calles!!!
--En todas, con Alberto o Enrique.
--Seguramente allí se originó la información sobre tu persona, ¿hay algún dato verídico?
--Ninguno, salvo la descripción, pero creo que necesito otro coñac.
--¡Don José!
El Estado me buscaba, y ahora comprendía por qué no publicaron mi retrato hablado. Pagábamos en vidas la improvisación, y la falta de eficiencia.
--Mario, Mario –repetía Gaspar.
Lo miré nuevamente sin comprender qué quería.
--De nuevo.
Fruncí las cejas y pregunté insistente con la mirada.
--La boca, Mario.
--Ah, ya, disculpa.
Gaspar dijo que iba al WC y se levantó.

El local era agradable, la temperatura de septiembre siempre me gustó. Reacomodé mis nalgas y admití que mi situación no tenía salida. Mi cara oculta me había permitido sobrevivir. Porque ninguno ya identificado había escapado al Comando, integrado por sujetos con cursos intensivos de capacitación. De la siempre adelantada Europa habían aprendido la palabra clave, “Vernichtung“, y ellos subdesarrollados, pero creativos, la tradujeron con múltiples variantes: erradicar, extirpar, purificar, liquidar, limpiar.
--Mario, creo que tienes que modificar tu aspecto.
--Es lógico...
--Oye, cuéntame de ese Merlot. ¿Dónde queda Rovigno?
--Golpe de vista, aroma, finura, sabor, calor, tiene ese Merlot; nunca me agradaron los Caberné.
--A mi tampoco, pero vamos a seguir trabajando de la misma manera, la próxima semana te presentaré a tu nuevo enlace. En tu equipo ¿no hay problemas?
--Por ahora, ninguno.
--Oye, ¿estás desde el comienzo?
--Por supuesto, pero estoy extenuado; el toque de queda me obliga a irme a la cama temprano, extraño el bullicio de alguna fiesta y odio ese silencio inhumano en la noche, a veces sueño con la maldita democracia burguesa que me permitía conversar un café o hacer esa simple parrillada familiar en el patio, en fin, aborrezco el forzado teatro con mis vecinos, estoy hasta la coronilla con las violaciones diarias a mi intimidad, siempre pensando algo y diciendo otra cosa. Y, por favor, no tiene que ver con que ahora me buscan. Es más antiguo. Y sabes, me agradaría todavía conversar otra botella.
--Un atropello a las reglas, pero, sinceramente, te comprendo, y por una vez voy a permitirlo y pediré un Merlot. Escucha, ellos empiezan a cantar.
--¡Canallas!
--Cálmate, por favor, podemos tomarnos un trago o dos, pero con cautela. ¡Don José! ¡Póngame un Merlot!
--Salud, Gaspar, me siento muy bien, cómo quisiera sentir de nuevo la campana y correr al patio, ¡qué delicia!, o sentarme en Schwabing para chuparle los huesos a una costilla acompañada con cerveza de barril, o volver a comer pescado a las orillas del Don, o nuevamente regocijarme con un exquisito plato de ñoquis hechos a mano con trufas de...
--Me estás contando que estuviste en Alemania, en Rusia y en otros países...
--Maldita sea, por una vez escucha y olvídalo, me siento bien, saboreo este trozo de tiempo, tuviste una idea magnifica, eres un buen gurmé y puedes oírme; al fin y al cabo, soy candidato al silencio, ¿verdad, Gaspar?
---Creo que debemos irnos, seamos prudentes adentro, es demasiado serio lo que está ocurriendo afuera.
--Sabes, hace cuatro años que ..., es penoso, yo sé que dirás que luchamos por el restablecimiento de las libertades, la dignidad del ser humano, por el derecho a tirar libremente, etc, todo eso lo sé, pero ahora, en este momento, me suena vago, quisiera algo para palpar...
--Mario, baja la voz, no olvides la mesa de atrás, y lo que dices es extremadamente infantil, es como si nunca hubieras oído de la dialéctica de lo general y lo particular.
--Claro que la conozco, es verdad, pero me agota que la lucha general sacrifique mis mínimas satisfacciones personales.
--Brindemos, celebremos, pero no es la lucha la que sacrifica tus aspiraciones sino la existencia de la dictadura. No debes confundir la exactitud de los conceptos, causa y efecto, por favor. Salud.
--Salud, Gaspar, sabes, en la única asignatura en que obtuve la nota máxima fue en Educación Cívica. Mi profesor me repitió durante años que el Estado es la nación jurídicamente organizada, pero nunca dijo que una de las principales funciones del Estado pudiera ejercerla una brigada de sicópatas que me busca para matarme. Yo, sinceramente me examino, inquiero sobre toda mi vida pasada, desde mi infancia, y sólo constato delitos de conciencia. De hecho, ni siquiera maté un zorzal.
--Pero, tú hablas como si vinieras cayendo del cielo. No te permitas esas ingenuidades. ¡Por favor, de nuevo abres la boca!
--Es que sigo asombrado, y creo que es un buen sentimiento, hoy me asombro de todo, de tus ojos tan enormes tras esos lentes, no te enojes, por favor, es una broma, de la gente que ríe en este restaurante, de que estamos a dos o tres metros de una mesa ocupada por una preclara institución del Estado...
--¡Mario, van a oírnos!
...de cuánto puede ayudar la música, pero, sobretodo me asombran las reacciones de mi cuerpo, Gaspar, es increíble cuán vivo estoy, mi boca se abre sola.
--Pero tú sabes que es un signo de...
--Estás equivocado, si todos la abriéramos cambiaríamos el mundo. Abrirla cuando leemos que un cardenal violó a un niño, cuando oímos los gritos angustiados de los...
---Basta, por favor, ¡baja la voz!, ¡pueden oírnos los de la mesa de atrás, o cualquiera de estas personas que nos rodean!
--Entonces, abre la boca, como yo.
--Estás ebrio, cometimos un error. Ya nos miran desde la mesa del lado.
--Gaspar, creo que ya es excesivo, vamos.
--Es una buena idea, pero antes quiero que me digas cuando lo advertiste.
--Sabes, soy una de las personas que mereció durante años la amistad y confianza del Flaco. Sé que es íntegro. Pongo mis manos al fuego por él. Aunque hay excepciones, la diferencia entre tú y yo es que nosotros asumimos el factor moral.
--Ajá, abramos la boca también ante los errores, ¿verdad? ¡Vamos!
Salimos del restaurante y Gaspar dijo a quienes lo esperaban a la salida:
--Llévenlo donde siempre. Es conversador, muy viajero. ¡Y después habrá que cerrarle esa maldita boca para siempre! ¡Operación televisores con él! dijo con gran indignación.


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