![]() |
volver a Prosa |
|
|
|---|---|---|
--Creo que mi buena o mala suerte comenzó desde mi nacimiento... nací de culito – dijo, y me miró con la cara puesta en diagonal al levantar la cabeza mientras sus dedos seguían el juego de reunir las migas en un punto determinado sobre ese mantel cuadriculado en azul, confeccionado con género barato, tan internacional como los porotos. --Tal vez entonces sufrí un trauma que me marcó de por vida. Fue un parto difícil, dijo mi madre, cuando alguna vez, en sus brazos, oí que daba gracias al cielo que, no obstante, nací sanito. Jorge volvió a levantar su mirada tratando de fijarlas en mis ojos que no dejaban de examinar su figura corpulenta. Era imposible imaginarlo que salió a descubrir el mundo de culito, ni menos acurrucado en los brazos de su madre, sanito. Los diminutivos sonaban a chiste en sus palabras que fluían espontáneas, como si siempre hubiesen estado a la espera de un oyente como yo o de cualquier otro. --Luego, tú lo sabes, soy hijo único, mis padres todavía viven, una situación cómoda, no excesiva, crecí en un sector residencial de capas medias altas, tranquilo, bajo el signo de la seguridad profesional, igual a las familias de mis amigos del barrio. Sólo por divertirnos, en verano, desinfectábamos los jardines de los vecinos para ganar algún dinero extra. Los fines de semanas eran invariables, siempre con familiares y amigos que nos visitaban. Mi padre fue, como sabes, gerente de banco. En el colegio siempre fui un gordo bueno, y debo reconocer que ese período, pudiera afirmarlo, fue fácil, pues el vivir era como patinar en las tardes por las veredas, bajo la sombra de los árboles, yendo a comprar un helado y aparentando indiferenc ia ante las miradas de las muchachas --dije a Raúl y, fugazmente, recordé escenas de ese grato período.
La expresión gordo bueno me arrebató el letargo que con sospechosa frecuencia se apoderaba de mí cuando escuchaba alguna narración. Gordo bueno, claro, debí penetrar más la personalidad de Jorge, esa era mi principal falta, pues él tenía razón, debió serlo. Pero cuando me esforcé en imaginarlo como escolar se superpuso la figura que traté durante años en entrevistas ocasionales, en largas caminatas o en tardes pasadas juntos, porque Jorge era macizo, fornido, con entrenamiento paramilitar, y sus palabras eran seguras y capaces de abrumar a cualquiera por su agudeza. Esa agilidad mental traducida en expresiones verbales certeras, representó siempre para mi a un ser excepcionalmente vivo. El podía exhibir, incluso, un aspecto fiero que muchas veces debió producir miedo en sus adversarios. Era difícil pensarlo y verlo como se describía, pero ahora, al escucharlo, llegaba a una conclusión diferente.
--Fueron las olas revolucionarias que azotaron el continente, la politización universitaria, momentos de definiciones que a veces conmueven de raíz a un país, y, ¿por qué no decirlo?, al mundo. No quedé al margen de esa especial sensibilidad de la universidad que reacciona primero movilizándose hacia el futuro. Yo era parte de ese sentimiento común, de ese esp íritu que nace a comienzos de los sesenta y que, con eslabones nacionales, se une y explota en tiempos ligeramente diversos en Santiago, Caracas, París o Berlín. Había mucho que elegir, fue arduo ubicarse entre todas las tendencias que surgieron para señalar medios, objetivos, programas, caminos, pero me incliné hacia la organización y comencé a militar. No era difícil hacerlo, qué se podía arriesgar, un día o una semana de detención, y salir convertido, qui zás, en héroe estudiantil, o que te moje el guanaco o que recibas algunos palos, en fin, era sencillo, se podía jugar en la democracia burguesa, aunque sabíamos que tenía ciertas fronteras que no debíamos traspasar, ni ellos ni nosotros. Por eso siempre fue una anormalidad que se registrara un estudiante muerto por las balas policiales, y, por qué no decirlo, esas muertes tampoco nos disgustaban profundamente, pues las transformábamos en banderas morales y políticas que fortalecían nuestra causa, no quiero decir que las deseáramos, sino que también nos ayudaban; en fin, estudié bastante, leí los documentos, y ya antes había comenzado con otras cosas, pues siempre me agradó la cultura física, sobre todo por mi tendencia a la obesidad, me sentía a gusto, no me desagradaba la disciplina ni tampoco la progresiva militarización en la organización, teóricamente fundada, prácticamente necesaria –dije repitiendo una historia que Raúl conocía muy bien; pero yo lo hacía por el placer casi inconsciente de escucharme porque no quería pensar en mi situación actual, trágica en exceso, y porque, en verdad, ese período fue hermoso y trascurrió como una continuada borrachera en la cual la única duda que nunca nos permitimos era que la historia pudiera no progresar en una espiral progresista; sólo había que empujarla para que todo marchara a ritmos más enérgicos. ¡Los pobres no podían seguir esperando!
Su relato era conocido, aburrido, y el ruido de sus palabras resbalaba en los difusos márgenes de mi conciencia sin alcanzar a formarse en figuras del entendimiento cabal de sus significados ni mucho menos en dibujarlos. En cambio me preguntaba qué oscuro designio me impulsó a entrar con Jorge al restaurante. Podíamos haberlo esperado afuera y sencillamente... Pero no, yo sólo quería tener mayor certeza, pues en este caso una equivocación en la decisión podía perseguirme toda la vida con remordimientos que morderían, a menudo, mi conciencia. Definitivamente la charla de Jorge no era inútil, sólo probaría lo que habíamos intuido y lo que ya sabíamos. Creo que él no se arriesgaría a huir, aunque no era desatinado el pensar que pudiera intentarlo, pero para eso estaban mis compañeros afuera, atentos a lo que pudiera ocurrir. Mi ligera irritación la producía la relatividad de mi conocimiento sobre Jorge; no, no lo había calado, y lo más probable era que nunca lo conocería a fondo, pues ahora mismo dudaba de su relato, no sabía si no estaba representando un papel.
--Cuando hubo que afirmarse los pantalones lo hice, lo sabes, muchos se fueron a otros países, algunos desistieron, en cambio yo jamás dudé sobre cuál era mi responsabilidad, y ésta no era pequeña, y no estoy tratando de impresionarte, Raúl, ¡qué necesidad tengo! pero las cosas hay que situarlas como son, ahora que se ven de otra manera. Porque actué con gran responsabilidad ocupé el cargo que desempeñé, años inconmensurables en el sufrimiento, tanto es así que mi propia mujer no los soportó y se fue con la niñas, quedé solo, sacrifiqué hasta mi familia, y fíjate, también pudiera haberme ido al extranjero, estaba el pretexto, reunirme con mi mujer o cosas así, pero yo estaba haciendo cosas importantes, eso tú lo sabes...—dije porque con Raúl habíamos compartido responsabilidades durante muchos años, pero enseguida me violentó el resentimiento, porque lo que me ocurrió pudo sucederle a cualquiera, además, quién puede saber si el mismo Raúl es tan extraordinario como aparenta, ahora está sentado ante mi como un juez de mierda... y quién puede asegurar que no se trata sólo de tener más o menos suerte, quién puede garantizar una reacción adecuada si mañana, quién sabe pensé y no pude callar...: --Imagínate cualquier cosa, porque esa me la hicieron...Yo fui con dignidad, dispuesto a soportar todo, y resistí algún tiempo, hasta que se acabaron mis fuerzas. Cuando entraron y vi sus caras y sus ojos, me sentí pequeñito, como recién nacido, y sentí dolor con sus miradas, sus ademanes me hicieron sufrir... Y empecé a llorar y a implorar antes de que me reventaran el testículo con un alicate... Uno de ellos me dijo, „ ¡y para qué te metiste en esta huevada, concha de tu madre!“, y yo dije que jamás pensé que la política pudiera derivar en algo tan monstruoso, y dije que no quería seguir, y juré que me iría a reunirme con mi familia... Se burlaron de mí. „ Y tú crees, hijo de puta, que este es un juego que puede ser abandonado en cualquier momento“, dijo otro y me reventó el segundo testículo mientras decía que esto es para que aprendas que con la política y el poder no se juega, y que antes de entrar a lucirte debes saber si tienes cojones y falta de escrúpulos o no... y agotado por los recuerdos y la narración sostuve, a pesar de todo, la severa mirada de Raúl, porque lo que me sucedió fue algo desconocido, algo sobre lo cual yo tenía sólo cierta intuición, pues en rigor nunca me había probado. Era verdad que en las primeras horas resistí, pero tuve miedo, un miedo incontrolable se acumuló en todo mi organismo y se vertió por mis ojos, enteramente irracional y me condujo a la pérdida de las dimensiones de la realidad cuando los vi capaces de destruirme y todo mi cuerpo se cubrió con una sensibilidad espantosa, me dolían sus caras, sus gestos, sus risotadas, sus sarcasmos, su manera de hablar, me derrotaron antes de empezar a tratarme, pero eso jamás lo entendería Raúl...
La verdad era que Jorge se ganó nuestra confianza por su serenidad, por su audacia, por realizar tareas complicadas con precisión y hasta desenvoltura, como si disfrutara del rol que se le había asignado. Manejaba bien a la gente, se imponía, aunque no eran situaciones para discutir o deliberar mucho. Era convincente y su figura transmitía confianza, seguridad en tiempos de inestabilidad. Y cuando volvió a levantar la vista lo miré, y él sostuvo mi mirada hasta que inclinó la cabeza y sus ojos desaparecieron para seguir juntando miguitas de pan, armando otro montoncito para volver a destruirlo. Quise averiguar acerca de sus respuestas a las preguntas de los torturadores, pero me arrepentí, no le daría en el gusto de explayarse en el trofeo de la cobardía que exhibía. Estaba cansado y pensé que arriesgaba en exceso, había que terminar rápidamente, él debía asumir, no era lícito que evadiera su responsabilidad, además él no hablaría de lo esencial. Pero el pensar que había algo común entre el torturador y yo, me estremeció. Era evidente que este no era un juego que podía ser abandonado en cualquier momento y también lo era que uno debía reflexionar muy bien antes de entrar a una organización, y, ante todo, saber de qué se trata y adónde se dirige. Pero lo que decía Jorge era una ingenuidad, si él recibió instrucción paramilitar sabía qué sucede en una guerra que convierte en irrisoria todas las convenciones. Qué enorme ignorancia sobre la historia nacional construida a base de crueldades y guerras. Y me parece que hay en él otra cosa relacionada, tal vez, con los mimos, y ya antes debería haber sospechado de sus virulentos gestos varoniles que probablemente los exhibía para afianzar algo respecto de lo cual tenía dudas; quizás influyó también en su elección ese gusto por la actuación, por jugar a tener espectadores que aplaudan; pero, ante todo, me parece que su desgracia, llamémosla así, se produjo por no creer, de verdad, en lo que estábamos haciendo. ¿Por qué entró a la organización? ¿Por qué yo ingresé? Hay una sensibilidad de por medio, eso es obvio, si no podía haber ingresado a otro club. Lo que dice sobre la universidad es también cierto, hubo esa influencia, pero una ola puede transportar también la basura... Creo que hay cierta ingenuidad, y es falta de inteligencia no considerar qué representa ser un paramilitar en una democracia burguesa y en una dictadura, en fin, creo que Jorge paga los errores cometidos, él habría sido un buen empleado de banco, un buen profesional, tal vez, un gerente, como su padre.
--Considero que ustedes son injustos, porque no ponen en la balanza todos los años aportados. Pero cuando lo supe me dije, que vengan, aquí estoy, no me queda nada que hacer en esta vida, ya estoy muerto, pero tú sabes que también podría ponerme cabrón, y no me costaría mucho hacer aquí mismo un escándalo, y por lo menos tú, Raúl... pero no, no lo voy a hacer, es inútil, voy con ustedes, lo que tenga que hacerse que se haga –dije con rabia y resignación porque había perdido toda esperanza, estaba entre dos fuegos, ambos mortales, y volví a sentir una profunda tristeza, pues me hubiera gustado que todo hubiera sido de otra forma, hubiera querido resistir, salir airoso, conocer la cárcel, endurecer mi espíritu, y retornar con mis camaradas como un hombre íntegro, más sólido... pero, además, tenía otra vía de escape, legítima, sí, ¿por qué no me fui con mi mujer y las niñas? También habría sido distinto, pero no lo hice y ahora tengo claro que la causa fue que no las amaba lo suficiente para compartir hasta el final un destino familiar, y tampoco amaba lo suficiente a la organización y mis compañeros para mantener la dignidad hasta el final, los miserables dolores físicos me traicionaron y al parecer en el origen y desarrollo de este desenlace está presente la falta de amor, esa carencia me ha hundido en este resto de vida innoble, pero cómo pudiera haberlo remediado, ¿existen acaso medicinas para aumentar la capacidad de amar? Mierda, toneladas de mierda diaria, tubos de escapes para contribuir a... sí, a morir, es el único camino, qué desgracia haber vivido. ¿Para qué? Ni siquiera ser capaz de ayudar a los míos. Basura, eso soy, un resto de inmundicia que estos héroes quieren castigar... ¡Tan heroicos!
--Vamos --dije porque Jorge estaba de nuevo, tal vez sin advertirlo, actuando. Todo eso era falso en él, pero parece que no lo notaba. ¿Debía recordarle los efectos de su delación? ¿Poner ante la mesa a la esposa y a los hijos de E.? ¿No es un principio universal que la traición se paga? Ni una palabra sobre arrepentimiento, ni una expresión reconociendo que cometió uno de los peores errores de vida. Y ni siquiera se le ocurrió aludir al perdón. Salimos del restaurante dejando intacta una botella de vino y los vasos que estaban servidos. Nada era digerible ni bebible en esta ocasión. Ni la conversación ni el vino. El auto estaba a unos cuantos pasos, María, Antonio y E. esperaban impacientes. Abrí la puerta trasera, entró Jorge y yo tras él. --Vamos --ordené. Jorge se desinfló cuando E. se volvió a mirarlo, pues lo había delatado, y aunque logró escapar, no se salvaron ni su mujer ni sus dos hijos que desaparecieron. Pero fueron muchos más, pues teníamos confianza en Jorge. María cubrió rápidamente la distancia hacia la cordillera, en busca del lugar que ya habíamos inspeccionado y determinado. Bajamos, Jorge estaba pálido, y cuando vio que E. extraía la pistola y sintió correr el cerrojo, levantó sus manos y cayó de rodillas, remecido su ancho cuerpo por sus sollozos, luego cubrió su cara con las manos, murmurando, no me maten, no me maten, déjenme vivir, y de pronto, irguió la cabeza, y dijo que todavía tenía contactos, que podía ser un doble agente, y darnos informaciones a nosotros. Las detonaciones apagaron la aguda voz de Jorge para siempre. Apresuradamente entramos al automóvil y emprendimos el regreso. E. estaba agitadísimo, María y Antonio pálidos. --Hijo de puta, traidor hasta el fin –masculló este último. -- Y para qué esa hueona idea de entrar al restaurante—inquirió, agresivamente, María. --¡Qué! –dije irritado --: Había que escucharlo ¿O no? Tal vez en algo debemos diferenciarnos de la dictadura ¿O ?
|
||
volver arriba |
||