home
 
volver a Prosa
EL MENSAJERO ( cuento de Miguel Gómez Segovia)

 

Habían transcurrido más de 30 a ños cuando me encontré cara a cara con mi mejor amigo. Él entró al negocio cuando yo había terminado de comprar un pantalón. Creo que ambos nos remecimos. Durante algunos segundos su cara y sus ojos ocuparon todo mi espacio visual, mi memoria recorrió años, décadas, gran parte de una vida.

--Hola, Hugo --dijo.

No contesté, dejé de mirarlo para abandonar el local. Pero él me cogió leve el brazo y me dijo:

--Fue el contexto, Hugo, el contexto.

Me fui.

El contexto. Me quedé pensando en esa palabra tan lejana a mi vida, y que sonaba a excusa para justificar lo explicable. Quizás lo habría saludado si me hubiera dicho, disculpa, podemos hablar antes de condenarme, sí, eso tintineaba a lógico. Pero él apelaba al contexto, como si fuera inevitable el ser victimario, como si no hubiera libertad para decidir.

Y durante mi alejamiento recordé cada minuto de la última vez que me había visitado. Vestía de civil y dijo que había venido del sur para hacerse algunos exámenes médicos.

Apareció en la puerta de mi casa durante la tarde. Me alegré de su presencia y preparé una merienda. Bebimos vino, es decir él bebió, pues yo fui bastante moderado. Simplemente no tenía deseos, estaba preocupado, la situación era bastante grave, le dije.

El habló de política, faltando a la prudencia uniformada. Insistió en que el gobierno había conducido a la división de la familia chilena y que ese hecho afectaba la seguridad nacional. Ponía en peligro al país ante los enemigos externos que sólo esperaban debilidades para atacar.

La historia era conocida, pues esas guerras se estudiaban en el colegio.

Lo de la división de los chilenos era cierto, pues había mucho dinero extranjero para financiar a la oposición que realizaba una intensa campaña en los medios.

Un equipo de especialistas dirige la conjura contra el gobierno, dije. Las responsabilidades de la división son de un bando, recalqué.

Pero él insistió en que los actos de gobierno producían la división.

--Entonces no debería realizar su gestión mediante actos de gobierno.

--Debe buscar unanimidad, o al menos un compromiso con la oposición o parte de ella.

--Y de qué sirven las elecciones que ha dado mayoría al gobierno y a su programa, dije.

--No creo que sus electores hayan votado por dividir a los chilenos y avanzar hacia la guerra civil, dijo.

--Se está diciendo no a la guerra civil --le recordé.

--Pero en ambos bandos hay gente que busca una decisión de país, pues se sufre una situación de inestabilidad y violencia insoportable.

Con impaciencia le recordé que esa situación fue creada en forma intencionada, justamente para crear condiciones que permitan el derrocamiento del gobierno.

--Huguito, dijo, la guerra civil entró a cada hogar chileno. La crispación política es pan de cada día. Entre padres e hijos, entre hermanos, se miran con enojo, con rabia, ya ni siquiera pueden almorzar en paz. Se está destruyendo la familia –dijo con voz grave.

--Mira, le dije, puedo estar de acuerdo con tu descripción, pero hay que buscar a los causantes de ese clima. En todo caso, subrayé, una probable intervención militar sí que destruirá la familia. Ya no habrán peleas entre familiares, si no que ellos lloraran las muertes, porque ustedes, mi amigo, son la barbarie civilizada...

--¡Qué estás diciendo!

--... que tú eres un mensajero de esas muertes –le dije levantando mi copa y sorbiendo un trago de vino.

Lo miré directamente a los ojos y atónito contemplé en ellos, como revelación divina, el avance de los tanques, el vuelo de los helicópteros, el estampido de las granadas y de los cañones... al parecer esa visión abrasó mi rostro.

--¿Qué te pasa? ¿Te estás volviendo loco? –dijo.

--No, dije, simplemente me pregunto de qué guerra civil me hablas si para un conflicto se necesitan dos ejércitos...

--Nos están infiltrando, están tratando de dividir también a las Fuerzas Armadas, dijo.

--Lo que sucede es que una parte de las FF.AA. está por mantener la constitucionalidad, la no ingerencia del factor militar en la política, dije.

--Hugo, el gobierno introdujo el factor militar en su política,

--Nombró ministros militares para detener a los sediciosos.

---...y no vamos a permitir que se dividan las Fuerzas Armadas, seria nefasto para la seguridad nacional. Somos responsables de este país, recalcó.

--Y nosotros somos los niños chicos, irresponsables, necesitamos vuestra tutoría.

--Los civiles son proclives a desbandarse, dijo, porque carecen de disciplina, de obediencia, del mando vertical.

--Tú dices tanta huevada junta..., dije, amoscado, apurando un vaso de vino.

--Explícate, dijo, vaciando su copa.

--Siempre están insultando a los civiles, no soportan que hayan curcos, cojos, enfermos, vuestro ideal es lo uniforme, la homogeneidad, pero ese perfeccionismo tiene nombre y apellidos, ¿acaso van a espartanizar el país? ¿O van a pacificarlo con cámaras de gases?

--Oye, no permito que me insultes –dijo conteniendo su rabia. Volvió a vaciar la copa. Parecía papel secante.

Bebía con ritmo rockero, como procurando embriagarse, eso lo supe después porque estaba viviendo un bolero, algo así como amigo mío, bebamos el último natri, tengo secretos opresivos, despedirse es imposible, mis sentimientos explotan, los estampidos desgranan mis oídos, amigo mío, los bandos son irreconciliables, sí, era, fue mi mejor amigo, crecimos juntos en el barrio, el colegio compartimos, y después él se fue a la escuela militar... pero seguimos celebrando cumpleaños, fui testigo en su boda, él de la mía...naturalmente las diferencias fueron asumiendo formas, él era impecable, yo vestía artesanal, él caminaba erguido, yo normal, él no fumaba, yo sí, el hacía chistes de la política, yo me ocupaba seriamente de ella, él estaba siempre afeitado, yo, a veces, llevé barba... y en ese tiempo no era necesario comprender que después pesarían más las diferencias ocultas, más los deberes institucionales, en fin, palabras, palabras, palabras...

--Ustedes son un mal necesario, todos son anormales, dije

-- Qué estás diciendo, Hugo, --gritó.

--Ustedes son anormales, porque no es normal ser tan pulcro para realizar tareas tan sucias. O tal vez por eso mismo necesitan limpiarse tanto...

--Te estás pasando, huevón.

--Vuestra misión es detener, encerrar, torturar y matar al prójimo.

--Nuestra misión es salvar este país, la patria nos exige cumplir con nuestro deber.

--La patria –dije con desprecio: la patria, invento de oligarcas y militares.

--Tú no entiendes nada, veo que estás muy maleado, y no ves que el gobierno nos conduce al despeñadero.

--El despeñadero no será nada comparado con la sima adonde ustedes nos conducirían

--No has leído historia, no sabes cuántas veces hemos salvado este país.

--Los peruanos no estuvieron en Santiago, los bolivianos tampoco, como para salvarlo.

--Pero qué te pasa, ¿eres un traidor?

--Y por qué no hicieron la guerra a los argentinos? ¿Por qué atacaron a dos países con población indígena? ¿Por qué no hubo cojones para evitar la entrega de la Patagonia ¿ ¿Tal vez porque Argentina es un país europeo? –dije con vehemencia.

--Tú perdiste la brújula, definitivamente. ¡Adónde nos ha llevado este presidente!

--A mi presidente no lo tocas.

--La única solución es matarlo, está loco.

--Vuestras soluciones siempre pasan a través de la muerte.

--Sí.

--Tan limpiecito el huevón, listo para matar.

--Nos obligan, siempre nos fuerza la idiotez de los políticos. Hay que arrancar el mal de raíz.

--El mal, ¿Y quién determina quién es el malo? ¿Ustedes?

--Sí, nosotros, somos la fuerza, no cachai, huevón, que nosotros rayamos la cancha. ¿Qué has estudiado en tu partido, entonces? ¿Ah?

--He estudiado que toda persona tiene derecho a la vida, léete la declaración de los derechos humanos, el artículo tercero.

--Contigo no hay arreglo, dijo, vaciando la copa.

--Mátame, entonces, pues -le dije

-¿Tienes armas? ¿Sabes usar armas?, preguntó mientras volvía a llenar la copa.

--Cómo voy a saber usar armas si nunca he tenido alguna siquiera.

--Tus compañeros tienen, ¿no has leído en la prensa?

--Palos tienen, coligues, es una mascarada, inflada para hacer creer que tenemos armas.

--Tan inocentes, no saben nada de armas.

--El cuento de las armas. Cuando mataron a los mapuche también dijeron que tenían armas. ¡Armas! Piedras y lanzas. Y ahora coligues.

--¿Nunca tuviste una pis-to-la? musitó, ya se le enredaba la lengua, le caía la cabeza sobre el pecho, los ojos se entrecerraban.

Mi mejor amigo estaba borracho, yo no.

Más tarde lo tuve que llevar a la escuela de oficiales. Entró tambaleándose después de despedirse con un abrazo, hasta lloró...

Al día subsiguiente se produjo el golpe de estado.

Más tarde supe que mi amigo vino a participar en él porque Santiago decidía todas las batallas.

Y mucho más tarde comprendí que si hubiera dicho que tenía o conocía el uso de las armas, quizás no te estaría contando esta historia.

Porque mi mejor amigo, a pesar de su borrachera, me estuvo sondeando para saber si yo pertenecía a algún grupo armado.

Mi mejor amigo...sonreí, subí al microbús.

 

 

volver arriba
copyright