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ilustración de Carlotta Leoni
EL SEGUNDO NOMBRE (del libro de cuentos „Bajo contexto militar“ de Miguel Gómez Segovia)

 

      Cuando volvieron a mencionar al segundo hombre comprendí que ya todo estaba cancelado, y que lo nombraban sólo como anécdota en una historia concluída. Sabía que, además, yo no agregaría nada, ni siquiera si nuevamente fuera forzada. Finalmente se estableció, gracias a Dios, un bloqueo completo, no quedaba nada por escudriñar, y eso lo comprendimos todos, con gran alivio.
      El segundo hombre, ¿era una realidad, un sueño o un invento? No lo sabía. Era como otros sucesos de mi vida que, con el transcurso de los años, pasaron a esa extraña condición de indeterminación. Eran definitivamente admisibles como sueño, realidad o fantasía. Para mí, en esta situación, daba lo mismo.
Describieron minuciosamente al segundo hombre. Dijeron que era alto, macizo, rubio, ojos claros. Me mostraron dibujos donde aparecía de frente y de perfil. Afirmaron que estuvo conmigo en diversas oportunidades. Claro que no se les puede creer ciento por ciento.
      Lo distinto del caso es que ahora yo quiero descifrar el enigma. Para nosotros todos ya no tiene sentido. Es sólo una necesidad personal, y, aunque sea coquetería, tengo curiosidad, llamémosla, femenina. ¡Pobre de mí! No obstante, tiene importancia, eso lo sé, y debo apresurarme por una sencilla aunque oscura razón: me queda poco tiempo, muy poco.
      Dijeron que éramos tres: José, yo y el segundo hombre. Con José nos vimos aquí. Nos miramos y comprendimos. El conservaba mucha energía, creí que...
      El segundo hombre, pero por qué dirán el segundo nombre, ¿es hombre o nombre? ¿pero cuál es la diferencia?, es absurdo, pero mi cerebro es como una muralla derrumbada. ¡impenetrables escombros olvidados! Pero debo hacer un último esfuerzo, tengo que... no, no debo dormirme, sería muy facil, debo estar despierta, quiero recordar, es preciso saber por quién, pero es ridículo, aunque él está en los ideales, tiene que estar, es uno de los soportes. No debo perder mi lucidez, el tiempo es desesperadamente breve, ellos lo saben, yo lo sé.

      La sensación que tengo ahora se parece a la lograda con el yoga. Qué tontería. Pero practiqué los ejercicios y ... noche tras noche comencé a tratar de relajarme, tendida sobre mi cama. Con paciencia empezaba a aliviar las puntas de los dedos de los pies y así iba lentamente ascendiendo la sensación de la nada por mi cuerpo hasta que me cubría por entero. Y lo logré, pues cuando la nada me completaba desaparecía mi cuerpo. Lo pude hacer en distintas oportunidades. Era como prepararse para saltar, y... ¡ya estaba!, mi alma se separaba de mi cuerpo. No tuve miedo cuando mi conciencia, con una forma difusa, empezó a flotar en la oscuridad de la habitación. Estaba asombrada y después me alegré y empecé a jugar desplazándome en ese espacio de una manera enteramente desconocida. Podía poner mis ojos sobre el techo y observarme, porque sentía que yo era eso, un par de ojos esenciales que volaban en el espacio de mi habitación. Extraño. Pero veía hermoso mi cuerpo vestido con mi camisa de dormir y sabía que descansaba. Y ahora, es increíble pero tengo una sensación parecida. Mi cuerpo ya no me pertenece, es como si no existiera, y mis ojos tampoco, aunque puedo ver a pesar de que los tenga cerrados. Pero veo espacios de colores sobre la oscuridad y sólo una parte mínima del tiempo. Sólo los últimos días. No, eso es falso, mis recuerdos del yoga son anteriores. Estoy confundida, pero es que hay ciertos límites que una vez traspasados...


      Era un caminar por el parque, jugábamos a arrancarles crujidos alegres a las hojas. Creo que esos ejercicios pueden ser peligrosos, dijo. Debes tener alguien que te oriente, porque pueden dañarte. Y si uno tiene interés deberá llegar a su filosofía que es de parias, de gente resignada que lucha consigo mismo, sin afectar la realidad. Es algo que nosotros no hacemos, porque es un juego individual. ¿Me entiendes? Entendía y no avancé, porque tenía mucha confianza en su opinión. Era mi dirigente. Y sólo hacía largas caminatas y en oportunidades corría, y después me relajaba, porque Pedro decía, ¿Pedro? ¡Pedro! ¡Pedro! ¡El segundo nombre!
      Eres tan frágil que me siento casi poderoso, dijo cuando nos abrazamos por primera y única vez. Yo sí lo sentí fuerte desde que nos conocimos. Fueron encuentros fugaces; yo llevaba papeles con recados de José y volvía con papeles de Pedro. Esa era mi tarea, y verificaba cuidadosamente los lugares donde se reunían José, Pedro y, tal vez, otros. Yo decidía sobre los márgenes de seguridad de esas casas. Si había alguna dificultad debía calibrar su importancia y decidir si se hacía o no la reunión. Era una gran responsabilidad. Si no todo era transparente corría a poner una luz roja. Si me sucedía algo no funcionaría una señal convenida. Todo estaba bien regulado, como debe ser.
      ¿Qué me empezó a gustar de Pedro? Aunque teníamos edades parecidas él era sobrio, extremadamente serio para su juventud. Los tiempos obligan, dijo, no sin pena. Nos saludábamos y era un inmenso alivio el saber que estábamos bien. Los triviales qué tal, cómo estás, estaban cargados de realidad.

      Con Pedro todo había empezado cuando un día José me dijo que ya no vería más a Sebastián. Para ser exactos habrá un encuentro todavía, dijo. El que tienen fijado para el miércoles. Entonces él le presentará a Pedro. Con él trabajará como lo hacía con Sebastián, dijo José.
      Ese día nos juntamos con Sebastián, luego llegó Pedro y nos fuimos a un restaurante. Sebastián invitó a beber una botella de vino. Un lujo, pues yo hacía mucho tiempo que no bebía un vaso de vino. Pedro se presentó alegre, abierto. Nos reímos mucho.
      Después compareció esa rutina cargada de zozobras. Cada semana un encuentro con palabras exactas. Pero era imposible no hablar del tiempo al fumar o mirarnos con alegría cuando nos divisábamos. Seguíamos vivos y libres. Como no iba a compartir su sonrisa y satisfacción cuando yo le transmitía un elogio de José por su trabajo.
      Advertí que no caminábamos de la manera acostumbrada. Era como hablar entrecortado, como a la bartola. O mirábamos fijamente el suelo sumidos en idéntico sueño. Sabíamos que soñábamos lo mismo cuando repentinamente compartíamos una mirada sumida ahora en la realidad. La alegría jugaba con mi estómago, lo contraía con un placer desconocido. Era una sensación exactamente opuesta a la nada del yoga, ésta me cubría con estremecimientos que invadían súbita y totalmente mi cuerpo. También me fijaba en las vitrinas verdaderas y un día le pregunté si le gustaba una lana azul piedra. Comentó que era bonita, ofrecí tejerle un pulover. Se negó, pero insistí en que disponía de mucho tiempo en casa y me ayudaría a llenar los vacíos y evitaría el pensar en cosas horribles. Tejí el pulover a ojo y un buen día se lo llevé envuelto en un papel de regalo usado, pero bien planchado. ¡Cómo lo aferraba bajo su brazo!
      Empezamos a hacer tonterías. Nos veíamos en un barrio residencial de hermosas mansiones. Con enormes jardines y muchas rosas. No pude evitar mi turbación y anhelos. Pedro se subió sobre la reja de hierro y arrebató una rosa. Huímos llenos de risa, rosadas las mejillas.
      En el otoño nos encontrábamos en los parques. Nos sentamos y, como jugando, se encontraron nuestras manos como vuelos de las últimas hojas amarillas. Unimos miradas y cuerpos. Fue cuando dijo que era fragil como una muñeca...eso dijo.
      Esperaba con impaciencia el próximo encuentro, porque intuía que no habría otros. Era previsible lo que él diría: nuestras relaciones se convirtieron en algo muy personal, y eso, ahora, en este tiempo, es muy peligroso para nosotros y la vida de otras personas. Tenemos que informar a José y seguramente, en adelante, trabajaremos separados. Lo siento muchísimo, diría, y yo entendería porque era la santa verdad.
      ¿Lo amaba ya? No lo sé, pero quería amarlo. Le propondría un encuentro en un hotel de los que aparecen en los avisos de los diarios. Pero era imposible, hay que presentar el carné. Mi habitación, tampoco servía porque una de las reglas era que no podíamos conocer dónde vivíamos. José era muy extricto en la aplicación rigurosa de esas normas, pues el vivir era extremadamente complicado. En fin, lo invitaría a viajar fuera de la ciudad. Al aire libre, natural, pues Pedro le diría. Pero será muy feo que yo lo proponga. Qué cosas llego a pensar. Sería muy feo cuando ni siquiera sabía si habría un nuevo encuentro. Preocupada de las idiotas formalidades. Definitivo, lo invitaría al campo. El salir a pasear un domingo no atropellaría nada. Iríamos.

      Me fijé en la vitrina porque siempre estoy curioseando. Las tapas de los libros eran atractivas. Entré, hojeé y me interesé por esa vieja historia del niño que quería volar. Sin embargo, Pedro me habló alguna vez de la protagonista, y no del niño. Dijo que la imaginaba como yo. Tomé el libro, me encaminé hacia el mostrador y levanté mis ojos cuando Pedro giraba la cabeza y esbozaba una sonrisa para atender a la próxima cliente, a mí. Quedamos paralizados, dejé el libro, di media vuelta y salí apresurada, roja mi cara. Antes de traspasar la puerta oí la voz de una señora que decía: Lucho, venga, por favor.

      Fue un terremoto. Y teníamos fijado un encuentro dentro de dos días. Sería el último. No podía ser de otra manera. Para remate sabía donde trabajaba. No ignoraba su nombre aunque trataba de convencerme de que ese Lucho invocado por esa señora no era Pedro. Pero Pedro era Lucho. Nuestra situación atropellaba todas las reglas de sobrevivencia. El debería abandonar ese trabajo y no verme nunca. José me presentaría a otra persona o quizás no. Por primera vez sentí miedo de quedar sola.
      Pero en los tiempos actuales en un instante se podía trastornar toda la vida. Así sucedió. Me aprisionaron brazos de hierro. Primero el tiempo fue vertiginoso y luego el horror lo cambió, lo puso intolerable, doloroso, lento a morir. Me propuse una fecha y cuando lo logré, lloré de alivio, Dios mío, último consuelo.
      Y en esa pausa retorné a los ejercicios del yoga y me situé arriba, y observé mi cuerpo desde el techo. Era penoso verlo desnudo, hollado, como flor arrojada sobre el piso, pero más triste era ver como ellos se movían a su alrededor. Era como... si... participaran... en un festín, como herreros sobre una fragua, tan ocupados, y volví a llorar por esa condición humana, inconmensurablemente triste.
      Curiosamente lo pavoroso renovó mis débiles fuerzas y pude sostenerme ... y lo hice, vaya si lo hice, querido, Pedro, porque tú eres demasiado hermoso para pasar por esto, y así, incluso, te olvidé de verdad. Porque si hubieras visto a José, con su cara sanguinolenta, su cuerpo destrozado, tan despeinado, incapaz de moverse por si mismo, y cómo me miró cuando ya me exigían el segundo nombre, pero no, tú Pedro, tú no, tú podrás seguir, querido...
--Llévenla, es pura cáscara, debe estar muerta.
--A su orden, mi coronel.



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