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EL DUELO In memoriam de Don Carlos George-Nascimento M.    (Del libro "Modernos cuentos militares" de Miguel Gómez S.)

 

       Descendimos desde los sillones del salón para sentarnos en posición loto o tendernos de costado y acodarnos en el piso, sobre la alfombra, abatidas las formalidades por los aperitivos, los vinos y los bajativos.
       Don Carlos y su amiga me invitaron a almorzar, pero ya era medianoche en esa casa antigua, ubicada en un barrio residencial, muy fresca en verano por sus grandes espacios y algunas palmeras que la defendían del sol. Ahora, en invierno, su interior era muy cálido.
       Don Carlos matizaba agradable el silencio exterior con su voz baja y sosegada. Me decía „mi yerno“ aunque hacía ya algunos años que mi matrimonio con su hija lo habíamos declarado nulo. Su amiga, cuarentona, nos servía la comida y los tragos y él nos narraba sus aventuras en París.
       Cuando lo conocí quiso convencerme que era nieto de arponeros portugueses. A mi hijo le contó que en su juventud había participado en la caza de ballenas. Yo siempre pensé que las ballenas sólo las había visto en películas.
       La cabeza de Don Carlos, casi calva, brillaba sobre ese cuello taurino donde se marcaba una cara extendida por los gruesos bigotes. El aseguraba que un sastre privado le confeccionaba sus camisas, pues en el comercio no existía su número. La veracidad de su reciedumbre daba fundamentos a sus cuentos. Siempre se ufanaba de sus fuerzas.
       Cuando lo ví por primera vez, en una consideración superficial, imaginé que podría pasar por matón en alguno de los muelles de San Francisco o por jefe de una banda de tártaros. Incluso pudiera haber sido un adversario plausible para Foreman, fotografiarse como modelo de pachá con narguile o aparecer en un arrazabal bonaerense como cantante de tangos.
       Fue generoso cuando después del golpe de Estado le pedí trabajo en su editorial. Yo había quedado, de la noche a la mañana, sin ocupación y casi sin familia, pues muchos emigraron. Me quedé transitoriamente, por 17 años, sin hijo y él sin nieto.
       Me advirtió que ganaría una miseria, lo cual era comprensible pues la mercancía libro, bajo la dictadura, estaba muy depreciada. Le respondí que no importaba, entretanto buscaría otra ocupación, dije. Adicionalmente le pedí que el trabajo fuera de media jornada, estuvo de acuerdo y firmamos el contrato.
       A partir de ese hecho se originó entre nosotros una amistad que no tuvimos cuando la vida era democráticamente normal. Nos unieron las ausencias, los comentarios sobre las dificultades en la empresa, nuestra adicción al boxeo, a los tangos de Gardel y Julio Sosa, a las canciones mexicanas de Jorge Negrete y Miguel Aceves Mejía, el disfrute del pisco sour, el Santa Carolina, una buena comida, y, finalmente, lo más sublime, el postre de arroz con leche refrigerado.
       En esos años aprendí de él a conmoverme al destapar una botella de vino tinto, y más tarde al extraerla del jarro de agua calentada y arroparla, como bebé, para conservar los grados adecuados. Igualmente incorporé como supremo placer el admirar extasiado, al borde las lágrimas, la humedad y gotas que irradiaba, como milagro, una botella de vino blanco extraída del refrigerador y sometida al contraste del calor del verano para acompañar un plato de almejas u ostras.
       Por primera vez en mi vida, en su casa, miré estupefacto, como visión de fuego, una langosta de la isla de Pascua. Don Carlos disfrutaba como niño y me contaba sobre el aniquilamiento de los nativos de esa Isla. Sobrevieron unos 200, decía mientras apartaba los restos destrozados y yo recordaba los camarones que extraímos de las negras aguas de un río en el sur, cubierto de árboles quemados que yacían por doquier, en posturas insólitas, como retrato de la locura destructiva.

       Pero desde los inicios de nuestra relación familiar se establecieron algunas sombras que se relacionaban con el cariño de mi hijo, su primer nieto, al cual él empezó a cautivar desde su tierna infancia. Cuando sólo tenía meses le sacudía la pierna izquierda mientras le decía: „¡trabaja la zurda! ¡trabaja la zurda!“ Después de algunos años lo convenció de que sería el reemplazante de Leonel Sánchez en el equipo de la Universidad de Chile del cual Don Carlos era no sólo entusiasta partidario.
       Disponía de un arsenal de historias reales y fantásticas con las cuales divertía y engatusaba a mi hijo mientras que yo, en ese entonces, a los 23, ni siquiera intentaba hacer un balance cuando esperábamos el Año Nuevo. En mis primeros años de matrimonio sufrí una fase de mudez que retrataba un cerebro impotente, pues él y sus amigos disponían de un anecdotario inacabable, de un ingenio y humor insuperables. Sí, yo también celebraba sus ocurrencias, pero mis sentimientos se retorcían cuando observaba la mirada admirativa de mi hijo.
       En alguna oportunidad lo sorprendí narrándole cuentos de sus viajes por Rusia, China y países europeos. Era un hombre leído y yo, a su lado, era un analfabeto. El único mérito que yo tenía era haber atravesado el río Don, a nado, ebrio, mientras los cosacos, cargados de historia y trajes largos, miraban estupefactos mi numerito.
       Otras veces transportaba él a mi hijo a Río de Janeiro donde había estado divirtiéndose con Pelé y había danzado con cimbreantes y semidesnudas mulatas en un carnaval inacabable. Y mi hijo se extasiaba cuando él colocaba la música y le bailaba la samba. O lo asombraba cuando hacía aparecer y desaparecer monedas de sus manos.
       Pero, lamentablemente, construía a mis espaldas una complicidad dañina. Cuando yo decía enérgicamente a mi hijo, „¡Debes comerte toda la sopa!“, él también corroboraba con fuerza, „Sí, ¡tienes que hacerlo!“ pero bastaba que yo me volviera para que él le dedicara su mejor sonrisa y le moviera negativamente la cabeza como lo sorprendí in fraganti en una oportunidad.
       Yo vivía una situación incómoda por esta competencia por la admiración de mi hijo, porque sabía de antemano que sería derrotado. Especialmente duro fue un domingo cuando, entre los aperitivos y la comida, me desafió para hacer fuerza con los brazos. „Hagamos un gallito“, me dijo y yo, ingenuamente, acepté; me ganó con facilidad. Mi hijo celebró su victoria, abrazó y besó al „Tata“.

       Estas imágenes de un pasado lejano cruzaban veloces mientras distraídamente bebía del vaso y escuchaba el relato de Don Carlos quien afirmaba que compartió su habitación, en París, obviamente no con una sino con varias francesas.
       Yo recordaba que después de la partida de mi hijo, a raíz del golpe, unimos nuestros afectos y acortábamos la lejanía con pasadas anécdotas que repetíamos una y otra vez, durante años, sin que jamás deslucieran o dejaran de divertirnos. Cuando alguno recibía una carta el hecho ameritaba una comida especial tras la cual procedíamos a su lectura y análisis si venía acompañada de algún dibujo.
       Don Carlos había estimulado en su nieto la pasión por el dibujo y le regalaba rumas de blocks. Yo me inclinaba por la escritura y le leía cuentos de autores famosos atribuyéndome descaradamente la paternidad literaria.
       Motivado por mis aires de escritor ficticio, una mañana mi hijo me pidió que me sentara ante la máquina porque me quería dictar sus propias creaciones. Sus relatos infantiles los guardé mientras Don Carlos coleccionaba los dibujos.
       Cuando mi hijo cumplía nueve años de edad y tres de exilio nació de nosotros la peregrina idea de confeccionar un libro con sus cuentos infantiles y dibujos. Con Don Carlos vivimos semanas de intensa agitación. Finalmente enviamos el libro en la fecha oportuna y ampliamos la insensatez repartiéndolo a los amigos y amigas y a toda la parentela.
       Los más felices eramos nosotros porque Don Carlos se había editado a si mismo a través de su nieto y yo satisfice mis ocultos anhelos de ser escritor publicando a mi hijo.
       Pero esas satisfacciones comunes representaban sólo la estructura superficial, porque en lo profundo manteníamos la disputa y yo cargaba el amargor de la derrota de esa mañana del domingo como una pesada cruz y nunca había perdido la esperanza de una revancha.
       Incluso, cuando realicé un curso de judo y aprendí una llave con mucha paciencia, practicándola cientos de veces, me rondaba la idea de probar fuerzas. Siempre creí que tendría mi oportunidad, y, al parecer, se estaba produciendo ahora.
       Don Carlos, naturalmente, hablaba francés en su historia, y decía que esas mujeres le suplicaron después de algunas horas que él les diera alguna tregua, porque con su virilidad las había extenuado. Dijo que él accedió y salió a dar un paseo por algunas de las calles de París en busca de algún mercado para servirse un mariscal y volver a la carga.
       Estimé que era el momento preciso y que, quizás, por el tiempo político que vivíamos, nunca se repetiría la ocasión. Por eso dije fríamente:
--Don Carlos, usted es un cachiporra.
       Asombrado observó a su amiga que abrió los ojos. Para Don Carlos lo que dije era muy grave.
--Repite eso –tronó mientras sin abandonar su posición comenzó a quitarse una gruesa chompa color guinda con cierre metálico en el cuello, con el obvio propósito de impresionarme.
       Me paré pesadamente, y con lentitud exasperante retiré la mesa que estaba en el centro de la habitación, luego corrí los sillones hacia la pared, me saqué mi pulover y me situé en el centro, con las piernas ligeramente abiertas y el tronco levemente inclinado.
--Lo repito, usted ha contado mentiras a mi hijo –dije.
--¡Jamás mentiría a mi nieto! –gritó ofendido.
       El se incorporó con mayor dificultad aún y pidió a su amiga que se retirara hacia el sofá. Adoptó una posición tensa, también arqueada. No había nada más que decir, cada uno sabía qué estaba en juego. Comenzamos a girar en derredor del cuarto, él se movía oscilando sus poderosos brazos, y no me despegaba la vista.
       Repentinos, al mismo tiempo, nos tomamos de los hombros. Y yo hice exactamente lo que había ensayado: veloz introduje mi cabeza y mi cuerpo bajo uno de sus brazos y en segundos quedé situado a sus espaldas y lo empujé hacia un lado mientras con mi pierna impulsé uno de sus pies en sentido contrario. Perdió el equilibro, y se desplomó pesadamente. Me puse sobre su pecho y lo mantuve, algunos segundos, firme sobre la alfombra. ¡Una plancha perfecta!
       Me paré y él, trabajosamente, se sentó en uno de los sillones. No lograba articular palabra debido a la intensa emoción. Tardó en decir algo que yo, francamente, no esperaba.
--¡Trampa!, ¡Trampa! --gritó indignado, enarcando sus espesas cejas, y dirigiéndose a su amiga, le dijo:
--Tú viste cómo me agarró de las ropas, se situó atrás, ¡hizo trampa!
       Y luego, airado, levantó su brazo y dijo imperativo:
--¡Usted se va inmediatamente de mi casa! ¡Fuera! ¡Y no vuelva más!
       Yo ya me había puesto mi pulover y dije a mi anfitriona:
--Usted va a escribir una carta a mi hijo y le va a contar lo que aquí sucedió esta noche. ¡Pero diga la verdad, no mienta, señora! --le dije.
       Vestí mi abrigo y me fui.

       Disfrutaba la victoria, burbujeaba la risa, pero a poco andar reflexioné en que mi victoria adolecía de una debilidad, pues don Carlos, la verdad sea dicha, era ya un abuelo de sesenta o setenta años, o quizás más, pues habían pasado a lo menos diez años desde mi anterior derrota y el tiempo volaba y fluía como sueño, caídas las medidas horarias y calendarias, el aire trajo la confusión y empezó a gravitar el beber sobre 12 horas aperitivos, vino, bajativos, tragos largos, y vino de nuevo y así...
       Apenas podía caminar, el viento me balanceaba y me arrojaba hacia la pared o la calle como si se hubiera desatado la peor tormenta sobre mi vida. Advertí que mi situación era en extremo peligrosa, pues el andar en ese estado por las calles y a esas horas indeterminadas en un país golpeado y militarizado era una temeridad.
       Recordé, además, mi doble militancia porque aparte de mi trabajo legal en la empresa de Don Carlos participaba en actividades clandestinas para restablecer la democracia. Apresuré el paso y creo que logré subirme al último microbús antes de que empezara la vigencia del toque de queda con patrullaje en las calles y naturalmente con muertos.
       Afortunadamente vivía a unos quince minutos, y llegué a mi casa sin problemas, pero cuando busqué la llave no la encontré, revisé todos los bolsillos y nada.
       La casa donde vivía estaba ubicada tras unas altas rejas de fierro forjado que remataban en puntas. Una gruesa cadena y un respetable candado la cerraban. No me quedó otra alternativa que escalarla, pero quedé atrapado, arriba, y al tratar de pasar la segunda pierna, sentí una violencia y un dolor agudos, pero finalmente logré atravesarla y bajarme. Al pisar tierra firme cayeron las llaves.
       Abrí la puerta y me derrumbé vestido sobre un sofá. Me dormí con una sonrisa en los labios recordando mi victoria, cachiporra le dije, cómo le molestó, claro, sí el era más bien un narrador de fantasías, un cuentista nato, y en ese momento sentí algo que había imaginado mil veces en mis anticipaciones: frenaban vehículos, cerraban puertas de autos y se escuchaban órdenes y trotes. Me levanté accionado por el instinto, alcé levemente la persiana y los vi: eran dos o tres vehículos, numerosos civiles con brazaletes trataban de abrir la reja.
       Salí disparado al patio, porque como esa escena ya la había visto, tenía trazado un itinerario para escapar saltando dos sitios interiores vecinos que me harían ganar una calle que era perpendicular a la mía. Alcancé a oír maldiciones, no podían abrir la reja.
       Salté sobre el muro, atravesé el primer patio, pasé al segundo, y luego gané la calle después de atisbar que no habia nadie en ese lugar. Empecé a caminar con bastante rapidez en dirección al sur, sin tener todavía la más mínima idea de hacia adónde dirigirme. Con el susto se espantó, en alguna medida, la ebriedad, y procuré caminar bajo el amparo de las calles con grandes árboles .
       Concluí que el único lugar posible para refugiarme era la casa de Don Carlos, era segura, porque él era empresario, y él me había contado que después del golpe ocultó alguna gente perseguida por la dictadura. Pero era también un sector no exento de peligros, porque vieron durante los días posteriores al golpe sacar a una persona encapuchada de una de las casas que estaba ubicada al frente, y que resultó ser un médico que buscaban los militares y que estuvo largo tiempo desaparecido a causa de esa delación.
       Me dirigí hacia allá en medio de un tenebroso silencio interrumpido por el ruido excepcional de algún vehículo que patrullaba algunas de las avenidas más importantes. Logré llegar a la casa tras una hora de caminar con las más extremas precauciones. Toqué el timbre, una y otra vez, hasta que vi que se encendía la luz del patio. Enseguida escuché que se abría la puerta y que don Carlos, con voz enérgica, decía:
--¡Quién vive!
--Soy yo, don Carlos.
-- ¿Usted? ¿Pero a Usted no lo eché de mi casa?
--Es una emergencia, me persiguen los militares –contesté.
       Se mantuvo en silencio, entretanto apareció su amiga en la puerta; „Es mi yerno“, le dijo y avanzaron hacia la reja.
--¿Qué sucede, hombre --me preguntó.
--Allanaron mi casa, logré escapar.
--¿Allanaron su casa? Vamos, entre – dijo, me abrazó conmovido, y dirigiéndose a su amiga le ordenó:
--Usted, ¡tráigame la pistola!
--Pero qué pistola si nunca ha tenido alguna.
--Entonces tráigame la carabina, pues .
--Pero si tampoco tiene -- le dijo.
--Bueno, tráigame cualquier cosa, mujer, aunque sea el uslero.
--Mejor éntrese, caballero, no vayan a notar que estamos afuera y nos puedan disparar.
--A mi nadie me va a disparar, tampoco tengo miedo, yo soy tan bueno como Pelantaru --dijo, recordando a su héroe favorito, y luego empezó a gritar: --¡Aucááán mapuchééé! ¡Aucáááánnn mapuchééé!
       Entramos porque podían despertarse los vecinos y alguno podía sentir la tentación de telefonear a los militares.
       Cuando estuvimos adentro me dijo:
--En mi casa usted puede estar tranquilo, váyase a dormir, jamás permitiré que mi nieto quede huerfanito –dijo, y corrió un sillón hacia la puerta donde se sentó en actitud vigilante.
       En ese momento su amiga me miró y gritó espantada:
--¡Pero si usted está lleno de sangre! ¡Lo alcanzaron las balas!
Con Don Carlos descubrimos que efectivamente desde mi entrepierna se deslizaba la sangre. Recordé la reja donde me había ensartado y expliqué el incidente. La amiga dijo:
--Tiene que desinfectarla, voy a buscar el alcohol.
--Para qué si tiene más alcohol que sangre –comentó don Carlos volviendo a sentarse.
       Después que me bebí el alcohol me fui a dormir, no sin antes advertirme los dos que a primera hora tendría que ir a la posta. Aseguré que así lo haría y, en verdad, tuve una extraordinaria sensación de tranquilidad, pues estuve seguro que Don Carlos jamás dejaría pasar a los militares y que éstos sólo podrían hacerlo sobre su cadáver. Es muy bueno tener un amigo como Pelantaru, pensé, con satisfacción, antes de dormirme.

 

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