Descendimos
desde los sillones del salón para sentarnos en posición
loto o tendernos de costado y acodarnos en el piso, sobre la alfombra,
abatidas las formalidades por los aperitivos, los vinos y los bajativos.
Don Carlos
y su amiga me invitaron a almorzar, pero ya era medianoche en esa casa
antigua, ubicada en un barrio residencial, muy fresca en verano por sus
grandes espacios y algunas palmeras que la defendían del sol. Ahora,
en invierno, su interior era muy cálido.
Don Carlos
matizaba agradable el silencio exterior con su voz baja y sosegada. Me
decía „mi yerno“ aunque hacía ya algunos años
que mi matrimonio con su hija lo habíamos declarado nulo. Su amiga,
cuarentona, nos servía la comida y los tragos y él nos narraba
sus aventuras en París.
Cuando lo conocí
quiso convencerme que era nieto de arponeros portugueses. A mi hijo le
contó que en su juventud había participado en la caza de
ballenas. Yo siempre pensé que las ballenas sólo las había
visto en películas.
La cabeza de
Don Carlos, casi calva, brillaba sobre ese cuello taurino donde se marcaba
una cara extendida por los gruesos bigotes. El aseguraba que un sastre
privado le confeccionaba sus camisas, pues en el comercio no existía
su número. La veracidad de su reciedumbre daba fundamentos a sus
cuentos. Siempre se ufanaba de sus fuerzas.
Cuando lo ví
por primera vez, en una consideración superficial, imaginé
que podría pasar por matón en alguno de los muelles de San
Francisco o por jefe de una banda de tártaros. Incluso pudiera
haber sido un adversario plausible para Foreman, fotografiarse como modelo
de pachá con narguile o aparecer en un arrazabal bonaerense como
cantante de tangos.
Fue generoso
cuando después del golpe de Estado le pedí trabajo en su
editorial. Yo había quedado, de la noche a la mañana, sin
ocupación y casi sin familia, pues muchos emigraron. Me quedé
transitoriamente, por 17 años, sin hijo y él sin nieto.
Me advirtió
que ganaría una miseria, lo cual era comprensible pues la mercancía
libro, bajo la dictadura, estaba muy depreciada. Le respondí que
no importaba, entretanto buscaría otra ocupación, dije.
Adicionalmente le pedí que el trabajo fuera de media jornada, estuvo
de acuerdo y firmamos el contrato.
A partir de
ese hecho se originó entre nosotros una amistad que no tuvimos
cuando la vida era democráticamente normal. Nos unieron las ausencias,
los comentarios sobre las dificultades en la empresa, nuestra adicción
al boxeo, a los tangos de Gardel y Julio Sosa, a las canciones mexicanas
de Jorge Negrete y Miguel Aceves Mejía, el disfrute del pisco sour,
el Santa Carolina, una buena comida, y, finalmente, lo más sublime,
el postre de arroz con leche refrigerado.
En esos años
aprendí de él a conmoverme al destapar una botella de vino
tinto, y más tarde al extraerla del jarro de agua calentada y arroparla,
como bebé, para conservar los grados adecuados. Igualmente incorporé
como supremo placer el admirar extasiado, al borde las lágrimas,
la humedad y gotas que irradiaba, como milagro, una botella de vino blanco
extraída del refrigerador y sometida al contraste del calor del
verano para acompañar un plato de almejas u ostras.
Por primera
vez en mi vida, en su casa, miré estupefacto, como visión
de fuego, una langosta de la isla de Pascua. Don Carlos disfrutaba como
niño y me contaba sobre el aniquilamiento de los nativos de esa
Isla. Sobrevieron unos 200, decía mientras apartaba los restos
destrozados y yo recordaba los camarones que extraímos de las negras
aguas de un río en el sur, cubierto de árboles quemados
que yacían por doquier, en posturas insólitas, como retrato
de la locura destructiva.
Pero
desde los inicios de nuestra relación familiar se establecieron
algunas sombras que se relacionaban con el cariño de mi hijo, su
primer nieto, al cual él empezó a cautivar desde su tierna
infancia. Cuando sólo tenía meses le sacudía la pierna
izquierda mientras le decía: „¡trabaja la zurda! ¡trabaja
la zurda!“ Después de algunos años lo convenció
de que sería el reemplazante de Leonel Sánchez en el equipo
de la Universidad de Chile del cual Don Carlos era no sólo entusiasta
partidario.
Disponía
de un arsenal de historias reales y fantásticas con las cuales
divertía y engatusaba a mi hijo mientras que yo, en ese entonces,
a los 23, ni siquiera intentaba hacer un balance cuando esperábamos
el Año Nuevo. En mis primeros años de matrimonio sufrí
una fase de mudez que retrataba un cerebro impotente, pues él y
sus amigos disponían de un anecdotario inacabable, de un ingenio
y humor insuperables. Sí, yo también celebraba sus ocurrencias,
pero mis sentimientos se retorcían cuando observaba la mirada admirativa
de mi hijo.
En alguna oportunidad
lo sorprendí narrándole cuentos de sus viajes por Rusia,
China y países europeos. Era un hombre leído y yo, a su
lado, era un analfabeto. El único mérito que yo tenía
era haber atravesado el río Don, a nado, ebrio, mientras los cosacos,
cargados de historia y trajes largos, miraban estupefactos mi numerito.
Otras veces
transportaba él a mi hijo a Río de Janeiro donde había
estado divirtiéndose con Pelé y había danzado con
cimbreantes y semidesnudas mulatas en un carnaval inacabable. Y mi hijo
se extasiaba cuando él colocaba la música y le bailaba la
samba. O lo asombraba cuando hacía aparecer y desaparecer monedas
de sus manos.
Pero, lamentablemente,
construía a mis espaldas una complicidad dañina. Cuando
yo decía enérgicamente a mi hijo, „¡Debes comerte
toda la sopa!“, él también corroboraba con fuerza,
„Sí, ¡tienes que hacerlo!“ pero bastaba que yo
me volviera para que él le dedicara su mejor sonrisa y le moviera
negativamente la cabeza como lo sorprendí in fraganti en una oportunidad.
Yo vivía
una situación incómoda por esta competencia por la admiración
de mi hijo, porque sabía de antemano que sería derrotado.
Especialmente duro fue un domingo cuando, entre los aperitivos y la comida,
me desafió para hacer fuerza con los brazos. „Hagamos un
gallito“, me dijo y yo, ingenuamente, acepté; me ganó
con facilidad. Mi hijo celebró su victoria, abrazó y besó
al „Tata“.
Estas
imágenes de un pasado lejano cruzaban veloces mientras distraídamente
bebía del vaso y escuchaba el relato de Don Carlos quien afirmaba
que compartió su habitación, en París, obviamente
no con una sino con varias francesas.
Yo recordaba
que después de la partida de mi hijo, a raíz del golpe,
unimos nuestros afectos y acortábamos la lejanía con pasadas
anécdotas que repetíamos una y otra vez, durante años,
sin que jamás deslucieran o dejaran de divertirnos. Cuando alguno
recibía una carta el hecho ameritaba una comida especial tras la
cual procedíamos a su lectura y análisis si venía
acompañada de algún dibujo.
Don Carlos
había estimulado en su nieto la pasión por el dibujo y le
regalaba rumas de blocks. Yo me inclinaba por la escritura y le leía
cuentos de autores famosos atribuyéndome descaradamente la paternidad
literaria.
Motivado por
mis aires de escritor ficticio, una mañana mi hijo me pidió
que me sentara ante la máquina porque me quería dictar sus
propias creaciones. Sus relatos infantiles los guardé mientras
Don Carlos coleccionaba los dibujos.
Cuando mi hijo
cumplía nueve años de edad y tres de exilio nació
de nosotros la peregrina idea de confeccionar un libro con sus cuentos
infantiles y dibujos. Con Don Carlos vivimos semanas de intensa agitación.
Finalmente enviamos el libro en la fecha oportuna y ampliamos la insensatez
repartiéndolo a los amigos y amigas y a toda la parentela.
Los más
felices eramos nosotros porque Don Carlos se había editado a si
mismo a través de su nieto y yo satisfice mis ocultos anhelos de
ser escritor publicando a mi hijo.
Pero esas satisfacciones
comunes representaban sólo la estructura superficial, porque en
lo profundo manteníamos la disputa y yo cargaba el amargor de la
derrota de esa mañana del domingo como una pesada cruz y nunca
había perdido la esperanza de una revancha.
Incluso, cuando
realicé un curso de judo y aprendí una llave con mucha paciencia,
practicándola cientos de veces, me rondaba la idea de probar fuerzas.
Siempre creí que tendría mi oportunidad, y, al parecer,
se estaba produciendo ahora.
Don Carlos,
naturalmente, hablaba francés en su historia, y decía que
esas mujeres le suplicaron después de algunas horas que él
les diera alguna tregua, porque con su virilidad las había extenuado.
Dijo que él accedió y salió a dar un paseo por algunas
de las calles de París en busca de algún mercado para servirse
un mariscal y volver a la carga.
Estimé
que era el momento preciso y que, quizás, por el tiempo político
que vivíamos, nunca se repetiría la ocasión. Por
eso dije fríamente:
--Don Carlos, usted es un cachiporra.
Asombrado observó
a su amiga que abrió los ojos. Para Don Carlos lo que dije era
muy grave.
--Repite eso –tronó mientras sin abandonar su posición
comenzó a quitarse una gruesa chompa color guinda con cierre metálico
en el cuello, con el obvio propósito de impresionarme.
Me paré
pesadamente, y con lentitud exasperante retiré la mesa que estaba
en el centro de la habitación, luego corrí los sillones
hacia la pared, me saqué mi pulover y me situé en el centro,
con las piernas ligeramente abiertas y el tronco levemente inclinado.
--Lo repito, usted ha contado mentiras a mi hijo –dije.
--¡Jamás mentiría a mi nieto! –gritó
ofendido.
El se incorporó
con mayor dificultad aún y pidió a su amiga que se retirara
hacia el sofá. Adoptó una posición tensa, también
arqueada. No había nada más que decir, cada uno sabía
qué estaba en juego. Comenzamos a girar en derredor del cuarto,
él se movía oscilando sus poderosos brazos, y no me despegaba
la vista.
Repentinos,
al mismo tiempo, nos tomamos de los hombros. Y yo hice exactamente lo
que había ensayado: veloz introduje mi cabeza y mi cuerpo bajo
uno de sus brazos y en segundos quedé situado a sus espaldas y
lo empujé hacia un lado mientras con mi pierna impulsé uno
de sus pies en sentido contrario. Perdió el equilibro, y se desplomó
pesadamente. Me puse sobre su pecho y lo mantuve, algunos segundos, firme
sobre la alfombra. ¡Una plancha perfecta!
Me paré
y él, trabajosamente, se sentó en uno de los sillones. No
lograba articular palabra debido a la intensa emoción. Tardó
en decir algo que yo, francamente, no esperaba.
--¡Trampa!, ¡Trampa! --gritó indignado, enarcando sus
espesas cejas, y dirigiéndose a su amiga, le dijo:
--Tú viste cómo me agarró de las ropas, se situó
atrás, ¡hizo trampa!
Y luego, airado,
levantó su brazo y dijo imperativo:
--¡Usted se va inmediatamente de mi casa! ¡Fuera! ¡Y
no vuelva más!
Yo ya me había
puesto mi pulover y dije a mi anfitriona:
--Usted va a escribir una carta a mi hijo y le va a contar lo que aquí
sucedió esta noche. ¡Pero diga la verdad, no mienta, señora!
--le dije.
Vestí
mi abrigo y me fui.
Disfrutaba
la victoria, burbujeaba la risa, pero a poco andar reflexioné en
que mi victoria adolecía de una debilidad, pues don Carlos, la
verdad sea dicha, era ya un abuelo de sesenta o setenta años, o
quizás más, pues habían pasado a lo menos diez años
desde mi anterior derrota y el tiempo volaba y fluía como sueño,
caídas las medidas horarias y calendarias, el aire trajo la confusión
y empezó a gravitar el beber sobre 12 horas aperitivos, vino, bajativos,
tragos largos, y vino de nuevo y así...
Apenas podía
caminar, el viento me balanceaba y me arrojaba hacia la pared o la calle
como si se hubiera desatado la peor tormenta sobre mi vida. Advertí
que mi situación era en extremo peligrosa, pues el andar en ese
estado por las calles y a esas horas indeterminadas en un país
golpeado y militarizado era una temeridad.
Recordé,
además, mi doble militancia porque aparte de mi trabajo legal en
la empresa de Don Carlos participaba en actividades clandestinas para
restablecer la democracia. Apresuré el paso y creo que logré
subirme al último microbús antes de que empezara la vigencia
del toque de queda con patrullaje en las calles y naturalmente con muertos.
Afortunadamente
vivía a unos quince minutos, y llegué a mi casa sin problemas,
pero cuando busqué la llave no la encontré, revisé
todos los bolsillos y nada.
La casa donde
vivía estaba ubicada tras unas altas rejas de fierro forjado que
remataban en puntas. Una gruesa cadena y un respetable candado la cerraban.
No me quedó otra alternativa que escalarla, pero quedé atrapado,
arriba, y al tratar de pasar la segunda pierna, sentí una violencia
y un dolor agudos, pero finalmente logré atravesarla y bajarme.
Al pisar tierra firme cayeron las llaves.
Abrí
la puerta y me derrumbé vestido sobre un sofá. Me dormí
con una sonrisa en los labios recordando mi victoria, cachiporra le dije,
cómo le molestó, claro, sí el era más bien
un narrador de fantasías, un cuentista nato, y en ese momento sentí
algo que había imaginado mil veces en mis anticipaciones: frenaban
vehículos, cerraban puertas de autos y se escuchaban órdenes
y trotes. Me levanté accionado por el instinto, alcé levemente
la persiana y los vi: eran dos o tres vehículos, numerosos civiles
con brazaletes trataban de abrir la reja.
Salí
disparado al patio, porque como esa escena ya la había visto, tenía
trazado un itinerario para escapar saltando dos sitios interiores vecinos
que me harían ganar una calle que era perpendicular a la mía.
Alcancé a oír maldiciones, no podían abrir la reja.
Salté
sobre el muro, atravesé el primer patio, pasé al segundo,
y luego gané la calle después de atisbar que no habia nadie
en ese lugar. Empecé a caminar con bastante rapidez en dirección
al sur, sin tener todavía la más mínima idea de hacia
adónde dirigirme. Con el susto se espantó, en alguna medida,
la ebriedad, y procuré caminar bajo el amparo de las calles con
grandes árboles .
Concluí
que el único lugar posible para refugiarme era la casa de Don Carlos,
era segura, porque él era empresario, y él me había
contado que después del golpe ocultó alguna gente perseguida
por la dictadura. Pero era también un sector no exento de peligros,
porque vieron durante los días posteriores al golpe sacar a una
persona encapuchada de una de las casas que estaba ubicada al frente,
y que resultó ser un médico que buscaban los militares y
que estuvo largo tiempo desaparecido a causa de esa delación.
Me dirigí
hacia allá en medio de un tenebroso silencio interrumpido por el
ruido excepcional de algún vehículo que patrullaba algunas
de las avenidas más importantes. Logré llegar a la casa
tras una hora de caminar con las más extremas precauciones. Toqué
el timbre, una y otra vez, hasta que vi que se encendía la luz
del patio. Enseguida escuché que se abría la puerta y que
don Carlos, con voz enérgica, decía:
--¡Quién vive!
--Soy yo, don Carlos.
-- ¿Usted? ¿Pero a Usted no lo eché de mi casa?
--Es una emergencia, me persiguen los militares –contesté.
Se mantuvo
en silencio, entretanto apareció su amiga en la puerta; „Es
mi yerno“, le dijo y avanzaron hacia la reja.
--¿Qué sucede, hombre --me preguntó.
--Allanaron mi casa, logré escapar.
--¿Allanaron su casa? Vamos, entre – dijo, me abrazó
conmovido, y dirigiéndose a su amiga le ordenó:
--Usted, ¡tráigame la pistola!
--Pero qué pistola si nunca ha tenido alguna.
--Entonces tráigame la carabina, pues .
--Pero si tampoco tiene -- le dijo.
--Bueno, tráigame cualquier cosa, mujer, aunque sea el uslero.
--Mejor éntrese, caballero, no vayan a notar que estamos afuera
y nos puedan disparar.
--A mi nadie me va a disparar, tampoco tengo miedo, yo soy tan bueno como
Pelantaru --dijo, recordando a su héroe favorito, y luego empezó
a gritar: --¡Aucááán mapuchééé!
¡Aucáááánnn mapuchééé!
Entramos porque
podían despertarse los vecinos y alguno podía sentir la
tentación de telefonear a los militares.
Cuando estuvimos
adentro me dijo:
--En mi casa usted puede estar tranquilo, váyase a dormir, jamás
permitiré que mi nieto quede huerfanito –dijo, y corrió
un sillón hacia la puerta donde se sentó en actitud vigilante.
En ese momento
su amiga me miró y gritó espantada:
--¡Pero si usted está lleno de sangre! ¡Lo alcanzaron
las balas!
Con Don Carlos descubrimos que efectivamente desde mi entrepierna se deslizaba
la sangre. Recordé la reja donde me había ensartado y expliqué
el incidente. La amiga dijo:
--Tiene que desinfectarla, voy a buscar el alcohol.
--Para qué si tiene más alcohol que sangre –comentó
don Carlos volviendo a sentarse.
Después
que me bebí el alcohol me fui a dormir, no sin antes advertirme
los dos que a primera hora tendría que ir a la posta. Aseguré
que así lo haría y, en verdad, tuve una extraordinaria sensación
de tranquilidad, pues estuve seguro que Don Carlos jamás dejaría
pasar a los militares y que éstos sólo podrían hacerlo
sobre su cadáver. Es muy bueno tener un amigo como Pelantaru, pensé,
con satisfacción, antes de dormirme.
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