Y
aquí se baña la luna, comentó Marieta
inclinada sobre la baranda, el viento le llevó algunas lágrimas,
la abracé y terminamos de atravesar el puente sobre el río.
Marieta dijo que Oscar cantaba a menudo esa canción y que la fascinó
la posible existencia de un lugar en este mundo escogido por la luna para
bañarse desnuda.
Cosas de gringa, pensé, porque afirmó que para ellos la
luna era el luno y el sol la sol. Muy absurdo. ¡Cambiarle el sexo
a los astros! Pero la ex-amiga de mi hermano, con un español encantador,
dijo que la luna y el sol estaban tan lejos que se podía jugar
con su sexo sin problemas. Caminé en silencio con esa mujer cuya
aparición me sorprendió en la mañana.
Comenzó a hablarme de Oscar en cuanto entró a la casa y
se sentó y aunque quise preguntar sobre su viaje o si le agradaría
beber un café tuve que escucharla, pues era obvio que para eso
había viajado desde Europa.
--Lo conocí cuando almorzaba en un comedor universitario. Unas
amigas me lo presentaron. Sentí que me clavaba en la cruz. El temor
provenía de mi abuela, pues cuando no se esparcían por completo
las cenizas de los crematorios en el norte, me prevenía de la gente
del sur; afirmaba que eran crueles y que cortaban los senos a las mujeres.
Pero ella misma, mi abuela, entraba a la casa gente del sur cuando compraba
naranjas moro. En cada envase de papel de la fruta venía dibujado
un negrito que había traspasado todas las fronteras con su delicioso
jugo color sangre. Su sonrisa evaporaba las tristes noticias de los que
morían en el intento. El negrito era un jubiloso sobreviviente,
como los sapos.
--¡Sapos! ¡Qué feo!
--Pero, Raquel, Oscar cantaba el sapo cancionero, el sapo poeta, enamorado
de la luna, un sapo cautivador; además yo viví a los pies
de la montaña y los vi descender en primavera hacia la laguna cuando
muchos quedan en el camino aplastados por las ruedas ¡Y con qué
dignidad enfrentan la muerte! Me he detenido, he visto como giran hacia
la luz, se afirman en sus manos, sacan pecho, yerguen la cabeza y te miran
a los ojos... semanas después los sobrevivientes realizan bacanales
que no te dejan dormir, un canto a la vida, son orgías indescriptibles...
--Y esas naranjas con el negrito vienen...
--Del sur, de Italia, y al envoltorio de la fruta yo le hacía cuatro
patas, pues doblaba el papel en cada punta, luego ponía la naranja
debajo y echaba a rodar al negrito de mis sueños sobre el piso,
en la cocina, y, a veces, en mi dormitorio. Mi pobre abuela, inocente,
se moría de la risa. Y en cuanto vi a tu hermano supe que era como
el negrito de las naranjas.
--Pero Oscar no es...
--Es moreno, sí, pero para nosotros esos matices no cuentan, yo
era como la mañana, blanquita, y él como la noche, oscurito;
era uno de los hombres más sureños del planeta, se reía
a menudo, era comunicativo y, sobre todo, era imperfecto, y eso buscaba
yo, más improvisación.
--Y acá, ¿no es...? ¿te gusta?
--Cuando anoche viajé en el bus no me abandonó la idea de
que venía al fin del mundo. Era una sensación muy dura,
y tuve miedo de que nunca pudiera regresar. Cuando antes jugaba con el
sur consideraba a mi país, los eslavos del Adriático y a
lo más el norte de Africa. Pero jamás imaginé venir
hasta el final del mapa, y... nunca me abandona la sensación de
que voy bajando, y de que en estas enormes extensiones de soledad podría
caerme.
--Jamás lo sentí así, es increíble lo que
dices, yo creo que donde se nace siempre es estable, vivir en otro lugar...creo
que mi hermanó nunca se adaptó allá.
--Es verdad, en el último tiempo estaba irascible. ¡Cómo
se puede sentir tanta nostalgia por un país! Cómo no comprendes,
gritaba, que existan desolados bosques negros, valles longitudinales,
ríos transversales, lluvias torrenciales, maullidos mortales, cementerios
anónimos. Sentía y sufría en exceso, a veces se echaba
sobre una colchoneta, rasgueaba su guitarra y cantaba: „Cuando me
acuerdo de mi país“, entristecía, aprendí las
canciones, pero no las vivía ni las sufría en cada ocasión.
--Cuando él retornó habló muy poco de allá,
pero me parece que hubo un tiempo feliz.
--Por supuesto, al comienzo fue como deslizarse por el resbalín,
a la tercera salida nos tendimos en pleno centro de la ciudad, en un costado
del parque, cubiertos por unos arbustos, frente a la universidad, alrededor
de la medianoche. Dijo dame pan blanco, come pan negro y ardí como
leña seca, crepité como leña verde y me abrí
como una de esas rojas sandías de tu país que, según
su descripción, se pueden partir con la uña. ¡Qué
delicia! Esa noche supe que el era un hombre que compartía. Pues
sabía y sentía que el amor es una música que debe
tocarse al unísono...Después de los últimos compases,
cuando el director hace unos movimientos fantásticos con su batuta,
por primera vez en mi vida reí a carcajadas, lo aplaudí
y le dí dos o tres cabezazos. Creo que lo amaba antes de que apareciera,
pues había escuchado los himnos, visto las hogueras, oído
las bombas. Tu país, en ese entonces, estaba de turno. Me estremecí
cuando dijo que le penaban sus amigos desaparecidos que buscaban, inconsolables,
un lugar de reposo, y de cómo esa trágica realidad había
destruído ciertas valoraciones. Afirmó que a pesar de esa
invalidez del espíritu había derrotado el impulso hacia
la autodestrucción y acepté su invitación a acompañarle
en el reinicio de la vida, sin pensar siquiera de que era, en rigor, un
convaleciente. Después advertí que muchos de los que no
vienen por razones de turismo, lo son.
--Sí, en ese tiempo estuvo muy mal, muchos estuvimos mal –dije
y me puse imprevistamente de pie y mientras avanzaba hacia la cocina dudé
entre llorar o preparar un café. Cuando regresé con las
tazas le dije que Oscar me había escrito sobre su casamiento.
--¡No me digas!
--Tengo su carta, las conservo todas.
--Sí, lo invité a mi país para casarnos, pero Oscar
nunca supo cuán difícil fue, porque él no entendía
el idioma y yo no le traduje lo que decían los jueces. ¿Está
informada su familia de que se va a casar con un negro? ¿Qué
edad tiene usted? Dése un tiempo, piénselo mejor, diviértase
con un negro, mírelo en los cien metros, en las revistas de modas
o cuando juegan al baloncesto, pero no se case, aconsejaban. Sentí
vergüenza...
--Y fueron felices.
--Sólo creábamos buenos recuerdos; en las montañas
miraba el cielo azul sobre el ruido de las hojas y bajo la complicidad
de las copas, enterrábamos la papa en la ceniza, regábamos
la plantita, jugábamos con la diferencia de países, lavaba
mis calzones en las vertientes, volvíamos a encender el fuego,
con el rocío de la madrugada nos lavábamos la cara.
--Pero parece que las diferencias dejaron de ser un juego.
--Eran anodinas, pero con el tiempo fueron presentándose desagradables.
El era más instintivo, menos formado en hábitos, más
influído por sus inclinaciones, menos responsable de la relación
amorosa. Si íbamos en el tranvía y me recostaba en él,
reaccionaba incontrolable, con menos dominio de su animalidad. Yo me conozco
y sé que cuando funciono desaparezco, pueden sacarme todas las
melodías, pero a diferencia de las putitas de Miller, yo siempre
decido cuándo y con quién desaparecer. Es un asunto de confianza,
por eso me ha gustado siempre el verbo español entregarse.
Interrumpí
la pausa y le pregunté por qué se produjo el deterioro.
--Nos fuimos quedando solos. Los tiempos cambiaron. Y lo que él
decía o hacía fue derivando en pesadez, en malestar y disgusto.
Cuando sus compatriotas nos invitaban, él llevaba algunas grabaciones.
Y cuando nos divertíamos, detenía la música y luego
de un encendido discurso, absolutamente fuera de foco, ponía las
últimas palabras de Allende. Bombardeaba la fiesta. Le dijeron
que estaba rayado y que no querían escuchar más huevadas
y que, mejor, mirara hacia adelante. El no volvió a mirarlos. Entre
los vecinos fue peor. Y yo me indigné cuando empezó a sacar
a los niños, mis hijos, con pesadas mochilas, en largas caminatas.
Pero el muro le dio jaque mate, y él, enterrado, no pudo levantarse
más, pues dejó de soñar. Se levantaba vacío.
No tenía nada que contar durante el desayuno. Finalmente, no tuvo
proyectos, y eso fue como la muerte.
--Lo que más le dolía era no haber seguido jugando cuando
tenía trece o catorce años.
--Tal vez no fue lo mejor empezar con la política a esa edad, pero
lo peor es que cuando te subes a un tren con un recorrido sin estaciones
ya no puedes cambiarte, pues gravita más esa lealtad con los amigos
o compañeros que con la verdad. Y eso tiene un costo, siempre termina
pagándose. Eso ocurrió con nosotros. Estoy segura que él
no me mintió cuando dijo que había emergido, pero no, él
vivía y sufría sumido en ese pasado, nunca logró
salir del hoyo, no lo encontró una caravana de viajeros bondadosos.
Yo lo intenté, pero fracasé. Tampoco quise enterrarme con
él, no tuve ese valor.
--¿Cómo se sintió el cambio?
--Advertí que él besaba mis labios con esa formalidad que
siempre odié, abandonó la iniciativa, traté de encenderlo,
pero a menudo permaneció helado, se consumió el fuego. Su
comportamiento me hirió. Y sus enfermedades triviales, su modo
de comer o de vestir, la evidencia de su vejez, me repugnaron. Cuando
terminó su trabajo profesional, no quiso asumir otro y empezó
a vivir de la ayuda social, me disgustó que no hablara bien mi
idioma y que lo dejara indiferente mi valor para enfrentar nuestras enfermedades
sociales, hasta que encontré escrita su despedida, regresaba a
su país, y nunca más supe de él, porque en ese sentido
soy muy pragmática, era cosa terminada. Hasta que llegó
su postal.
Raquel me estrechó con ternura y dijo:
--Cuando regresó advirtió que sus antiguos amigos que sobrevivieron
cambiaron de intereses, se sintió extraño, no tuvo paciencia,
y su último proyecto fracasó. Desfasado, nadie lo contrató.
Soñó siempre el mismo país,olvidó que país
es no sólo tradición sino, también, proceso. Le disgustó
la miseria, los políticos, los escritores, y la pobreza.
--¿Dejó de escribir?
--Empezó a trabajar un ensayo que nunca terminó, fundar
un nuevo partido era imposible, y, con el tiempo, empezó a extrañar
tu país, tal vez hasta pensó en un retorno al revés,
dejó algo escrito, espérame, voy a buscarlo.
Raquel salió disparada, nerviosa, la parte superior de su rostro
era parecido al de Oscar, pero no se veía tan mestiza como él,
su casa estaba ordenada, quizás vivía sola. ¿Para
qué vine? ¿Seré tan idiota? ¿A conocer un
río? ¿Sólo para ver la luna desnuda? ¿Una
broma de Oscar?
--Esta es la nota, ¿quieres que la lea?
„ Queridas, ruego que lo comprendan, no lo lamenten, lo hago por
sinceridad conmigo mismo, los sentimientos lo exigen como un acto de consecuencia.
Aunque yo mismo no lo apruebo. ¿Qué pasó conmigo?
No teman, la respuesta es larga, en exceso. El tiempo y sus circunstancias,
quizás, y mis sentimientos. Mi cuerpo, cobarde, trató de
apoyarse en los atenuantes, pero todos los depredadores del siglo los
tienen. Me equivoqué, pero nunca personalmente. En cambio hice
todo lo que el pobre Borges no hizo en un poema que nunca podía
haber él escrito: caminé descalzo entre los bosques de Rusia,
compartí atardeceres en distintos océanos y mares del mundo,
comí muchas veces helados, cabalgué ríos imposibles,
pero antes que todo amé y me amaron. Una mujer creyó una
de mis muertes y escribió de madrugada mi nombre, con letras gigantescas,
regadas con lágrimas, en las inmaculadas playas del Mar Negro,
otra lo hizo en lo más alto y en la más pura nieve de Los
Alpes...
--Esa fui yo.
--Marieta, no sé qué decirte, pero...
--No te preocupes, Raquel, estoy bien, lo amaba, es cierto, ¡cómo
lo amaba! Pero sigue, lee, por favor.
„Una tercera mujer cantó para mí el repertorio latinoamericano
desde toda una vida, y así, un rosario para acariciar con los dedos,
dí y recibí amor aliñado con laurel hasta la locura,
alguien caminó leal, durante años, sujeta a mi bufanda de
lana negra que otra, merced a su amor, tejió para que me acompañara
en mis viajes, algunas alimentaron el amor a la trascendencia y me dieron
hijos; después planté nogales, alerces, cipreses, avellanos,
abedules, jazmines, tengo libros arrinconados...; pero viví demasiados
errores, y la cuenta es abultada. Como acto postrero de honradez, debo
pagar. La quinta prohibición no es un verbo reflexivo. Pero no
teman, sólo volveré a emigrar. Definitivo, soy hombre de
exilios. Me siento viajero eterno, holandés errante. Recibirán
mis postales. Estoy seguro de no equivocarme, ustedes, como yo, aman la
luna, somos lunáticos, y cuando la luna llena nos convoca, somos
como dioses.
--¿Crees tú que estaba...?
--No lo sé, pero todo ha sido muy triste.
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