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ilustración de Carlotta Leoni
LA DESNUDEZ DE LA LUNA (del libro de cuentos „Bajo contexto militar“ de Miguel Gómez Segovia)

 

Y aquí se baña la luna, comentó Marieta inclinada sobre la baranda, el viento le llevó algunas lágrimas, la abracé y terminamos de atravesar el puente sobre el río.
Marieta dijo que Oscar cantaba a menudo esa canción y que la fascinó la posible existencia de un lugar en este mundo escogido por la luna para bañarse desnuda.
Cosas de gringa, pensé, porque afirmó que para ellos la luna era el luno y el sol la sol. Muy absurdo. ¡Cambiarle el sexo a los astros! Pero la ex-amiga de mi hermano, con un español encantador, dijo que la luna y el sol estaban tan lejos que se podía jugar con su sexo sin problemas. Caminé en silencio con esa mujer cuya aparición me sorprendió en la mañana.
Comenzó a hablarme de Oscar en cuanto entró a la casa y se sentó y aunque quise preguntar sobre su viaje o si le agradaría beber un café tuve que escucharla, pues era obvio que para eso había viajado desde Europa.
--Lo conocí cuando almorzaba en un comedor universitario. Unas amigas me lo presentaron. Sentí que me clavaba en la cruz. El temor provenía de mi abuela, pues cuando no se esparcían por completo las cenizas de los crematorios en el norte, me prevenía de la gente del sur; afirmaba que eran crueles y que cortaban los senos a las mujeres. Pero ella misma, mi abuela, entraba a la casa gente del sur cuando compraba naranjas moro. En cada envase de papel de la fruta venía dibujado un negrito que había traspasado todas las fronteras con su delicioso jugo color sangre. Su sonrisa evaporaba las tristes noticias de los que morían en el intento. El negrito era un jubiloso sobreviviente, como los sapos.
--¡Sapos! ¡Qué feo!
--Pero, Raquel, Oscar cantaba el sapo cancionero, el sapo poeta, enamorado de la luna, un sapo cautivador; además yo viví a los pies de la montaña y los vi descender en primavera hacia la laguna cuando muchos quedan en el camino aplastados por las ruedas ¡Y con qué dignidad enfrentan la muerte! Me he detenido, he visto como giran hacia la luz, se afirman en sus manos, sacan pecho, yerguen la cabeza y te miran a los ojos... semanas después los sobrevivientes realizan bacanales que no te dejan dormir, un canto a la vida, son orgías indescriptibles...
--Y esas naranjas con el negrito vienen...
--Del sur, de Italia, y al envoltorio de la fruta yo le hacía cuatro patas, pues doblaba el papel en cada punta, luego ponía la naranja debajo y echaba a rodar al negrito de mis sueños sobre el piso, en la cocina, y, a veces, en mi dormitorio. Mi pobre abuela, inocente, se moría de la risa. Y en cuanto vi a tu hermano supe que era como el negrito de las naranjas.
--Pero Oscar no es...
--Es moreno, sí, pero para nosotros esos matices no cuentan, yo era como la mañana, blanquita, y él como la noche, oscurito; era uno de los hombres más sureños del planeta, se reía a menudo, era comunicativo y, sobre todo, era imperfecto, y eso buscaba yo, más improvisación.
--Y acá, ¿no es...? ¿te gusta?
--Cuando anoche viajé en el bus no me abandonó la idea de que venía al fin del mundo. Era una sensación muy dura, y tuve miedo de que nunca pudiera regresar. Cuando antes jugaba con el sur consideraba a mi país, los eslavos del Adriático y a lo más el norte de Africa. Pero jamás imaginé venir hasta el final del mapa, y... nunca me abandona la sensación de que voy bajando, y de que en estas enormes extensiones de soledad podría caerme.
--Jamás lo sentí así, es increíble lo que dices, yo creo que donde se nace siempre es estable, vivir en otro lugar...creo que mi hermanó nunca se adaptó allá.
--Es verdad, en el último tiempo estaba irascible. ¡Cómo se puede sentir tanta nostalgia por un país! Cómo no comprendes, gritaba, que existan desolados bosques negros, valles longitudinales, ríos transversales, lluvias torrenciales, maullidos mortales, cementerios anónimos. Sentía y sufría en exceso, a veces se echaba sobre una colchoneta, rasgueaba su guitarra y cantaba: „Cuando me acuerdo de mi país“, entristecía, aprendí las canciones, pero no las vivía ni las sufría en cada ocasión.
--Cuando él retornó habló muy poco de allá, pero me parece que hubo un tiempo feliz.
--Por supuesto, al comienzo fue como deslizarse por el resbalín, a la tercera salida nos tendimos en pleno centro de la ciudad, en un costado del parque, cubiertos por unos arbustos, frente a la universidad, alrededor de la medianoche. Dijo dame pan blanco, come pan negro y ardí como leña seca, crepité como leña verde y me abrí como una de esas rojas sandías de tu país que, según su descripción, se pueden partir con la uña. ¡Qué delicia! Esa noche supe que el era un hombre que compartía. Pues sabía y sentía que el amor es una música que debe tocarse al unísono...Después de los últimos compases, cuando el director hace unos movimientos fantásticos con su batuta, por primera vez en mi vida reí a carcajadas, lo aplaudí y le dí dos o tres cabezazos. Creo que lo amaba antes de que apareciera, pues había escuchado los himnos, visto las hogueras, oído las bombas. Tu país, en ese entonces, estaba de turno. Me estremecí cuando dijo que le penaban sus amigos desaparecidos que buscaban, inconsolables, un lugar de reposo, y de cómo esa trágica realidad había destruído ciertas valoraciones. Afirmó que a pesar de esa invalidez del espíritu había derrotado el impulso hacia la autodestrucción y acepté su invitación a acompañarle en el reinicio de la vida, sin pensar siquiera de que era, en rigor, un convaleciente. Después advertí que muchos de los que no vienen por razones de turismo, lo son.
--Sí, en ese tiempo estuvo muy mal, muchos estuvimos mal –dije y me puse imprevistamente de pie y mientras avanzaba hacia la cocina dudé entre llorar o preparar un café. Cuando regresé con las tazas le dije que Oscar me había escrito sobre su casamiento.
--¡No me digas!
--Tengo su carta, las conservo todas.
--Sí, lo invité a mi país para casarnos, pero Oscar nunca supo cuán difícil fue, porque él no entendía el idioma y yo no le traduje lo que decían los jueces. ¿Está informada su familia de que se va a casar con un negro? ¿Qué edad tiene usted? Dése un tiempo, piénselo mejor, diviértase con un negro, mírelo en los cien metros, en las revistas de modas o cuando juegan al baloncesto, pero no se case, aconsejaban. Sentí vergüenza...
--Y fueron felices.
--Sólo creábamos buenos recuerdos; en las montañas miraba el cielo azul sobre el ruido de las hojas y bajo la complicidad de las copas, enterrábamos la papa en la ceniza, regábamos la plantita, jugábamos con la diferencia de países, lavaba mis calzones en las vertientes, volvíamos a encender el fuego, con el rocío de la madrugada nos lavábamos la cara.
--Pero parece que las diferencias dejaron de ser un juego.
--Eran anodinas, pero con el tiempo fueron presentándose desagradables. El era más instintivo, menos formado en hábitos, más influído por sus inclinaciones, menos responsable de la relación amorosa. Si íbamos en el tranvía y me recostaba en él, reaccionaba incontrolable, con menos dominio de su animalidad. Yo me conozco y sé que cuando funciono desaparezco, pueden sacarme todas las melodías, pero a diferencia de las putitas de Miller, yo siempre decido cuándo y con quién desaparecer. Es un asunto de confianza, por eso me ha gustado siempre el verbo español entregarse.

Interrumpí la pausa y le pregunté por qué se produjo el deterioro.
--Nos fuimos quedando solos. Los tiempos cambiaron. Y lo que él decía o hacía fue derivando en pesadez, en malestar y disgusto. Cuando sus compatriotas nos invitaban, él llevaba algunas grabaciones. Y cuando nos divertíamos, detenía la música y luego de un encendido discurso, absolutamente fuera de foco, ponía las últimas palabras de Allende. Bombardeaba la fiesta. Le dijeron que estaba rayado y que no querían escuchar más huevadas y que, mejor, mirara hacia adelante. El no volvió a mirarlos. Entre los vecinos fue peor. Y yo me indigné cuando empezó a sacar a los niños, mis hijos, con pesadas mochilas, en largas caminatas. Pero el muro le dio jaque mate, y él, enterrado, no pudo levantarse más, pues dejó de soñar. Se levantaba vacío. No tenía nada que contar durante el desayuno. Finalmente, no tuvo proyectos, y eso fue como la muerte.
--Lo que más le dolía era no haber seguido jugando cuando tenía trece o catorce años.
--Tal vez no fue lo mejor empezar con la política a esa edad, pero lo peor es que cuando te subes a un tren con un recorrido sin estaciones ya no puedes cambiarte, pues gravita más esa lealtad con los amigos o compañeros que con la verdad. Y eso tiene un costo, siempre termina pagándose. Eso ocurrió con nosotros. Estoy segura que él no me mintió cuando dijo que había emergido, pero no, él vivía y sufría sumido en ese pasado, nunca logró salir del hoyo, no lo encontró una caravana de viajeros bondadosos. Yo lo intenté, pero fracasé. Tampoco quise enterrarme con él, no tuve ese valor.
--¿Cómo se sintió el cambio?
--Advertí que él besaba mis labios con esa formalidad que siempre odié, abandonó la iniciativa, traté de encenderlo, pero a menudo permaneció helado, se consumió el fuego. Su comportamiento me hirió. Y sus enfermedades triviales, su modo de comer o de vestir, la evidencia de su vejez, me repugnaron. Cuando terminó su trabajo profesional, no quiso asumir otro y empezó a vivir de la ayuda social, me disgustó que no hablara bien mi idioma y que lo dejara indiferente mi valor para enfrentar nuestras enfermedades sociales, hasta que encontré escrita su despedida, regresaba a su país, y nunca más supe de él, porque en ese sentido soy muy pragmática, era cosa terminada. Hasta que llegó su postal.
Raquel me estrechó con ternura y dijo:
--Cuando regresó advirtió que sus antiguos amigos que sobrevivieron cambiaron de intereses, se sintió extraño, no tuvo paciencia, y su último proyecto fracasó. Desfasado, nadie lo contrató. Soñó siempre el mismo país,olvidó que país es no sólo tradición sino, también, proceso. Le disgustó la miseria, los políticos, los escritores, y la pobreza.
--¿Dejó de escribir?
--Empezó a trabajar un ensayo que nunca terminó, fundar un nuevo partido era imposible, y, con el tiempo, empezó a extrañar tu país, tal vez hasta pensó en un retorno al revés, dejó algo escrito, espérame, voy a buscarlo.
Raquel salió disparada, nerviosa, la parte superior de su rostro era parecido al de Oscar, pero no se veía tan mestiza como él, su casa estaba ordenada, quizás vivía sola. ¿Para qué vine? ¿Seré tan idiota? ¿A conocer un río? ¿Sólo para ver la luna desnuda? ¿Una broma de Oscar?
--Esta es la nota, ¿quieres que la lea?
„ Queridas, ruego que lo comprendan, no lo lamenten, lo hago por sinceridad conmigo mismo, los sentimientos lo exigen como un acto de consecuencia. Aunque yo mismo no lo apruebo. ¿Qué pasó conmigo? No teman, la respuesta es larga, en exceso. El tiempo y sus circunstancias, quizás, y mis sentimientos. Mi cuerpo, cobarde, trató de apoyarse en los atenuantes, pero todos los depredadores del siglo los tienen. Me equivoqué, pero nunca personalmente. En cambio hice todo lo que el pobre Borges no hizo en un poema que nunca podía haber él escrito: caminé descalzo entre los bosques de Rusia, compartí atardeceres en distintos océanos y mares del mundo, comí muchas veces helados, cabalgué ríos imposibles, pero antes que todo amé y me amaron. Una mujer creyó una de mis muertes y escribió de madrugada mi nombre, con letras gigantescas, regadas con lágrimas, en las inmaculadas playas del Mar Negro, otra lo hizo en lo más alto y en la más pura nieve de Los Alpes...
--Esa fui yo.
--Marieta, no sé qué decirte, pero...
--No te preocupes, Raquel, estoy bien, lo amaba, es cierto, ¡cómo lo amaba! Pero sigue, lee, por favor.
„Una tercera mujer cantó para mí el repertorio latinoamericano desde toda una vida, y así, un rosario para acariciar con los dedos, dí y recibí amor aliñado con laurel hasta la locura, alguien caminó leal, durante años, sujeta a mi bufanda de lana negra que otra, merced a su amor, tejió para que me acompañara en mis viajes, algunas alimentaron el amor a la trascendencia y me dieron hijos; después planté nogales, alerces, cipreses, avellanos, abedules, jazmines, tengo libros arrinconados...; pero viví demasiados errores, y la cuenta es abultada. Como acto postrero de honradez, debo pagar. La quinta prohibición no es un verbo reflexivo. Pero no teman, sólo volveré a emigrar. Definitivo, soy hombre de exilios. Me siento viajero eterno, holandés errante. Recibirán mis postales. Estoy seguro de no equivocarme, ustedes, como yo, aman la luna, somos lunáticos, y cuando la luna llena nos convoca, somos como dioses.
--¿Crees tú que estaba...?
--No lo sé, pero todo ha sido muy triste.

 

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