El objetivo estaba ubicado en un sector donde llegaban exhaustas numerosas calles; era casi un círculo en una leve colina. En cada rincón había iluminadores y las tiendas se lucían con vitrinas de contenidos brillantes que ayudaban a soportar el frío del invierno.
Lo amarillento del ambiente era quebrado por algunos trozos de fachadas oscurecidas por la distancia marcada por el fondo indeterminado de algunas de las arterias que conducían al centro de la ciudad. Otras descendían al mar.
Era la hora de la acción.
Alberto permanecía ligeramente oculto tras las cortinas de la ventana del segundo piso del hotel. Devoraba los detalles exteriores. Nunca se permitió hacer de ese tipo de observación una rutina. Jamás podían descartarse elementos sorpresivos que sobrepasaban las consideraciones del plan. A pesar de la imaginación de múltiples escenarios de improvisaciones.
Por eso la inteligencia para reaccionar con rapidez ante lo desconocido se valoraba como una de las grandes cualidades que permitiría el éxito y el sobrevivir.
El se había familiarizado con el sector, lo había recorrido en varias oportunidades durante la preparación del plan. También lo había hecho hacia un par de horas después de arribar al hotel cuya habitación reservó con una llamada desde provincia.
Un juego de documentos y la transformación de su rostro le producían cierta confianza. Participar en este tipo de acciones no eran todavía un problema para él; pero sabía que cuando lograran unir los nombres falsos y se apoyaran en algunas descripciones lograrían configurar un retrato hablado, y, así, llegarían a identificarlo. Entonces, quizás, llegaría la hora de marcharse, si seguía libre o con vida.
La arbitraria idea de salirse operaba como un factor que le restaba eficacia mental. Sabía que el impulso provenía de una revelación de futuro. Su relación con Patricia le abrió una vía de vida que ya había excluido. Suspiró profundamente y se apartó de la ventana.
Patricia avanzó con el furgón por uno de los radios que se introducía al círculo. Su contacto, que se nombraba Luis, le informó con un plano del sector dónde se había instalado una tabla que decía “En reparación”. Ella lo había verificado, por eso manejaba con seguridad hacia el lugar indicado.
Vestía jeans y bajo la chaqueta una blusa de gastados colores. Era muy difícil controlar sus emociones; por segunda vez participaba en una acción de vigilancia y apoyo. Su única tarea era dejar el auto con las llaves puestas en el sitio donde estaba la mencionada tabla. Y luego alejarse y observar, en la medida de lo posible, el desarrollo de la acción y los comentarios que suscitaría.
Una de las preguntas que la inquietaba era si existía una influencia determinante de Alberto en sus decisiones. La interrogación la fastidiaba porque acudía en forma repetitiva y no lograba una respuesta satisfactoria, a pesar de que tantas veces se dijera que ella ingresó a la organización sin conocerlo.
Lo vio por primera vez en los cursos de autodefensa. El era instructor. La atracción se produjo en vinculación con los movimientos de sus cuerpos. A ella le fascinó su habilidad y precisión. Pero, además, existía la leyenda de que Alberto había participado en combates en Centroamérica. Era sólo un rumor, no verificable pues vivían en un tiempo en que el silencio era igual a vida.
Alberto volvió a fijarse en imágenes de Patricia, la cual seguramente ya estaría por llegar. En cuanto la vio le gustó, le gustaba, quizás ya la quería. Era una lenta suma de emociones que devenían en un sentimiento que horadaba la costra forjada en varios años de vida áspera, muchas veces brutal. Semejaba un alumbramiento, el placer sacudía el dolor permanente del endurecimiento que le había producido la dictadura. Esa falta de lo conmovedor le preocupaba porque, al fin y al cabo, su orientación de vida fue determinada por sus sentimientos de rebeldía ante la injusticia. Y esos sentimientos se esfumaban ante la dureza de la lucha, y surgían otros que lo llevaban a despreciar el derecho a la vida. Sentía una creciente crispación ante estos cambios que se introducían en su ser y que eran reconocibles cuando ya estaban instalados. ¿Hasta dónde llegaría? No lo sabía, sí advertía que carecía de espacio y de tiempo para ser generoso. Lo que hacían los agentes de la dictadura con sus compañeros lo llevaban a la convicción de que esos esbirros eran la inhumanidad. Sus actos horrendos fortalecían sus convicciones, pero también lo conducían a la falta de piedad. Mil veces debía repetirse que nosotros somos diferentes.
Los amos pertenecían al sector acomodado, del cual él mismo provenía. Desde muy joven los rechazó porque comprendió que por encima los vinculaba el cinismo de vida y por abajo la competencia por la riqueza y el poder. Y tenía la certeza de que de caer en sus manos sufriría una venganza horrible, porque para ellos él era un traidor despreciable.
Por eso era irresistible el pensar en Patricia, lo aliviaba. No sólo se parecían en el origen social sino también en que sus vidas se encontraron estimuladas por el mismo factor, la existencia de un buen cura. En su caso el padre Simón que ejercía y sufría su sacerdocio llevando una vida real entre los pobres. El unía la prédica a la práctica y eso hizo creíble para él, en su juventud, su mensaje de amor al prójimo. Sin embargo, el padre Simón, no compartiría su actual camino. Patricia... me abrió una vía olvidada, la del amor, la única posible de transitar para no convertirme en un instrumento. Pero aún no sé como resolver los problemas creados con esta nueva relación. ¿Problemas? Bendito, Alberto, qué estupideces dices. Son nuevos sueños, y la fantasía que me acosa, ¿acosa? No, pues Alberto, no me acosa, me acaricia la fantasía de vivir juntos un futuro que creía cancelado. Qué idea más atractiva. Sin embargo, otros problemas existen: es de suyo evidente de que hay una enorme presión para que nuestra organización se disuelva. El axioma es simple: no puede existir la guerrilla urbana sin apoyo popular. Pero lo que hace la lucha armada es una política para lograr ese apoyo. Nuestros objetivos son muy claros: crecer y debilitar a la dictadura. ¡Pero no crecemos y la dictadura se debilita por otros factores! Es un hecho de la causa de que la mayoría ha optado por la vía política. Y esa mayoría se está imponiendo sobre la dictadura. Sí, son la levadura para nuestras acciones, pero todos nos condenan. La cuestión es qué política representan... No, no, no, no voy a volver a lo mismo de siempre, dar vueltas y vueltas a las mismas ideas, y... sí, hay recelos.
Patricia llegó al lugar donde estaba ubicado el letrero, “En reparación”. Mantuvo el motor en marcha, retiró la señal, y estacionó. En dos minutos se daría inicio a la acción en la cual participaría Alberto, y quizás otros compañeros, podía ser que el mismo Luis, su contacto. También lo estimaba, porque cuando le informó de la mutua atracción, y de hecho relación amorosa con Alberto, él le dijo que podía seguir participando porque el amor era la mejor protección para defenderse de los peores momentos.
El que haya sonreído le pareció en aquella oportunidad normal, pero después la persiguió esa sonrisa, cuando se le aclaró que pudiera darse el caso de que alguno cayera detenido y que los sentimientos de amor apoyarían las convicciones y la voluntad para mantener la vida de los demás integrantes de la organización.
El factor más importante para vencer la tortura es el amor, le dijeron. Ella nunca más volvió a sonreír cuando recordaba esa conversación, menos aún cuando leyó lo hecho por los torturadores. ¿Podían mezclarse sus mejores sentimientos con los peores, o más precisamente contra los peores? No, sí sería una guerra a muerte.
Incluso Luis, su contacto, como le gustaba decirle, en un par de oportunidades les asignó a ella y a Alberto una tarea de vigilancia y observación conjunta. Para lograrlo debían simular dentro de un auto o sentados en un banco de parque una relación fogosa. Con qué agrado cumplía con Alberto esa tarea. Y aunque parezca no creíble lograban obtener las mejores fotos y óptimos informes.
Sonrió Patricia y entró a un gran almacén situado en uno de los puntos del círculo.
Alberto, desde la ventana, vio llegar a Patricia. La sintió tan prójima, tenía tanto amor para ella y recordó que cuando le fue presentada la vio enseguida como un libro cuyas páginas podían ser leídas todas simultáneamente. Fue una estefanía, él lo consideró un acto religioso o mágico. La leyó a través de la transparencia de sus ojos, pequeña y desnuda, y hasta creyó oír su llanto de bebé, retraída estaba en sus juegos infantiles, risueña en medio de los escolares, agitada en la universidad, y sintió como anticipación su entrega mutua, un escapar de este mundo con el único antídoto posible, el del amor, y vio también más adelante...se estremeció y prefirió volver a ver la hora. Ella había abandonado el sector dejando el vehículo en el lugar convenido. Le llegaba a él su tiempo de salir, aún quedaba medio minuto, y aunque no sería la primera batalla, sí podía siempre ser la última, y una suerte de desaliento le cruzó su espíritu, es que no lograban modificar la situación, y la única forma de producir un cambio era continuar su lucha de hostigamiento, y lo peor, sin duda, era que estaban perdiendo legitimidad. Al comienzo sus acciones espectaculares fueron bien recibidas. Combatían con las armas a una dictadura oprobiosa. Nunca se equivocaron de blanco, ni permitieron víctimas civiles. Pero la dictadura se adornó con cierta legalidad y el país marchaba. El advirtió que ellos se transformaban en un grupo aislado enfrentado a una guerra particular contra los aparatos del Estado. La situación se complicaba porque pudieran derivar en un grupo cuyas acciones dejaran indiferente a las masas o a que la sociedad en su conjunto los percibiera negativamente.
El otro problema que le preocupaba era hasta qué punto eran prisioneros de la violencia iniciada por la dictadura. Hemos sido audaces y heroicos, sí, pero la situación ha cambiado, y seguimos operando con las mismas tácticas y con parecida intensidad. Tenemos las armas y éstas exigen ser usadas. Es la compulsión de las armas, pues cuando cae un compañero nos sentimos en el deber de dar una respuesta contundente y, además, si no las gatillas, qué puedes hacer con ellas.
Comprobó que estaba en la hora. Se acabaron las dudas, ninguna vacilación cruzó su mente, vistió su chaqueta y se concentró en su tarea. Una vez comenzada la acción debía realizarse con la mayor decisión y energía, sólo se admitía la cautela y la prudencia para asegurar su éxito.
Alberto se dirigió a la escalera para abandonar el hotel.
Patricia entró a la tienda donde podía fingir que compraría algo y al mismo tiempo mirar por las ventanas. De pronto la invadió una sensación de amargura, pues la cubrió el deseo de vivir en paz, de terminar sus estudios, ser profesional como sus padres, preocuparse de Alberto y tener hijos. Era tan indignante la ausencia de esos factores mínimos de vida, tan injusto el vivir ocultos, caminar con sentimientos embozados, no poder hacer amistades y simular con los vecinos y... ¡Nunca poder ser una misma! No le causaba dolor el participar en las acciones, sino la invasión del poder de la dictadura que impedía participar en un proyecto de país, donde todos tuvieran algo que hacer y compartir. Prácticamente no se puede conversar con nadie de todo, ni siquiera con Alberto. Cada grupo tiene su pesadilla o su sueño, el país está formado por fragmentos. Y el peor, el monstruo uniformado.
Levantó la vista y miró hacia afuera donde en segundos debía empezar la acción. Recordó las tensiones de las noticias, el odio de unos contra otros, los fanatismos y las guerras, y se sintió cansada; su país, el mundo la agotaban, y pensó que debía existir algo muy especial para seguir viviendo.
Definitivamente comprendió que nunca le agradó la violencia y súbitamente temió por la vida de Alberto. Se sentía inmersa en una cadena de acontecimientos y tenía la duda razonable de que nunca pudiera reintegrarse a una vida normal. Abstraída escuchó:
--Sus documentos, por favor –se volvió, ya estaba inmovilizada. Al mismo tiempo se escucharon los primeros disparos.
Llegó la hora del amor, pensó Patricia con un profundo dolor y rabia, pero logró, en segundos, erguirse con dignidad ante los dos policías.
Alberto avanzó resueltamente hacia la armería donde la luz artificial producía una sensación de irrealidad que se reflejaba en los rostros de un par de personas que transitaban sobre la calle.
Cuando estaba a escasos metros del objetivo advirtió el brusco movimiento que surgió en una de las bocacalles y simultáneamente vio a dos sujetos que se dirigían hacia él.
--¡Lucho! –rugió y extrajo su pistola, se inclinó, disparó y corrió hacia el auto dejado por Patricia con la llave puesta.
Presionó a fondo el acelerador cuando sintió que Lucho disparaba contra los agentes desde el asiento trasero.
Condujo rozando uno de los muros para despegar a uno de los policías que corría casi pegado al automóvil.
Enfiló hacia una de las calles que descendía hacia el puerto mientras se extinguían los gritos y los disparos por la distancia y el ruido del motor. Seguramente uno de los grupos de apoyo estaría atacando.
--¡La segunda opción! –gritó Lucho cuando al girar el auto en una de las esquinas disminuyó la velocidad para permitir que se descolgara y así eludir separados la persecución.
Se dirigió hacia los muelles, pero al hacer los cambios Sebastián, ¿Sebastián? tuvo la intuición de que algo raro sucedía, pero cómo equivocarse en su nombre, no logró precisar en ese momento angustioso lo erróneo y absurdo, pero no podía detenerse pues ya corría por el muelle 5, largo e iluminado.
Sus perseguidores frenaron en forma chirriante, golpearon las puertas, comenzaron a dispararle.
El saltó la pequeña barrera lateral del muelle y resuelto se lanzó al espacio, hacia la profunda oscuridad del mar, confundiéndose con el movimiento y el estruendo de las olas.
Mientras estaba sumergido se renovó su estupor. Estremecido recordó que nunca había manejado un auto.
Con sobresalto, en medio del embravecido mar, la memoria le dijo que la única oportunidad que tuvo para aprender a manejar fue a los 18 años.
Y la inutilizó porque chocó la citroneta amaranto de la tía Marta en contra de un muro que la convirtió en chatarra. A su pariente las convulsiones le duraron una semana.
Nadaba y pensaba que debía existir un mar de olvido en su conciencia que no le permitía situar en su memoria febril cuando aprendió a manejar, puesto que sólo hacía algunos minutos lo había hecho con una destreza que se adquiere en la juventud y se consolida con años de experiencia.
Espantado admitió la contradicción, respiró anhelante. Casi enseguida distinguió con alegría el ruido de un motor que debía ser la lancha salvadora establecida como alternativa ante el posible fracaso del asalto.
De improviso vio girar el poderoso foco de una luz, semejante a un faro, que partía lo negro, mezclándose al furor de las olas y que le alumbró de lleno la cara.
Sintió el golpe brutal sobre el agua de una gruesa cuerda que en su extremo portaba un salvavidas, al cual se aferró con toda su alma porque vivamente recordó que no sabía nadar debido a que, cuando era niño, casi se ahogó en una tina de baño
Enseguida escuchó que alguno le gritaba “Shomideguey!” y con resentimiento se dijo que todo no era mas que un idiotez porque esa palabra era una simple evocación infantil, mil veces oída en películas de vaqueros; norteamericanas por añadidura.
Airado se soltó y hundió en las profundidades del océano.
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