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Con Ricardo viajábamos en un vehículo de una línea de microbuses después de muchos años sin vernos. Su hija jugaba sobre sus piernas mirando a través de la ventana. Era un viaje que yo no podía captar en su integridad, pues no me formulaba la pregunta de cuándo lo acordamos y el porqué habíamos decidido subir a ese microbús. Simplemente íbamos hacia alguna dirección, seguramente conocida, y no me inquietaba el ignorar algunos elementos de la destinación. Y no me preguntaba hacia adónde íbamos porque mis reflexiones las llenaba el mismo Ricardo a quien no había visto desde hacía largo tiempo. Lo observaba y me sorprendían sus cambios; había apurado su vejez, y en su rostro se marcaban en exceso aquellas que fueron tenues ojeras; su palidez, natural y agradable, había tomado un tinte enfermizo y, como sucedió a muchos, había perdido pelo hasta parecer casi calvo. Ricardo tendría sobre cuarenta años, se mantenía delgado, pero habían desaparecido su antigua seguridad y rapidez de movimientos. Sin embargo, a pesar de esas señales negativas, su aspecto representaba serenidad. Y aunque había retornado después de una ausencia de ocho, diez o más años, tenía una mirada de indiferencia hacia las calles. El dato de cuántos años había estado ausente era irrelevante, porque ese fue un tiempo marcado por acontecimientos que volvieron ilusorio el uso calendario. Fueron las olas de terror las que se contaban y también cómo los aparatos clandestinos eran afectados, en vidas, frente a esas mareas y las consecuentes transformaciones selladas con sus correspondientes decretos con fuerza de ley. Las celebraciones del Año Nuevo fueron suspendidas, pues no había nada que festejar salvo, tal vez, el mantenerse todavía vivos. Ricardo no miraba con curiosidad el exterior que, ante nuestros ojos, quedaba atrás. Obviamente no podía ser desinterés ante los cambios de las fachadas sino más bien creo que era una actitud consciente. Porque durante ese período, él, yo y otros aprendimos que una gran cualidad era el ser anodinos. El ideal de vida era no representar nada, lograr que nadie se fijara en uno, y para alcanzarlo había que empezar por vestirse de manera sencilla. Nos esmeramos en borrar toda singularidad en la presentación personal como usar patillas, barbas, bigotes especiales o llevar el pelo largo. Naturalmente si a una persona le caía como anillo al dedo el bigote se lo dejaba. Lo que había que eliminar era todo aquello que pudiera sobresalir. Llegar a ser nada era un objetivo de primer orden. Y había que lograrlo, por cierto, desde adentro para que hacia afuera, en los ojos, se transparentara la nada. Pero creo que en el caso de Ricardo ahora era su hija la que concentraba su atención. Ella era encantadora, pero muy indiscreta, porque de pronto preguntó: papá, por qué los militares son malos; lo que produjo entre nosotros una enorme sensación de turbación. Descuidadamente miré hacia los pasajeros, pero aparentemente nadie había oído. Ricardo tuvo que esmerarse en hacerla cambiar de tema. La niña nos puso nerviosos, y creo que no sólo a nosotros. Normalmente era mejor no viajar en bus con los niños. De hecho era preferible no salir nunca con ellos donde hubiera gente desconocida o aleccionarlos muy severamente acerca de que determinados temas no se debían tratar ante otras personas. Antes sólo el sexo había sido tema tabú, ahora se sumaron muchos y ese era un problema más complicado para los adultos que para el entendimiento de los niños. Era tabú hablar bien del gobierno anterior o de los partidos que lo componían; el comunismo y el socialismo estaban prohibidos, es decir casi toda la política estaba bajo el sable, y así muchos otros temas. Esta situación era penosa, pues nos vimos forzados a reducirles el mundo a los niños y muy pocos podían pronosticar qué iría a resultar de esas generaciones que crecerían bajo la dictadura. El bus se distanciaba del sector central donde se bajaron y subieron muchos pasajeros y, a propósito de las palabras de la hija de Ricardo, derivé hacia el recuerdo de que en nuestras conversaciones de niños jamás estuvieron presentes, como factor, los militares. Sólo en la escuela, poco antes de terminar la preparatoria, o un poco después, llegaron a mis manos folletos sobre las carreras que ofrecían sus academias. Pero nunca me importaron. Sólo había vestido un uniforme, el de scout, porque encontré interesante el cierre metálico del cinturón que usaban. Pero solamente una vez salí a la calle vestido con el uniforme y me sentí tan ridículo que lo devolví y me retiré de esa organización, pues en ese tiempo de estudiante de la enseñanza media lo que me atrajo fue la política. A Ricardo lo conocí, precisamente, en la organización política cuando recién llegué a la capital a proseguir mis estudios en la Universidad. El era dirigente. Me pareció brillante cuando lo escuché analizar la política nacional y mundial. Ningún concepto le sobraba. El conocía la historia de cada palabra política. Tenía extensos conocimientos derivados de infinitas lecturas, era preciso en la utilización de los conceptos, y demostraba capacidad para vincularlos y aplicarlos en forma creativa a la realidad. En la primera reunión yo intervine y dije algo relativo a considerar el sentimiento de las masas estudiantiles. Ricardo, comprensivo, explicó qué significaba ser partido de vanguardia y cuál era la esencia y adónde conducía el seguidismo en política. Era la primera vez que escuchaba ese concepto, seguidismo, y traté de olvidarlo y jamás utilizarlo porque recién comprendía que existían palabras peligrosas, pues los demás enseguida me miraron con la sospecha de que yo pudiera representar en política a un „seguidista“ de los sentimientos de espontaneidad de las masas que no siempre podían ser los acertados en la situación concreta de que se tratara, lo que no quería decir que no fueran los adecuados en otra situación concreta. Para conocer el significado de “situación concreta” había que estudiar muchos libros, me explicaron. Con Ricardo comprendí el valor de cada concepto en política y de lo arriesgado que pudiera ser la más mínima equivocación en su uso. Desde entonces hablar representaba para mí un ejercicio más difícil que caminar sobre una cuerda floja. Cualquier error en la formulación de una idea podía significar ser corregido por Ricardo u otro y quedar como sospechoso de representar alguna posición errónea. Se hablaba de quienes habían cometido tal o cual error, y lo dañinas que pudieran ser esas desviaciones. Muy rápidamente comprendí que existe una línea elaborada y que era esa, y no otra, la que había que estudiar y explicar. Pero más peligroso era todavía mirar, conversar o salir junto con alguno de los que padeció o padecía una determinada enfermedad o desviación y al cual se había conocido y se había apreciado en el pasado, es decir cuando todavía esa persona pensaba en forma correcta, no desviada, no enfermiza. Incluso había libros que trataban algunas de esas enfermedades, calificadas, algunas, de infantiles. Naturalmente que yo no quise enfermarme, y me cuidé rigurosamente durante ese período. Es que la palabra enfermedad la asocié, enseguida, a malestares, dolores y sufrimientos, muchas veces había que guardar cama y, en determinados casos, como me había ocurrido, uno podía ser hospitalizado. anestesiado y operado. La anestesia era para mí como morirse. Tampoco nadie podía garantizar que uno se restableciera. Y años más tarde me sorprendió que la dictadura también tratara la política como un sistema tan parecido al hombre. Esta, la política, podía ser sana o enferma. Pero en el caso de la dictadura la situación fue más grave, porque nosotros, según ella, padecíamos de una enfermedad terminal, incurable, nada menos que cáncer. Por eso un general acuñó el concepto político que exigía a las Fuerzas Armadas el cumplimiento de la misión de „extirpar el cáncer marxista“. En los años de mis estudios en la Universidad , mucho antes del golpe que entronizó a los militares, tuve un muy buen amigo en la organización, Bernardo, el cual empezó a desviarse, y esa nueva condición era in disimulable, pues el mismo se encargaba de hacerlo notar. Hasta que ocurrió lo irreparable; Bernardo fue sorprendido con otros en una reunión que estaba desviada, es decir al margen de las normas regulares. Naturalmente todos fueron expulsados y nosotros informados y advertidos de que padecían una grave enfermedad política. Cuando alguna vez divisé a mi ex-amigo Bernardo, yo miraba en otra dirección para no encontrarme directamente con él y conversar pues temía que me contagiara. El, sin embargo, miraba con sus ojos divertidos y parecía estar más sano que nunca. Lo más grave que me sucedió con él después, ya en el exilio, fue cuando viajaba en el metro de París, y de pronto Bernardo se sentó en el mismo asiento, frente a mi. Era de una estupidez inimaginable que no nos saludáramos y conversáramos. Salimos en la misma estación y empezamos a caminar algunas calles, pues decidimos beber cerveza. Avanzábamos sobre una acera hacia una cervecería cuando advertí que venían hacia nuestra dirección Ricardo y su hermano. Me produjo tal confusión, miedo y espanto la situación que empecé a gritar pero, afortunadamente, en ese entonces estaba ya casado así que mi mujer me salvó de morir de un infarto cardíaco pues me despertó, cuando yo sudaba y tenía unos ojos en los cuales se retrataba el pánico; ¿de nuevo pesadillas con la dictadura? me preguntó. En el bus las interminables preguntas de su hija no permitían una conversación con Ricardo. Sólo intercambiábamos monosílabos, sonrisas. De improviso alguno le habló a Ricardo: --¡Hola, --musitó la voz. --Hola –respondió quedo. --¿Cómo estás? -- --Bien, gracias. ¿Y tú? --Muy bien, supe que habías llegado, en estos días te iré a visitar, bueno, adiós, tengo que bajarme, buena suerte –dijo la voz Se miraron, casi sonrieron. --Buena suerte –contestó Ricardo. La voz había sido de Eduardo, amigo de Ricardo que se bajaba en ese paradero y él no tuvo tiempo para mirarme, pero yo me fijé que vestía impecable, era impresionante su elegancia. No era de aquellos que intentaba parecer anodino. Cuando la niña se durmió mientras el bus avanzaba por calles desiertas aproveché de preguntarle a Ricardo por Eduardo. Sigue realizando tareas importantes. Ahora es abogado de una gran trasnacional, un monopolio progresista, de izquierda, dijo. Recordaba muy bien que Eduardo carecía de la finura de Ricardo, pero poseía mayor audacia, la que exhibía cuando participábamos en manifestaciones universitarias. Algunos confundían su audacia con ambiciones políticas. Parece que algo había de esa legítima ambición. Sí, pues cierta vez lo advertí cuando había una gran concentración popular en la capital la cual sería cerrada por el candidato que después sería presidente y más tarde derrocado por los militares. La organización me designó para que hablara en representación de los estudiantes universitarios. Ricardo conversó largo conmigo explicando las ideas centrales que había que exponer. Yo miraba tan a la ligera la vida que ni siquiera tomé notas de lo que dijo. Eduardo quedó de avisarme cuando yo debería subir al escenario. Sin embargo, más tarde, mientras conversaba con una amiga, advertí que él pronunciaba mi discurso. Yo no daba importancia a esos hechos, pues hablar era para mí una tortura. No era apto para la política. Para eso había otras personas, como Eduardo. En ese tiempo aprendí que existen personas que exponen la verdadera línea política y otras que se preocupan de que todos la entiendan, la formulen y la apliquen. Eduardo pertenecía a esta segunda instancia. El asumía esa tremenda función de custodiar las palabras que saldrían de la boca de los hombres y que debían representar la pureza de la línea política. Su función era de una importancia extraordinaria. Si Ricardo velaba por elaborar y exponer la pureza de la línea, Eduardo se preocupaba de que esa pureza se extendiera a todas las personas que estaban autorizadas para hablar. Conjugaba pureza con más pureza. Ambos eran como un sólo y gran cardenal, y, naturalmente, yo muchas veces sentí, aparte de mi natural respeto y admiración, también temor ante ellos. Era lo mismo como si un simple cura de barrio se presentara a dar examen ante Ratzinger. Ellos eran, para mí, personas con grandes cualidades, e incluso tenían un cierto tipo europeo que yo, en aquel entonces, admiraba como superior cultura. Eduardo, sobre todo, hablaba como los habitantes del barrio alto. No puedo decir que se identificara con ese sector, sino que parecía ser como ellos lo que, en definitiva, le daba más peso en la organización compuesta en muchos casos por personas de modesta condición. Por ejemplo, yo tenía una apariencia más indígena que europea, y, por añadidura, cargaba sobre mi espalda algunas de esas lacras atribuidas a los aborígenes. Pero por mi propia condición mestiza, y mi origen social, pues era hijo de obrero, siempre me proponían para representarlos. Mi cara concordaba con la organización. Esa era una contradicción interesante, yo tenía cualidades naturales objetivas, pero subjetivamente carecía del talento para representarlas. Mi condición especial se prolongó hasta que caí en cierta impureza. Fue cuando Eduardo se enojó y violentó ese cierto oportunismo en la utilización de mi persona por mi origen social o por mi mestizaje. Me propusieron para algún cargo importante, y él, con esa valentía que lo caracterizaba, en una reunión de la organización, rechazó mi designación y explicó con sólidos argumentos su oposición acusando a varios de caer en la archiconocida desviación del culto obrerista. Dijo que la condición modesta no garantizaba una pureza de línea o de conducta. Expuso numerosos ejemplos de burgueses que representaron mejor esa pureza que cualquier obrero. Y denunció que yo era una persona que bebía cerveza en el casino de estudiantes y a menudo no asistía a clases. „Es un casinero“, dijo. Naturalmente la palabra de Eduardo era imbatible. No me defendí, porque era una santa verdad que me agradaba beber cerveza con mis amigos y sostener conversaciones que no tenían nada que ver con la política y sí muchas veces con muchachas. Por primera vez en mi vida sentí cierta culpabilidad por beber cerveza con mis amigos y sentí como delito sentarme en el casino estudiantil. Era como una suerte de pecado católico, aunque secretamente me alegré de que no me designaran, porque si lo hubieran hecho habría tenido que empezar a fingir y a comportarme como dirigente, y, entre otras cosas, reprimir mis deseos de beber alguna cerveza y conversar con mis amigos sobre temas frívolos. Verdaderamente en esos años no me consideraba con cualidades políticas y me había desviado hacia la literatura, pues participaba en un grupo cuyos componentes manifestaban comportamientos muy irreverentes y se burlaban con sarcasmo inaudito de los dirigentes políticos. En ese sentido, Eduardo tenía ojo clínico, pues conmigo no se equivocaba. Pero creo que él tenía amigos informantes, pues no encontré otra manera de explicarme cómo sabía tantos detalles de mí actividad cervecera si estudiábamos en facultades diferentes. A medida que el bus avanzaba por calles desconocidas, que rápidamente quedaban atrás, supe que Eduardo finalmente se salió de la organización y que dejó tras suyo, en su pasada estela de vida, un camino lleno de cadáveres ideológicos y políticos que correspondían a los que se apartaron del camino recto. Debo añadir que Eduardo fue una de las pocas personas que conocí a lo largo de mi vida sobre quien algunos, después de su muerte, hablaban con... Pero pudiera ser que la tarea de custodiar la línea de la verdad no sólo sea ingrata, sino que represente un duro sacrificio de vida, y que probablemente derive, en algunos casos, hacia la amargura, por la falta de comprensión ante el heroísmo de combatir personas que pierden el equilibrio en la línea. Tal función, sin duda, requiere de un espíritu especial de sacrificio. En todo caso, cuando él también desapareció de este mundo ya no había nadie que lo criticara, porque con él se fue la pureza que a tantos les faltó. Avanzamos por calles desiertas. El microbús estaba casi vacío. No advertí siquiera en qué momento y dónde se bajaron tantos pasajeros que conocía. Es que era un desplazamiento en cámara lenta, aunque nunca, y esa es la estricta verdad, pude fijar mi vista en alguna fachada de las casas de madera que pasaban ante nuestra vista porque el bus, a veces, parecía viajar a velocidades increíbles. La única fachada que conservaba en mi memoria era la de la casa de mi infancia y parte de mi juventud. Era una casa gris con una entrada que se dividía en dos puertas que permitían el acceso a casas distintas. Y sobre esa puerta central un balcón en forma de medio círculo inútil. En ambas casas habitaron mi primer universo, mis sentimientos, sensaciones y relaciones que alimentaron mi memoria, mis gustos y mis desviaciones de toda índole. En cambio las restantes fachadas de miles de casas que atravesamos mientras el microbús avanzaba no fueron retenidas, no encontré ninguna particularidad, salvo la de los edificios históricos que, como se parecían, se me grabó una imagen que los representaba a todos. De pronto vi a un hombre que se bajaba en el paradero abriéndose paso con cierta rudeza, casi a codazos. Lo reconocí enseguida. ¡Era Enrique! Un antiguo integrante de nuestro grupo en la organización. Antes de bajarse nos miró, sin saludarnos, con indisimulado enojo. --¿Era Enrique? --preguntó, comentó Ricardo. --Sí –dije y recordé la polémica que había sostenido Ricardo con Enrique. Había muchas diferencias entre ambos, empezando por la apariencia. Ricardo siempre vistió con esmero, elegante, de terno y corbata. Enrique como cuando se está en casa el día domingo. Parece que salir a la calle era para él como ir de excursión, pues vestía pantalones no bien planchados, pero cómodos, y algún grueso pulover en invierno o una simple polera en verano o camisa de mangas cortas, pues era un hombre no muy alto, pero sí macizo. El duelo ideológico entre ambos se produjo cuando en el campo socialista un gran país invadió a uno pequeño. En este pequeño país se habían enfermado casi todos, desde el mismísimo presidente hacia abajo. Y hubo que operar, intervenirlo, para sanarlo. La discusión sobre el tema se prolongó por varias sesiones. La esperábamos con expectación. Conocía muy bien a Ricardo, menos a Enrique que era un hombre que hablaba muy poco conmigo, sin saber yo, en ese entonces, que tal vez no lo hacía porque me veía como un „seguidista“, no de las masas, sino de Ricardo. Tal vez en el fondo me despreciaba o lo dejaba indiferente. Para mi Ricardo era lo oficial, lo seguro; Enrique, en cambio, representaba un punto de vista áspero, crítico, sensible, a veces angustiado, con grandes sentimientos en otras oportunidades, y que nadaba contra la corriente. Iba contra lo oficial, contra lo de arriba, contra el creer de todos nosotros, o sea contra Ricardo que era una fábrica de argumentos a favor de la invasión. Antes de llegar al último paradero quise comentarlo con Ricardo, pero éste también había desaparecido y su hija dejó, antes de bajarse, algunas cosas olvidadas. Me sorprendió la situación, pero comprendí ya nada me unía a Ricardo, pues en ese pequeño lapso, antes de llegar al último paradero, súbitamente supe que él había expuesto y defendido con brillo y talento ideas equivocadas. El bus finalmente llegó al último paradero y cuando me levanté maduré la conclusión, tardía por supuesto, que Enrique tuvo la razón, y que él, ya desaparecido, representaba la esencia, la verdad; había sido un verdadero intelectual. Ricardo la noción muy estudiada y exacta de las sombras proyectadas sobre la pared. Al fijarme en la realidad advertí que tampoco estaba el chofer, y en medio de esa soledad, me puse a revisar el microbús, y encontré otros objetos que puse bajo mi brazo, incluidos un resto de bicicleta de niño y mis propios juguetes. Afuera había un tiempo normal y yo vestía de acuerdo a ese clima. Quizás ya era verano, y bajé del vehículo con los bártulos sin asombrarme siquiera de soledad de ese último paradero de buses. Miré hacia el horizonte desolado y cuando me volví para reencontrar el microbús éste ya se había largado. Las casas habían desaparecido. Tampoco se divisaban seres humanos. Pero no era excepcionalmente raro, pues los últimos paraderos que había conocido presentaron esa condición de desolación. Cuando viajé por última vez con mi padre, por ejemplo, también nos quedamos solos en el último paradero. Me enojé mucho con él por llevarme a ese paraje solitario y desconocido. Pero él mantuvo gran serenidad y pude perfectamente oír su gran suspiro de alivio al avistar la sincronía de ese cercano horizonte. Comencé a caminar y al término de esa calle vi un declive pronunciado. Tomé un sendero trazado por muchas pisadas, y pronto tuve que empezar a abandonar los objetos, pues eran una carga excesiva y, en rigor, no me serviría de nada el coleccionarlos. Era absurdo llevarlos conmigo. No tenía ya hijos. Para qué juntar tanta huevada inútil, me dije con gran enojo. A lo lejos divisé algunas figuras que me precedían. Apresuré el paso y también llegué a ese punto, y muy abajo, al fondo, se veían transeúntes; me detuve, intenté distinguirlas, pero era imposible. Reanudé la marcha con pasos largos, luego, nervioso empecé a correr, con muchas dificultades, y volví a detenerme para tratar de reubicar esas imágenes. No había nadie, ni nada. Volví mi rostro y ahora divisé multitudes de formas atrás, pero a una distancia inalcanzable. Pero, de pronto, como mazazo, recordé que no sabía adónde iba. Sólo podía recordar que mi encuentro con Ricardo y su hija no fue casual, sino convenido, pues debíamos participar en una reunión en un lugar cuya dirección ambos conocíamos. Pero no la recordaba y no revisé mis bolsillos porque de la dictadura aprendí a no andar nunca con papeles, menos con nombres o direcciones. Y ahí estaba, detenido, solitario, y cuando volví a mirar atrás vi que las figuras también estaban paralizadas. Sin dejar de mirar hacia atrás avancé un paso y advertí que también se movían ligeramente. Di dos pasos rápidos y la multitud también lo hizo. Me indigné, porque era un juego indecente, pues jamás nos encontraríamos si avanzábamos separados por una distancia inconmensurable y constante en la misma dirección. Y cuando volví a fijarme hacia abajo advertí que ya había oscurecido. Y sólo me había retrasado algunos minutos recogiendo objetos olvidados en el microbús. Sentí mi sudor igual a cuando asistí a mi primera reunión clandestina en el tiempo inicial de la dictadura. Me dieron la dirección de la casa adonde debía ir, y me dijeron que quedaba en la vereda poniente, después de caminar por la acera norte. Fue espantoso porque un velo transparente de mugre en suspensión tapó la cordillera y yo quedé en una calle sin poder deslindar el oriente del poniente ni el sur del norte. Sudé como ahora, y caminé por las mismas calles y observé las mismas casas hasta que tuve que irme porque el despertar sospechas en ese tiempo representaba lo peor. Y ahora, cuando motivado por la angustia quise dar marcha atrás tuve la sensación de que la noche sería tan negra que jamás daría con el camino de regreso y es que, además, creía tener la seguridad de que no había camino de retorno. Ni siquiera intenté volver a girar la cabeza. Con mi viejo corazón cansado, palpitante, sucediese lo que sucediese, decidí seguir caminando el sendero dejado como huella por quienes me precedieron. Tampoco tenía alternativa, pues hacia los lados no había direcciones. Mi camino era lineal, desde atrás hacia adelante o, quizás, bajo determinadas circunstancias, me podía formar la idea de que era al revés, de adelante hacia atrás. Pero esa ocurrencia era una formalidad, pues yo lo sentí como una línea y no, por ejemplo, como avanzar desde un punto central hacia distintas direcciones, aunque, quizás, esas posibilidades existieron, pero, en todo caso, no correspondían ya a mi situación actual. Así, inseguro, conjeturando, con mis ojos inútiles, seguí la marcha que se hacía vertiginosa, y en un momento de absoluta clarividencia, empecé a sollozar, y luego lloré mi desolación, profundamente apenado, porque era la primera vez en mi vida que lloraba, y lloraba porque a pesar de todo ...
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