Fue
una respiración inhumana la que sentí tras mis orejas, un
hedor espeso violó mis fosas nasales y una fuerza inusitada presionó
mis espaldas. Me indigné, porque el tipo debió advertir
mi imposibilidad para avanzar más rápido o para darle la
pasada en ese largo túnel del metro.
Formaba
parte de una madrugadora masa compacta que se arrastraba como anillos
de gusano, hombro a hombro, lado a lado, pecho a espalda, genital a culo,
moviendo los pies con un ritmo forzado, inevitable.
Por eso me molesté cuando sentí el empujón y luego
ese aire apestoso que llegó a silbar hiriendo mis oídos.
En la primera media hora fuera de mi casa el transporte asaltaba mis mejores
deseos de ser amable. Mi malestar era enorme, pues en aras de ganar algunas
horas de paz incluso había dejado de oir el noticiero matinal.
No concluía estas mínimas reflexiones cuando mi cuerpo,
bajo mis espaldas, casi se dobló por la fuerza del golpe y volví
a sentir esa expiración hedionda. Ni se lavó los dientes,
cretino.
Me removí airado, disculpándome avergonzado ante quienes
estaban delante impedidos, como yo, de girar sus cuellos. Al mismo tiempo
traté de clavar mis codos hacia donde se encontraba el agresor.
Pero ya llegábamos a la escalera de ocho peldaños que descendía
a una espaciosa estación subterránea del metro.
Cuando
el ruido de los carros que salían y llegaban se incrustó
y moví mi pie para descender sentí el dolor de la garra
que golpeó mi hombro derecho y me lanzó hacia la izquierda.
Trastabillé, logré afirmarme sobre la palma y evité
quedar tendido o golpearme la cabeza. Mi airada mirada siguió a
quien, vestida de uniforme, con un rugido se abrió paso; el odio
cubrió de sangre mi rostro cuando la maldita tigra, que corría
a dos patas, luego de mirarme furibunda, desapareció entre los
pasajeros.
Me levanté para componer mi ropa; desolado, el maldito animal había
destruído mi montgomery nuevo. La rabia me paralizó hasta
que alguno volvió a empujarme. Pasé mis manos sobre mi rostro
cansado tratando de colocar el chaquetón en su lugar.
Me encaminé hacia la acostumbrada escalera mecánica para
salir a la superficie y llegar a la oficina. Pero había un letrero:
„En reparación“. ¡Qué locura! Miré
el reloj: debía volver a un carro del metro, buscar otra salida,
caminar varias cuadras. Era el colmo del fastidio.
Más
tarde salí del carro y comencé a remontar la última
escalera a pie, pues la mecánica tampoco funcionaba. Con espanto
vi a un tipo que se colocó un cartucho entre los labios, encendió
un fósforo que alumbró su cara enronchada y luego estalló.Acongojado
vi mi montgomery rasgado en un hombro y, ahora, manchado.
Peldaño a peldaño completé mi ascensión y
me dirigí a mi trabajo. Llegué a una esquina donde un grupo
hacía cola ante un quiosco pequeñísimo para comprar
veneno. Miré el reloj y me ubiqué tratando de imaginarme
cómo habrían sido los antiguos cielos azules. Una voz cálida
me preguntó qué quería. Entreabrí los ojos
y vi su cara de luna y su dentadura metálica. Nos reímos
a carcajadas y contesté: nada. Me despedí con un gesto de
la mano. Fui hacia la oficina.
Casi
enseguida divisé que ante el edificio había numerosas personas
armadas vistiendo uniformes grises; ocupaban toda la calle y estaban en
posición de combate.
Avancé para preguntar qué más ocurría en este
maldito día cuando sentí los objetos voladores ¡eran
bombas! Corrí a ocultarme pues en ese mismo instante escuché
explosiones: comenzó una confusa balacera. Me tiré al suelo.
Todavía no me recuperaba del espanto cuando
un uniformado me cogió desde la destrozada chaqueta y con gran
fuerza me levantó en el aire. Fui conminado a apoyar mis manos
en la pared y abrir las piernas. Me revisaron. Pronto apareció
un microbús.
„Adentro con este violentista de mierda“ gritó alguno
y me empujaron junto a los demás hacia el interior donde recibí
una patada para que cumpliera de inmediato la orden de tenderme sobre
otras personas que yacían en esa posición. Quedé
ante el rostro de una muchacha.
„Hola“,
le dije, pero no me contestó, tenía una expresión
dolorida. Parece que mi saludo le sonó a broma. Puse cara acorde
a la circunstancia.
--¿Tú lo crees? --me preguntó.
--¿Qué cosa? --respondí.
--Oye, huevón, ¿de dónde vienes cayendo? --dijo con
voz casi inaudible.
Me sentí ofendido, callé; dije:
--Todo comenzó con una tigra que vi en el metro.
Me sentí como un insecto.
--Pero no tienes cara de imbécil –susurró al dejar
de mirarme con atención.
--Oye, no te permito que me insultes --dije enojado, quise girar mi cabeza,
pero no pude porque ya habían lanzado a otros a mi lado que imposibilitaban
todo movimiento. Era un silencio raro, forzados a mirarnos sólo
a los ojos.
--Hasta
ahora siempre había dirigido mi vida, pero esa condición
creo que se acabó – dijo cambiando el tono de su voz; quizás
comprendió que yo era inofensivo.
--Y no se trata sólo de que disfrutaba de una situación
conocida en el barrio, con mis amigos y compañeros de estudio,
no, es más que eso, sabes, yo tenía planes, quería
ser profesional, casarme, tener hijos, y ocupar la misma casa de mis padres...
siempre creí que el futuro era mejor que el pasado, ¿entiendes?,
pero eso se terminó, al menos para mí, porque hay que ser
muy despistado políticamente para no saber qué está
ocurriendo hoy día, hay que ser casi idiota --dijo, pero agregó:
--Sin ánimo de ofender a nadie.
Era una muchacha interesante, debía tener unos 22 o 23 años,
y su rostro era... atractivo.
Por los ruidos, los disparos y los gritos parece que afuera seguía
la guerra.
Cuando ella continuó rodaron lágrimas sobre sus mejillas:
--De todas maneras tengo un sentimiento de incredulidad, porque nunca
pensé que se llegara a ... --y al suspender su hablar me rodeó
la tentación de formular la pregunta para reanimar esa voz mutilada,
truncada, pero callé, porque tuve verguenza de decir algo que no
resultara apropiado para ella; Tampoco quise volver a aparecer como un
ignorante, aunque simplemente no sabía que ocurría
--Lo peor es, sin embargo, el sentimiento de pérdida, tú
seguramente no lo puedes comprender, pero ¿puedes imaginarte un
aborto?, mejor no sigo --dijo, cuando apenas podía oírla
por el ruido del motor del bus policial.
--Por favor, sigue, completa todo lo que quieras decir --musité.
--No sé si crees en el destino, yo misma no lo sé, pero
estoy segura que si tenía alguno, ese destino hoy fue cambiado,
y sé que iré en otra dirección, si es que voy a alguna
parte; es inimaginable, yo misma no lo puedo todavía comprender
del todo, es más bien intuición, porque lo que está
pasando es... es posible que en las próximas horas vayamos a morir.
Por todo comentario distendí los labios incrédulo.
--Oye,
me das pena --dijo.
Absurdo, era un día con muchas equivocaciones. Aclararía,
pensé y dije:
--Te ruego que no te formes una opinión precipitada.
Contestó que estaba bien y luego dijo:
--Seguro que sí sabes de sueños, pues quién no ha
escuchado o contado un sueño. Mi mamá todas las mañanas,
mientras desayunábamos, nos contaba los suyos. Su relato era más
interesante que una serial en la tele. Eso fue cuando yo vivía
en el sur. Pero tener un sueño colectivo es otra cosa, ¿comprendes?
Soñar lo mismo de a miles, de a millones, a la misma hora, en los
mismos días y noches, en los mismos meses y años, soñar
las mismas circunstancias, y encontrarse en el sueño, todos, marchando
por la alameda, gritando, y tú ves en ese caminar que tenemos las
mismas emociones y disfrutamos los mismos sentimientos, porque si miras
a la persona que está a tu lado ves que comparte... ¿entiendes?
Asentí, con dudas, porque seguramente habían otros grupos
que también tenían sus propios suenos, diferentes, antagónicos...
pero ella siguió susurrando con premura, porque esa muchacha necesitaba
hablar, tal vez para aquietar el miedo que desbordaba sus ojos.
--Y ese sueño hoy ha terminado --dijo y empezó de nuevo
a llorar: --Aunque quizás se vuelvan a abrir las alamedas como
dijo el presidente --añadió con dolor.
Tuve pena, pensé que tendría que ayudarla, la invitaría
al cine para ver Romeo y Julieta, cuando saliéramos de nuestra
extrana situación que ya empezaba a inquietarme.
Felizmente
no fue un tiempo excesivo, porque repentino el bus se puso en marcha.
Luego de un recorrido que me pareció breve llegamos a algún
punto. Ordenaron bajarse.
Afuera se escucharon ruidos, gritos y carcajadas, muy ordinarias.
Me tocó mi turno cuando me agarraron del brazo y me tiraron hacia
afuera donde había dos filas que formaban un largo túnel
verde. A correr, terrorista de mierda, dijeron y me empujaron y empezaron
a llover palos sobre mis hombros, espalda y cabeza. Me protegí
con los brazos, cayeron nuevos golpes...
--¡Corre, huevón! --gritó alguien atrás y corrí,
corrí como nunca para cubrir esos 40 o 50 metros.
Casi al final caí, aturdido por un golpe, me levantaron y pusieron
junto a muchos otros.
Cuando recuperé el sentido de la realidad advertí que mucha
de esa gente tenía miedo, y luego vi aparecer a la muchacha que
arrastraron mientras gritaba ella y los que venían detrás.
Estuvimos muchas horas de pie mientras un tipo con una máquina
de escribir mecánica anotaba los datos. Y sólo después
que dimos nuestros nombres, el de nuestros padres, y familiares, amigos
y conocidos nos sacaron a un enorme patio donde nos formaron.
Un oficial pronunció un discurso incomprensible sobre los terroristas,
la guerra, la seguridad nacional. Nos acusó de violentistas, de
instigadores de una espiral de abusos y de violencia. Dijo que las FF.AA.
y de Orden tienen el deber patriótico de defender la existencia
de la nación amenazada por el caos y proteger a un pueblo avasallado.
Después nos hicieron correr alrededor de ese gran patio, pero era
casi imposible, por el cansancio, y si alguno caía, era pisoteado
o golpeado. Y cuando no podía pararse, tiraban agua.
Finalmente dijo el oficial que iríamos todos a la cárcel
para que los reos comunes nos pasaran por las armas. Esa noche varios
murieron de pulmonía fulminante.
No
volví a ver a la muchacha del bus. Nunca volví a verla.
Olvidé preguntarle su nombre. Pero ellos recordaron a mis padres,
a cada familiar, amigo y conocido, cuyos nombres fueron escritos en esa
pesada máquina Adler; una y otra vez fueron allanados... Yo debí
huir de mi país, alejarme de la lista de nombres de esa máquina.
La muchacha tenía razón, quién iba a imaginarse el
cambio de destino. Adonde vine a parar... Duele, claro que sí.
Todavía, siempre. Alzo mis ojos, sentado sobre la banca mondo manzanas,
mis nietos esperan, vuelan Kohlmeise y Blaumeise, hacia el cielo, antes
Singerberg.
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