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ilustracion de Carlos Gomez
POBRE TÌO (de Miguel Gómez Segovia)

 

Después de huir de mi país me persiguió una pesadilla que asaltaba mi dormir en una típica acción terrorista: agentes civiles allanaban mi casa y me conducían hacia lugares habilitados para desaparecer sin derecho a una cruz.
Pero aunque terrible, era sólo un sueno si pienso que cuando ya me creía salvado viví en el nuevo país un episodio que me dejó postrado por un tiempo indefinido en una silla de ruedas. Paralizado, mi mandíbula desviada y mudo, sin remedio, al parecer.
Como deformación profesional nunca dejé de esforzarme en hacer garrapatos sobre un cuaderno, con torpeza, pero con la misma decisión adoptada luego de sufrir la enfermedad.
De ese duro periodo recuerdo que mi sobrina viajó adónde me encontraba para cuidarme y ayudar en los quehaceres de casa.
Naturalmente que ella nada podía adivinar de mi vida latente, pues nunca volví a sacarme los anteojos poto de botella que me puse luego de esos días de espanto.
Noté que le producía escalofríos verme sentado cuando yo hacía esos movimientos espasmódicos acompañados de muecas que desfiguraban mi rostro.

La desgracia cayó sobre mí porque nunca tomé en serio la existencia de las garrapatas europeas. Hice entusiastas incursiones por el bosque sin atender a los consejos y exigencias para que me vacunara.
Una garrapata tronchó mi vida, dije y suspiré. Pero volví a coger el lápiz con el ahínco de la primera vez sin lograr que las órdenes de mi cerebro fueran acatadas por mi mano derecha, prácticamente inerte, la que quería dirigir con la izquierda que estaba en las mismas o peores condiciones.
No necesitaba repetir que debía seguir tratando de escribir. Mi determinación irrevocable era destinar lo que restaba de mi existencia para lograr comunicar a mis semejantes lo que había descubierto durante la penosa enfermedad. En ocasiones me inmovilizaba el estupor y la ira el recordar el por qué no me vacuné y cómo no sentí aquella garrapata.
Cuando la advertí era ya tarde. Estaba incrustada en la ingle, gorda por la sangre absorbida. Y al hacerla girar para extraerla quedó su cabeza enterrada en mi cuerpo.
De inmediato me dirigí a la clínica, pero aquella noche ya estaba conmocionado, con temperatura, hundiéndome en la inconsciencia, en un camino que me pareció sin retorno.
Mientras el virus avanzaba inexorable tras su objetivo me preguntaba febril por qué mi cerebro, por qué no otro lugar menos sensible al entendimiento, a la inteligencia y a la belleza de la vida.
Tuve la impresión de que los agentes virales se desplazaban a velocidades inhumanas, con la vista fija, fanatizados, con el propósito irrenunciable de llegar al punto establecido.

Mi sobrina salió nuevamente desde la cocina al jardín donde reinaba el nogal bajo cuya sombra me encontraba sentado, con mis manos sobre la mesa rectangular, vestido con una bata cruzada verticalmente con gruesas rayas color guinda seca.
Los recuerdos volvían a remecerme: yo exigía papel y lápiz mientras el médico y los enfermeros, aunque nacionales, trataban de calmarme en un idioma extranjero.
Me enfurecí porque insistían en hablar a gritos sin entender que yo no padecía de sordera, sino que simplemente no conocía ese nuevo idioma que se hablaba en mi país. 
Y por primera vez en mi vida tuve que sentir lo que era una camisa de fuerza, porque tenía la ilusa pretensión de ponerme la ropa y volver caminando a mi tierra de la cual había salido huyendo.
En un par de días dejé de ser lo que siempre fui. Sin embargo, mantuve la esperanza de que sucediera algo como el despertar que  libera de momentos angustiosos. No aquel que nos sume en el horror de la realidad en la cual se escucha el incontrolable canto de pájaros blancos en una primavera ficticia de una radio nocturna que no calla. Con ruidos de cadenas que se sumaban.
Recordé que en mis pesadillas nunca dejé de resistir las críticas destructivas, los ataques a mansalva, los efectos de bombas lanzadas desde escuadrillas de aviones en guerra. Sobreviví en esos sueños las emboscadas ejecutadas en los oscuros caminos de los bosques de mi infancia. O los viajes interminables cruzando países extranjeros en vehículos negros.
Nunca dejé de intentar frustrar los planes de quienes buscaban destruirme. Pero  fueron juegos de niños comparados con el ataque del veneno de la garrapata que avanzaba a marcha forzada hacia mi cerebro.
Volví sobre aquellos momentos de la enfermedad declarada; cuando sentí que el ejército de la garrapata ocupó los nudos cruciales de mis hemisferios. Y trató de afincarse levantando barricadas, desplegando armas cuyo brillo enceguecía.
Y detrás de cada fusil, gritos aterrorizan, ojos asesinan.
Advertí los movimientos vertiginosos de sus hombres, sus repugnantes caras embetunadas, sus uniformes de mamarrachos. Escuché el retumbar de sus cañones y el mil veces maldito ruido de los helicópteros. Sus carreras y la destrucción de las puertas allanadas, intimidadas.
Con risotadas vulgares se alegraban ante el exitoso cumplimiento de la orden dirigida contra un nuevo ser humano. Entretanto las bombas destruían palacios, llamas, humos sangrantes se elevaban exigiendo una explicación en el cielo. Ráfagas de metralleta apresuraban mi latir, el avanzar de tanques quebraba el pavimento en las calles.
A ese ejército invasor que transportaba la garrapata no interesaba ningún otro órgano: sólo el cerebro era considerado un peligro para sus dominios imaginarios.

En la unidad de tratamientos intensivos, sobre la camilla, oí sus bandos transmitidos por parlantes. Llovieron decretos disciplinando la historia y mis convulsiones me indicaron que habían vencido, conquistado y construido una fortaleza inexpugnable. Me comunicaron que estaba perdido, condenado a enloquecer, perecer o desaparecer.  
Por primera vez en mi vida, delirante, pude observar los contenidos que rodeaban mi cerebro. Vi que los uniformados se ubicaron en una colina, confiscaron un antiguo castillo, mataron sus guardianes. Mis ideas se desbordaron en torrentes descontrolados. Cayeron mis fronteras.
Advertí el convivir de mis sucias emociones con sentimientos de amor, mi intelecto amamantado por falsedades varias, mi cuerpo simbolizado por rigores y mi imaginación sensual, aterrada, arrodillada en un rincón. Todo rodó como avalancha de barro. Desarmado asistí a mi propio derrumbe.

Mis fuerzas se agotaron, me sentí inerme, derrotado. Pero en los instantes que consideré finales tuve la desorbitada visión de que esa garrapata transportaba militares microbiológicos, programados, extraviados.
Eran sobrevivientes, como aquellos que después de la segunda gran guerra surgieron desde inextricables selvas reales. Y miraron con estúpidos ojos desmesurados los rascacielos de una civilización que creían haber enviado al infierno.
En mi desesperación, paralizado por el estupor, creí enloquecer, porque tuve la certeza de que la verdad que yo descubría era el arma principal del ejército atacante. Nadie estaría capacitado para penetrar y comprender tales profundidades. Cómo explicar el allanamiento de mi cerebro. Quién daría crédito que mis sentimientos eran destruidos por un ejército viral. Mi supuesta locura era la condición del secreto.
Y fue entonces cuando juré que no descansaría hasta transmitir esas revelaciones que yacen en mi memoria, enfermiza, dicen, porque cuando traté de comunicarlas los médicos, los enfermeros, otros pacientes miraron con conmiseración, sonrisas vacías o miedos incontrolables.
Un nuevo temblor estremeció mi cuerpo y mis manos incorregibles. En ese instante vi que mi sobrina, tras la ventana, me miraba con piedad, preguntándose, quizás, qué estará pensando el pobre tío, ignora que su daño es irreparable.

11 de septiembre de 1973.


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