„Todos
traicionaron, todos... ¡huye! “ gritó Carlos por teléfono
y Nelson escuchó un golpe, un estertor, y luego el brutal ruido
del silencio que le permitió oír los golpes de su corazón,
el latir de su pulso y ese ensordecedor sonido en su cerebro.
A la carrera vistió su chaqueta, tomó el bolso y, antes
de salir, miró por la ventana del departamento situado en el quinto
piso de ese edificio de Nataniel.
Se estremeció, abajo había un tumulto, y recién oyó
los airados bocinazos de los conductores que exigían seguir su
ruta; sobre la calle había un hombre caído, policías
lo rodeaban y también se divisaban coches ubicados contra el tráfico
y gente que tapaba la caseta telefónica de la esquina.
La revelación fue instantánea, cruzó su cerebro y
su cuerpo con una vibración dolorosa, porque en aquel hombre caído
sobre la calle advirtió la inconfundible figura de Carlos y comprendió
que él acababa de llamar desde el teléfono de la esquina.
„Todos traicionaron, huye“, había gritado; corrió
hacia la salida.
Cuando el ascensor llegó al primer piso procuró mantener
la serenidad y enfiló hacia el sur, en dirección contraria
al tumulto, pues, qué podía hacer por Carlos. Pero luego
de avanzar velozmente algunos metros, se detuvo, giró y se dirigió
hacia donde estaba la gente. Allí retornaba la normalidad, la locomoción
colectiva reanudaba su marcha. Se acercó al grupo y se entremezcló.
Miró a la persona que estaba a su lado, parecía ser un jubilado.
¿Qué pasó?, preguntó.
--El microbús atropelló a un hombre --dijo y se retiró.
Pero una mujer, parecía dueña de casa, aclaró:
--Pobrecito, estaba lleno de sangre, gritó que se llamaba Carlos
y que avisaran a sus padres, dio un número...
Nelson advirtió que la señora llevaba un paquete donde estaba
escrito un número.
--¿Puedo?
--Sí, -dijo, y temerosa le mostró el paquete.
--Gracias, muchas gracias.
Nelson
se subió a uno de los microbuses que estaba frente a él,
avanzó algunas cuadras hacia el norte y se bajó en la Plaza
de Armas. Había sucedido lo peor, y tenía que resolver muchos
problemas, dónde alojarse, cómo informar de lo ocurrido,
y avisar a los padres de Carlos. Esto fue lo primero que hizo en la esquina
del negocio De venta de números de la Lotería. Marcó
y escuchó la voz cansada de un hombre, al parecer anciano, le preguntó
si era el padre de Carlos.
--Sí, ¿quién llama?
--Escuche, yo caminaba hoy por la calle Nataniel cuando vi que una persona
fue atropellada por un microbús
--¡Díos mío!
--...pero parece que el accidente no fue grave, pero él gritaba
que se llamaba Carlos, que lo secuestraban y que avisaran a este teléfono...
--Qué desgracia, qué más nos espera todavía...;
y ¿quién es usted?
--No tiene importancia, adiós –dijo Nelson y colgó
el fono.
Del departamento en que vivía tenía que olvidarse, caminaba
hacia un café del sector, si quería ser consecuente no debería
volver, había que encontrar otro lugar, entró y se sentó
al fondo, pidió un cortado. Si Carlos había caído,
no podía esperar nada, pues él tenía los contactos.
Tampoco podía volver a ver a... pues Carlos había dicho
todos traicionaron. Quedaba descolgado, y para siempre pues no existía
ninguna forma de volver a integrarse. Con Carlos había trabajado
poco más de un año, pero a él lo conocía desde
cuando estudiaban en la misma universidad, aunque carreras diferentes.
Carlos era el mejor, pero había que tratarlo, conversar, beber
un café, almorzar alguna vez en su casa para conocer su calidez.
Carlos carecía de oratoria, pero era el más informado, el
de la creación, el de la formulación de políticas.
Sabía ser suave en el trato, tenía paciencia, y grandes
dotes de educador o de servidor social, y, cosa rara, su corpulencia ayudaba
a comprenderle, tal vez por eso estudiaba medicina. Era el más
sólido física e ideológicamente.
Carlos
miraba a través de la ventana la oscuridad, el reflejo de las luces
en los charcos de agua que se habían formado después de
la lluvia sobre la calle. Recordó algunas mañanas húmedas
en el sur, casi tristes, pues parecía que se agotaban los tonos
verdes para ser reemplazados por un amarillo desganado, casi invisible.
Era la lenta entrada del otoño sobre un verano que todavía
pujaba, un tiempo de dura convivencia entre bajas y altas temperaturas,
de vida y de muerte, difícil, con mañanas oscuras por el
cambio de hora, pero asombrosas porque la neblina permitía ver
las telas de arañas como construcciones de castillos sobre los
arbustos, redes dispuestas como trampas para capturar insectos. Sintió
un escalofrío.
La nueva actividad, en la capital, empezaba a satisfacerle. Había
completado el equipo de dirección. Ahora lo componían seis.
Los conocía a todos desde los tiempos de la legalidad. Creía
que cuando se formaran nuevos dirigentes haría un recambio. El
trabajo estaba severamente compartimentado. El se reunía siempre
con uno de los integrantes del equipo para definir tareas específicas.
Buscó militantes desconocidos para que operaran como enlaces que
reclutó desde organizaciones bases. Había que olvidarse
de reuniones generales, por ahora. Mantenía una relación
periódica con un viejo de la dirección. Carlos estaba satisfecho.
Miró el reloj, las 22, hora de acostarse, mañana debería
reunirse con Samuel.
Carlos
se dirigió al lugar convenido con Samuel después de la gimnasia,
de desayunar y de maravillarse con los milagros radiales diarios de la
dictadura. Iba a una conversación que se prolongaría por
todo el día. Tenían una casa convenida. Carlos llevaba su
carpeta de vendedor que era su pantalla para moverse por las calles. Necesitaba
conservar ese empleo y por eso se esforzaba en vender, pero era difícil.
En el microbús la gente estaba silenciosa, y Carlos extrañaba
las antiguas conversaciones y discusiones; pues se había ocultado
ese espíritu de ciudad. El lo descubrió cuando vino por
primera vez a la capital, en tiempos de la legalidad. Durante esos días,
a menudo, se detenía en las calles, simulaba algún olvido
o desabrochaba y ataba el cordón del zapato sólo para escuchar
ese murmullo general de las conversaciones de la gente en las calles,
comparable sólo al canto de los grillos en el verano. Pero el silencio
ocupó la capital después de los bombardeos y de las muertes.
La espontaneidad se ocultó y los transeúntes siempre estaban
concentrados, como él. Todo el tiempo miraban hacia adentro, economizaban
palabras, gestos, no era un sentimiento de tristeza, siempre perceptible
sino algo más profundo, era como vergüenza de vivir. Sí,
eso le pareció a Carlos aquella mañana, el mismo sentía
el vivir como humillación si pensaba en los muertos, sentía
vergüenza de país.
Estaba adelantado en unos cinco minutos. Caminó y visitó
algunas casas ofreciendo su mercadería. Luego se dirigió
a la dirección asignada. Observó la señal y tocó
a la puerta. Esta fue abierta por una mujer joven, vestía un delantal,
sonreía, pase, dijo.
Carlos entró a la habitación, la mujer se adelantó
y señaló una puerta ubicada en ese pasillo en penumbras.
--Lo esperan --le dijo.
Entró a un comedor, ante la mesa estaba sentado Samuel.
--Hola --lo saludó con cierta alegría. -
-Hola --musitó Samuel, y entonces lo vio pequeñito, con
los brazos cruzados sobre el regazo que ocultaba la mesa, pero fueron
los ojos de Samuel los que alarmaron a Carlos, nunca los vio tan brillantes,
tan..., y su rostro estaba...
-¿Estás bien? --preguntó, estrechó la mano,
pero Samuel demoró la respuesta, y miró hacia otra puerta
que daba acceso a la habitación. Entraban uno tras otro varios
hombres. El que venía adelante, dijo: -
-Así que tú eres Carlos, finalmente logramos tenerte con
nosotros.
--Nos tienen en sus manos --contestó a su muda pregunta Samuel.
Carlos se derrumbó sobre la silla, incrédulo. Los hombres
se sentaron, algunos pusieron sus armas sobre la mesa. Carlos sintió
como si le arrancaran el cuero cabelludo. Volvió a hablar el número
1. -
-Usted es una persona cultivada, estudió durante cinco años
medicina, tiene buenas calificaciones, muy activo, es inteligente y comprenderá
que no tiene ninguna salida, perdió, está derrotado; Samuel
lo comprendió enseguida, dijo, coopera, y usted lo hará
también, ¿qué necesitamos? Samuel nos ha dicho que
usted tiene los contactos.
Carlos había mirado a Samuel, pero este evitó su mirada.
--Samuel quiere vivir, como cada uno de nosotros, la alternativa de no
cooperar usted la conoce muy bien,
--Yo no lo haré --dijo Carlos enrojeciendo por el esfuerzo; se
pararon los hombres de los lados.
-Sería una gran estupidez, cree usted que le servirá de
algo ser héroe muerto. –
--Y qué me dice de Arturo Prat –dijo. -
-Ah, qué interesante, quiere usted discutir, utilizar la famosa
dialéctica, pero no le servirá --y fue un golpe estruendoso
que le hizo llevar sus manos a los oídos e inclinarse con un dolor
indescriptible y cuando miró a su interlocutor vio que sonreía
y que modificaba sus labios, hablaba, pero Carlos no oía, después
sí, volvió a oírlo. -
-Nos interesan los nombres de los demás dirigentes de la juventud,
no tiene sentido que usted resista, díganos quienes son, y dónde
se les puede ubicar.
Carlos movió negativamente la cabeza. -
-Trátenlo ustedes, volveré en un par de horas, vamos Samuel
--dijo el número 1 y ambos salieron y vino esa prolongación
dolorosa, pero despertó con una sensación cruel pero casi
erótica, abrió los ojos y vio a la mujer que le abrió
la puerta, estaba en cuclillas, a su lado, en una mano tenía un
palo para trapear y un balde, y con la otra le palpaba el sexo sobre el
pantalón, cuando advirtió que la miraba sonrió, se
paró y se fue.
No podía moverse, un dolor indescriptible atenazaba su cuerpo,
pero sobretodo su brazo izquierdo, miró la habitación, parecía
un sótano, y desde el piso le pareció gigantesca, sintió
el ruido de las pisadas, era el número 1. -
-Párenlo –dijo; lo hicieron y lo sentaron sobre una dura
silla de madera con ruedas, recuperó el conocimiento, el número
1 estaba inclinado:
--¿Podremos entendernos ahora? --y él lo miró fijamente
a través de sus ojos tumefactos y no contestó.
-Su sacrificio es inútil, usted no quiere decir quienes son sus
compañeros en la dirección, no quiere identificar a Jorge,
a Paredes y a Sergio, ya a visto a Samuel, pero todo lo que hace no tiene
sentido, nunca lo tuvo, vea usted --e hicieron girar la silla y frente
a él volvió a ver a Samuel, y a su lado estaban Jorge, Paredes
y Sergio, toda la dirección, salvo Nelson.
-Usted comprenderá que lo que hace no tiene sentido, todos ellos
son nuestros colaboradores, usted está fracasado --y entonces Carlos
miró uno a uno a sus compañeros y comprendió que
Jorge, su antiguo compañero de universidad había traicionado,
el Flaco, reclutado en la población para hacer más proletaria
la organización, y que a él siempre le pareció casi
un lumpen, había traicionado, pero Sergio era un nuevo enigma,
porque en todas las miradas leyó que... -
-Usted se resistió a darnos los nombres de esta gente que ya tenemos,
pero era todo una simple prueba, ahora vamos a hablar en serio, quiero
a Nelson y quiero el enlace con el hombre de la dirección superior,
y eso tiene que proporcionarlo usted, no tiene salida como comprenderá,
le escucho...
Carlos permaneció silencioso, estaba elaborando una salida, lo
primero era ganar tiempo, porque su cuerpo estaba muy resentido, y él
necesitaba todavía tratar de hacer algo para evitar que el desastre
siguiera adelante, sus compañeros de dirección sólo
podían dar nombres hacia abajo, permitir la captura de los enlaces
y de algunos colaboradores, pero hacia arriba sólo estaba él,
y él era el elegido para cortar la hebra, esa era su responsabilidad
y no podía eludirla.
--En fin, usted parece aprobar con su silencio un segundo tratamiento,
quiero sí advertirle que el primero fue juego de niños,
es de nuevo para ustedes --dijo a sus colaboradores, pero antes habló
el Flaco: -
-Carlos, no tiene sentido, controlan todo, no tenemos ninguna posibilidad.
Concha de tu madre, pensó Carlos, cómo no lo imaginó
antes, y dijo:
-Está bien, tengo un encuentro con Nelson hoy, ¿es martes?,
a las 11 de la mañana, debo caminar por Nataniel, desde la Alameda,
dirección sur, y en dos días con el hombre de la dirección.
-Vamos a acompañarle en esa tarea, dijo el número uno, prepárenlo,
ordenó.
Carlos
caminaba dolorosamente después que le vendaron el brazo, está
quebrado, le dijo la mujer, muy profesional, sería enfermera, pensó,
se había arrimado a él con su cuerpo para hacer su trabajo,
el pubis lo había presionaba fuerte sobre su pierna, sólo
algunos segundos antes lo bajaron del auto y le dieron una ficha para
que llamara por teléfono, pues él había dicho que
a las 11 debía confirmar el lugar a Nelson; lo custodiaban dos
atrás y dos adelante y quizás otros en los flancos, entró
a la caseta telefónica, sólo alcanzó a decir „Todos
traicionaron, huye!“ porque alguno, apostado al lado de la caseta,
entró, colgó y lo golpeó, aulló de dolor y
cuando salió recordó que en una de sus lecturas un español
se había tirado al metro, y él lo hizo vertiginosamente
sobre el microbús que venía a gran velocidad, el golpe lo
sintió como si se quebrara el mundo, y no escuchó ni los
gritos de la gente, ni las carreras de los agentes, ni la sirena de los
policías que llegaban...quienes quisieron acercarse fueron apartados
brutalmente, se creó un anillo a su alrededor, pero el chofer y
algunas personas del microbús vieron que ese corpulento joven era
sacado desde debajo de las ruedas, su cabeza y rostro sangraban, pero
estaba vivo, porque empezó a gritar que se llamaba Carlos, que
lo secuestraban, que avisaran a sus padres, el teléfono lo alcanzó
a dar antes de que uno de los vigilantes le asestara una feroz patada
que lo dejó mudo, y muchos vieron cómo los policías
discutían con los agentes, hasta que uno de éstos les mostró
una credencial y luego se llevaron al joven.
-Traicionaste, hueón --le dijo el número 1 que había
permanecido en el auto: --Con un mierda así no se pueden hacer
tratos, ciudadanos de segunda, políticamente cancerosos, humanoides,
mugrientos, como dijo mi general hay que extirparlos a todos --enfatizó,
y antes de entrar a la casa uno de los agentes preguntó al numero
1, con la certeza de que no importaba guardar las apariencias:
--¿Cuál es la orden?
-Puerto Montt –
Carlos desapareció esa misma noche. Nelson lo supo al día
siguiente, pues tenía acordado recibir una llamada matinal cada
día: se nos fue tu amigo, le dijo el número 1, nos vemos
esta tarde, donde siempre.
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